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martes, 24 de mayo de 2016

Legión, primeras líneas

Y además de una magnífica primera página... qué manera de enganchar con tan solo un par de líneas. Mi aplauso, señor Sanderson


viernes, 26 de junio de 2015

RESEÑA(S): Fred Vargas, Roberto Bolaño, Haruki Murakami, Ray Bradbury

Voy a hablaros hoy de unos cuantos libros de los que tengo pendientes, pero cuya reseña por diversos motivos he ido postergando y como en su mayoría no son del estilo habitual en este blog (porque hay que leer de todo si es bueno), voy a reunir en esta entrada en reseñas condensadas.

Comencemos por Fluye el Sena, de Fred Vargas (pseudónimo de la francesa Frédérique Audoin-Rouzeau). Género negro sin ambiciones con singulares personajes en tres novelas cortas autoconclusivas muy entretenidas, que me han servido como introducción al pequeño universo del comisario Adamsberg, un policía cuyo método es no tener método, de los que echa a andar hacia un charco dando por sentado que sus pies lo esquivarán mientras él piensa en otras cosas. Muy probablemente repetiré con Vargas y Adamsberg, que no es poca medida de lo que me ha gustado.



Los detectives salvajes del chileno Roberto Bolaño es uno de esos imprescindibles de fin del siglo XX de la literatura hispanoamericana y por ello me he lanzado a él. Y mientras lo leía, a medida que párrafo por párrafo no podía sino reconocer la calidad de esta novela deudora de la Rayuela de Cortázar en temática, estilo y personajes (uno de los protagonistas, alter ego del autor), también casi párrafo por párrafo tenía ganas de acabarlo para pasar a otra lectura menos preciosista, y más escapista. Una pena, pues notaba como una gran novela se me escapaba entre los dedos. Me habrá pillado a pie cambiado, supongo.



En Al sur de la frontera, al oeste del sol, Haruki Murakami vence y convence, como no podía ser de otra manera, en una historia sobre sentimientos como la soledad, el amor, la melancolía, la impotencia o el deseo a medida que acompañamos a su protagonista en la deriva hacia su madurez. La prosa de Murakami, tan fantástica como su capacidad para transmitir sensaciones para otros imposibles de describir. La novela no está lejos del tono de su célebre Tokio blues, siendo superior a esta. Por ello no se acerca demasiado a esa especie de "surrealismo mágico" a lo Kafka en la orilla, donde en mi opinión el japonés alcanza sus más altas cotas.



Por último, La bruja de abril y otros cuentos es una buena y heterodoxa introducción de apenas cien páginas a la literatura de Ray Bradbury, uno de los habituales reseñados de aquí. Los dos primeros cuentos, La sabana (sobre una inquietante tecnología educativa o educación tecnológica) y El otro pie (alegato antixenofobo marciano) ya aparecían con otra traducción en la genial El hombre ilustrado. La sirena del faro, una buena historia más cercana al terror lovecraftiano.



La bruja de abril, por último, un relato fantástico y sentimental sencillamente excepcional. Se puede empezar un cuento mejor, pero no mucho mejor:



viernes, 3 de abril de 2015

Olvidado Rey Gudú, Primeras Líneas

Los hijos del Conde Olar heredaron la extraordinaria fuerza física, los ojos grises, el áspero cabello rojinegro y la humillante cortedad de piernas de su padre.

Sikrosio, el primogénito, tenía más rojo el pelo, también eran mayores su fuerza y corpulencia, su destreza con la espada y su osadía. Por contra, de entre todos ellos, resultó el peor jinete, precisamente por culpa de aquellas piernas cortas, gruesas y ligeramente zambas que algunos -bien que a su espalda- tildaban de patas. Si hubo algún incauto o malintencionado que se atrevió a insinuarlo en su presencia, no deseó, o no pudo, repetirlo jamás.

