miércoles, 9 de julio de 2014

El ascenso de Endymion, de Dan Simmons

Tras tocar el cielo de la ciencia ficción recibiendo los más importantes premios con la brillante novela Hyperion y su muy buena continuación La caída de Hyperion, Dan Simmons decidió regresar a su celebrado universo con la mucho más tibia Endymion, para contar acontecimientos tres siglos posteriores a las dos primeras novelas, que a su vez sirvieran para atar cabos sueltos, especular con la evolución histórica tras aquel tiempo, y narrar nuevas aventuras. Por fin, acabará el ciclo con la continuación de esta, El ascenso de Endymion (1997), con la que poner el punto y final al extenso equipo de personajes y bandos desplegados hasta entonces.

Hagamos ahora un poco de recapitulación. Aunque las cuatro novelas puedan considerarse una tetralogía, resulta más sensato hacerlo como dos bilogías relacionadas. La primera, llamada propiamente Los Cantos de Hyperion (aunque este nombre se extiende a las cuatro), formará parte de la segunda no solo como precursora literaria, sino como supuesta obra poética contenida dentro de esta segunda historia, y múltiples veces referenciada a lo largo de la tercera y cuarta novelas. Por lo tanto, aunque lo recomendable sería lanzarse con las cuatro obras para disfrutar de todo el conjunto, resulta bien factible leer solo las dos primeras, e incluso posible tan solo las dos últimas, si bien esto último no sería del todo recomendable.

Juegos metaliterarios aparte, lo que sí resulta imprescindible es conocer Endymion para leer El ascenso de Endymion. Ya comenté que a pesar de la demostrada pericia de Simmons como escritor, con la tercera parte bajaba considerablemente el nivel respecto a la bilogía inicial en complejidad e interés, quedando muy pendiente su valoración definitiva de esta última parte. Afortunadamente el escritor americano volvió a ponerse las pilas escribiendo una estupenda novela en la que volvía por sus fueros. El ascenso de Endymion vuelve a ser una historia coral (una de las grandes virtudes de los Cantos), que aunque tenga los mismos dos protagonistas evidentes que su precursora inmediata, nos cuenta muchos más puntos de vista, alguno de ellos secundarios sin una labor crucial en la trama, pero que enriquecen cuantitativa y cualitativamente el conjunto hasta lograr que dé el salto de calidad que la colocaría a un nivel equivalente al de La caída de Hyperion. Vuelven las múltiples tramas, los complots universales, las intrigas empresariales (casi palaciegas, o deberíamos decir religiosas), los bandos con múltiples intereses, cada uno de su padre y de su madre, y dejamos a un lado esa linealidad, que por impecablemente contada que estuviera, se volvía a veces un poco insulsa.

Especial Cantos de Hyperion, de Dan Simmons.

Y por fin ve la luz la última reseña de los Cantos de Hyperion, y con ella concluye el especial sobre la extensa saga de Dan Simmons.
Recordemos que está formada por dos bilogías que conforman una tetralogía, pero que pueden ser leídas de forma independiente.
En primer lugar, los Cantos de Hyperion propiamente dichos, integrados por:

Hyperion (1989):


La caída de Hyperion (1990):



Y cerrando la saga y narrando acontecimientos tres siglos posteriores:

Endymion (1995):


El ascenso de Endymion (1997):

Ale, ahí hay lectura para rato, aunque solo sea con las reseñas. Y si os animáis con las novelas...

lunes, 23 de junio de 2014

El Señor de los Anillos, primeras líneas

Quizá las primeras líneas de El Señor de los Anillos no impacten tanto como algunas de las que ya he incluido en esta sección, por la calidad del entretejido de las palabras, o por la manera de arrojarnos hacia una narración rutilante de algunas de ellas, pero sí que están impregnadas de una calidez difícilmente comparable, provocando, al menos en mi persona, la agradable y emocionante sensación de volver a casa, aunque haya estado muchos años sin pisar su suelo, aunque ahora sea otro lector, otra persona.


martes, 17 de junio de 2014

Zapeo

Nunca han tenido la intuición demasiado a flor de piel con las metáforas, ¿verdad? No intentan identificar el sol de un amanecer con la maternidad, ni una sonrisa perfecta con las alas extendidas de una mariposa, ni la vida con un sendero lleno de encrucijadas que son decisiones, ni siquiera la luna con un queso. Viva la concreción, abajo lo abstracto.

¡Alto! Que cunda la tranquilidad: al fin y al cabo, todos menos uno veían un sombrero en lugar de una boa que se había tragado un elefante, mas cuando ese uno gritó “que se pare el mundo que me quiero bajar y subir al siguiente”, una voz de entre el resto le respondió “ay madre, déjate de rollos y cambia de canal”, con cara de pez payaso y de payaso también (del triste). Pero entonces al respondón le da un pálpito que se convierte en tiritona y se le tuercen los ojos, porque sin quererlo se ha escapado una metáfora de su boca. Entonces, por un instante, es él quien cambia de canal y se sale de su bucle.

Y cuando el pez payaso se coma un queso blanco y redondo para cenar, quizá y solo quizá, mire por la ventana hacia el cielo, y el Principito entonces dará un salto chocando los tacones en el aire.

miércoles, 11 de junio de 2014

Endymion, de Dan Simmons

Un lustro después de alcanzar la cima de su carrera con Hyperion y La caída de Hyperion, Dan Simmons decidió regresar al universo creado para estas novelas para alegría de los numerosos seguidores que había ganado con ellas, y escribió Endymion (1995), volviendo al mundo, a algún personaje y a la temática fundamental de sus predecesoras.


Simmons sitúa la acción casi tres siglos después de la debacle universal ocurrida al final de La caída de Hyperion. Recordemos que en aquella, para salvaguardar la raza humana de los funestos intereses del Tecnonúcleo (esa vasta especie de inteligencias artificiales mucho más evolucionadas que nosotros), se aniquiló la red universal de teleyectores, esto es, la capacidad de interconexión inmediata de diferentes mundos aunque estuvieran separados por muchos años luz. Así, se pasó de una instantaneidad casi absoluta a un profundo aislamiento de cada mundo, al tener que volver a producirse cada comunicación mediante el viaje en nave espacial. De esta forma, la inmensa mayoría de planetas experimentan una grave regresión tecnológica y social, revueltas, hambruna, y como a río revuelto el pescador más listo llena sus redes, la que al final de aquella Hegemonía se hallaba casi extinta Iglesia Católica se hace, mundo a mundo, de nuevo con el poder, tanto militar con su rama Pax (que fundamentalmente luchará contra los ancestrales y demonizados enemigos éxters), como económico con Mercantilus. La comparación de un mundo retrógrado dominado por la Iglesia con la Edad Media es inmediata. Pero, ¿qué ofrece a cambio de tanta lealtad y conversión? La resurrección, claro. Mas no del alma sino del cuerpo, mediante la comunión con el parásito cruciforme, que una vez puesto en el cuerpo del católico, hará que este se recomponga físicamente mientras quede algo del mismo, y mediante un proceso depurado al que vimos en Hyperion, pues no idiotiza ni destruye la libido con cada resurrección, por lo que todo el mundo lo desea. Así, poco a poco, Pax ha ido reconquistando pacíficamente casi todos los mundos restantes tras el colapso y formando un todopoderoso imperio.

Y dentro de este escenario nos encontramos cuando conocemos a nuestro protagonista Raul Endymion, un buen hombre, normal y corriente excepto por no querer aceptar el cruciforme católico. Condenado a muerte y esperando sentencia, aprovechará su lamentable situación para contarnos su historia, que casualmente comenzará en el conocido planeta Hyperion, cuando se le condene a muerte por primera vez, muchos años atrás. No obstante en buena lógica, esta primera condena no llegará a fin, y un carcamal, grosero, quejicoso y con (justificados) aires de poeta le encomendará la titánica misión de salvar en las míticas Tumbas del Tiempo a la niña Aenea, predestinada a poner en jaque a la Iglesia. Raul también deberá ponerla a salvo, acabar con el imperio de Pax, contactar con los éxters, encontrar y terminar con lo que quede del Tecnonúcleo, eliminar al legendario Alcaudón y volver al poeta a que le dé el visto bueno. Tal es la no poco ambiciosa misión. Y la acepta.

miércoles, 4 de junio de 2014

CuasiJob

Hace años leí en un libro que un tipo se autocalificaba como un Job sin amigos, sin Dios y sin lepra. Una soledad considerable para un tipo bastante roto. Curiosamente esa misma novela luego no seguía inercia alguna de tristeza, o al menos ese es mi recuerdo de sus páginas. Quizá por ello en este preciso instante la rememoro: la última vez que pisé esta calle acabé sentado al final de la misma, de cara a un Atlántico bebedor del Tajo, en una mañana de agosto, rodeado de amigos, contemplando la oscilación del agua y el cielo luminoso (de la ciudad de la luz), callando y riendo, charlando y riendo, viviendo y riendo.