Desde temprana edad, Sikrosio dejó bien sentado que no se trataba de una criatura tímida, paciente, ni escrupulosa en el trato con sus semejantes. Su valor y arrojo, tanto como su naturaleza, no conocían el desánimo, la enfermedad, la cobardía, la duda, el respeto ni la compasión. Pronunciaba estrictamente las palabras precisas para hacerse entender, y no solía escuchar, a no ser que se refiriesen a su persona o su caballo, lo que decían los otros. No detenía su pensamiento en cosa ajena a lances de guerra, escaramuzas o luchas vecinales y, en general, a toda cháchara no relacionada con sus intereses. Cuando no peleaba, distribuía su jornada entre el cuidado de sus armas y montura, la caza, ciertos entrenamientos guerreros y placeres personales -no muy complicados éstos, ni, en verdad, exigentes-. Era de natural alegre y ruidoso, y prodigaba con mucha más frecuencia la risa que la conversación. Sus carcajadas eran capaces de estremecer -según se decía- las entrañas de una roca, y aunque consideraba probable que un día u otro el diablo cargaría con su alma, tenía de ésta una idea tan vaga y sucinta -en lo profundo de su ser, desconfiaba de albergar semejante cosa- que poco o nada se preocupaba de ello. Amaba intensamente la vida -la suya, claro está- y procuraba sacarle todo el jugo y sustancia posibles. A su modo, lo conseguía. Pero un día, Sikrosio conoció el terror. El terror nació de un recuerdo y culminaba en una profecía. El recuerdo le asaltaba inesperado, cada vez con más frecuencia, y llegó a amargar parte de su vida. La profecía -que vino mucho más tarde- la destruyó definitivamente.

Y todo esto comenzó una mañana, apenas amanecida la primavera, junto al río Oser.

jueves, 13 de noviembre de 2014

Niebla, primeras líneas

Al aparecer Augusto a la puerta de su casa extendió el brazo derecho, con la mano palma abajo y abierta, y dirigiendo los ojos al cielo quedóse un momento parado en esta actitud estatuaria y augusta. No era que tomaba posesión del mundo exterior, sino era que observaba si llovía. Y al recibir en el dorso de la mano el frescor del lento orvallo frunció el sobrecejo. Y no era tampoco que le molestase la llovizna, sino el tener que abrir el paraguas. ¡Estaba tan elegante, tan esbelto, plegado y dentro de su funda! Un paraguas cerrado es tan elegante como es feo un paraguas abierto.

«Es una desgracia esto de tener que servirse uno de las cosas —pensó Augusto—; tener que usarlas, el uso estropea y hasta destruye toda belleza. La función más noble de los objetos es la de ser contemplados. ¡Qué bella es una naranja antes de comida! Esto cambiará en el cielo cuando todo nuestro oficio se reduzca, o más bien se ensanche a contemplar a Dios y todas las cosas en Él.

Aquí, en esta pobre vida, no nos cuidamos sino de servirnos de Dios; pretendemos abrirlo, como a un paraguas, para que nos proteja de toda suerte de males.»

Díjose así y se agachó a recogerse los pantalones. Abrió el paraguas por fin y se quedó un momento suspenso y pensando: «y ahora, ¿hacia dónde voy? ¿Tiro a la derecha o a la izquierda?» Porque Augusto no era un caminante, sino un paseante de la vida. «Esperaré a que pase un perro —se dijo— y tomaré la dirección inicial que él tome.»

En esto pasó por la calle no un perro, sino una garrida moza, y tras de sus ojos se fue, como imantado y sin darse de ello cuenta, Augusto.

Y así una calle y otra y otra.

lunes, 23 de junio de 2014

El Señor de los Anillos, primeras líneas

Quizá las primeras líneas de El Señor de los Anillos no impacten tanto como algunas de las que ya he incluido en esta sección, por la calidad del entretejido de las palabras, o por la manera de arrojarnos hacia una narración rutilante de algunas de ellas, pero sí que están impregnadas de una calidez difícilmente comparable, provocando, al menos en mi persona, la agradable y emocionante sensación de volver a casa, aunque haya estado muchos años sin pisar su suelo, aunque ahora sea otro lector, otra persona.


miércoles, 29 de enero de 2014

1984, primeras líneas

Era un día luminoso y frío de abril y los relojes daban las trece. Winston Smith, con la barbilla clavada en el pecho en su esfuerzo por burlar el molestísimo viento, se deslizó rápidamente por entre las puertas de cristal de las Casas de la Victoria, aunque no con la suficiente rapidez para evitar que una ráfaga polvorienta se colara con él.

El vestíbulo olía a legumbres cocidas y a esteras viejas. Al fondo, un cartel de colores, demasiado grande para hallarse en un interior, estaba pegado a la pared. Representaba sólo un enorme rostro de más de un metro de anchura: la cara de un hombre de unos cuarenta y cinco años con un gran bigote negro y facciones hermosas y endurecidas. Winston se dirigió hacia las escaleras. Era inútil intentar subir en el ascensor. No funcionaba con frecuencia y en esta época la corriente se cortaba durante las horas de día. Esto era parte de las restricciones con que se preparaba la Semana del Odio. Winston tenía que subir a un séptimo piso. Con sus treinta y nueve años y una úlcera de varices por encima del tobillo derecho, subió lentamente, descansando varias veces. En cada descansillo, frente a la puerta del ascensor, el cartelón del enorme rostro miraba desde el muro. Era uno de esos dibujos realizados de tal manera que los ojos le siguen a uno adonde-quiera que esté. EL GRAN HERMANO TE VIGILA, decían las palabras al pie.

miércoles, 4 de septiembre de 2013

Hijos de la medianoche: primeras líneas

Tras un verano en el que la cobertura me ha mantenido obligatoriamente alejado del blog (ausencia a subsanar las próximas semanas), empezaré por mostraros la primera página de mi lectura actual, un puñado de líneas que abren de forma rutilante el tremendo Hijos de la medianoche de Salman Rushdie, uno de esos libros que te quita el aliento desde el principio:


Próximamente, aparecerá la reseña por estos lares (tras hablaros de otras lecturas veraniegas y subir algún microrrelato).

miércoles, 19 de diciembre de 2012

El hobbit: primeras líneas

Con motivo del estreno cinematográfico de la adaptación de El hobbit, de J. R. R. Tolkien, estoy releyendo la novela y disfrutando casi como la primera vez que la degusté, con nueve o diez años. Ahora mi óptica ha cambiado y me fijo en cosas diferentes. Una de ellas es el arranque de los libros, sus primeras palabras, en este caso las siguientes:

En un agujero en el suelo, vivía un hobbit. No un agujero húmedo, sucio, repugnante, con restos de gusanos y olor a fango, ni tampoco un agujero seco, desnudo y arenoso, sin nada en que sentarse o que comer: era un agujero-hobbit, y eso significa comodidad. 

Tenía una puerta redonda, perfecta como un ojo de buey, pintada de verde, con una manilla de bronce dorada y brillante, justo en el medio. La puerta se abría a un vestíbulo cilíndrico, como un túnel: un túnel muy cómodo, sin humos, con paredes revestidas de madera y suelos enlosados y alfombrados, provisto de sillas barnizadas, y montones y montones de perchas para sombreros y abrigos; el hobbit era aficionado a las visitas. El túnel se extendía serpeando, y penetraba bastante, pero no directamente, en la ladera de la colina —La Colina, como la llamaba toda la gente de muchas millas alrededor—, y muchas puertecitas redondas se abrían en él, primero a un lado y luego al otro. Nada de subir escaleras para el hobbit: dormitorios, cuartos de baño, bodegas, despensas (muchas), armarios (habitaciones enteras dedicadas a ropa), cocinas. Comedores, se encontraban en la misma planta, y en verdad en el mismo pasillo. Las mejores habitaciones estaban todas a la izquierda de la puerta principal, pues eran las únicas que tenían ventanas, ventanas redondas, profundamente excavadas, que miraban al jardín y los prados de más allá, camino del río. 

Este hobbit era un hobbit acomodado, y se apellidaba Bolsón. Los Bolsón habían vivido en las cercanías de La Colina desde hacía muchísimo tiempo, y la gente los consideraba muy respetables, no sólo porque casi todos eran ricos, sino también porque nunca tenían ninguna aventura ni hacían algo inesperado: uno podía saber lo que diría un Bolsón acerca de cualquier asunto sin necesidad de preguntárselo. Esta es la historia de cómo un Bolsón tuvo una aventura, y se encontró a sí mismo haciendo y diciendo cosas por completo inesperadas. Podría haber perdido el respeto de los vecinos, pero ganó... Bueno, ya veréis si al final ganó algo.

Un inicio fabuloso, en el que Tolkien logra introducir y describir en unos pocos párrafos a Bilbo Bolsón, un protagonista acomodado, agradable y ordenado por medio de su residencia, además de ponernos en el tono narrativo de la novela.

Un inicio tan célebre en su momento (ahora más) que aquel otro genial Podéis llamarme Ismael... de Moby Dick (otra maravilla de obertura). Yo no sabría por cuál inclinarme ¿Alguien tiene su propio arranque favorito?

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