Ahora tan solo me hallo con la oscuridad mortecina y el silencio agrietado a ratos por el rumor del río. Como con ese cuasiJob, ya no hay amigos junto a mí. Nunca ha habido Dios, no conmigo. Y bueno, siempre queda un poco de lepra, pero se lleva bien. Y como en mi recuerdo de aquella novela, tampoco hay dolor.

Vuelvo a sentarme al final. Sin amigos, sin Dios y casi sin lepra. Irrumpe un soplo de gas por mi esófago y eructo sin querer. Huele a albóndiga de bacalao. Vuelvo a reír. De eso sí que ha habido, motivos para reír. De eso, siempre.

martes, 20 de mayo de 2014

El océano al final del camino, de Neil Gaiman

Hay algunos autores que brillan de forma especial con determinados formatos concretos de escritura. De Maupassant, por ejemplo, era un buen novelista, pero un relatista como no he leído otro igual. A Tolkien le pasaba lo contrario: buen ensayista o cuentista, cuanto más se alargara en sus ficciones, mejor las escribía. A Neil Gaiman le sucede algo similar. Sin entrar en su labor (perfecta) como guionista de cómic y limitándonos a sus novelas, según mi opinión es un buen escritor se ponga con lo que se ponga: crea buenos relatos (Objetos Frágiles) y buenas historias largas y enrevesadas (American gods), pero cuando logra brillar con verdadera intensidad es con sus novelas cortas, con cuentos perversos en apariencia de ámbito juvenil pero que disfrutaremos mucho más los lectores más rodados, como las célebres Stardust o Coraline, la genial El libro del cementerio, o esta El océano al final del camino.


No es casualidad que Gaiman empezara su reciente El océano al final del camino (2013) como relato, pero acabara marchándosele de las manos hasta relato largo, novela corta y finalmente hasta novela: la historia en sí es realmente sencilla. No obstante existen varios elementos que hacen que esta sencillez sea imposible de identificar con simplicidad. La gran cantidad de matices añadidos por el escritor a los escenario, al desarrollo de la acción y sobre todo a los personajes sería más que suficiente, pero es que además nos encontramos con ese Gaiman más inspirado, especialmente refinado y sensible, contándonos aun los más brutales y perturbadores actos de tal manera que entran con la suavidad del terciopelo.

Además, resulta obvio identificar al Gaiman de siempre como creador de pequeños universos, alambicados y oscuros, pero consistentes, paralelos y coexistentes con el nuestro: ese Londres de Abajo de Neverwhere, el mundo abotonado de Coraline, el Cementerio del libro del ídem, el Más allá del Muro de Stardust… Existen junto a nosotros sin darnos cuenta, claro, hasta que alguien (el protagonista) se da de bruces contra él. En este caso tan solo tendrá que salir por la puerta de su casa y caminar hasta el final del camino para encontrarse con poderes primigenios de diferentes carices, que cómo no, acabarán implicándole de forma directa.

viernes, 16 de mayo de 2014

Agridulce

Si me ves enarbolar frente a ti una sonrisa agridulce, de las que no se acaban de formar pues alzo solo una parte de los labios y el resto no acaba de animarse, no lo dudes: se trata de un regalo envenenado. Cava un hoyo hondo y entierra todo dulzor en el fondo, y después tápalo con colinas, o montes, o mejor el Himalaya. Después te quedará el poso de la realidad, y con eso sí te debes quedar, con la acritud de esa sonrisa, con el dolor hasta el estremecimiento. Y entonces quizá pienses que un río nos separa, y que es el Yangtsé, y que está en llamas. Y no errarás, no del todo.

No obstante no has de entenderlo necesariamente como malas noticias. Si te gusta buscar la parte curva de las rectas, si cuando te miras no te limitas a tu reflejo sino que tratas de desenmarañar el borrón en el fondo del espejo, puedes quedarte hasta el final, esperar a ver lo que sucede después de la sonrisa y bajarte no en la última parada, sino una después del final de línea. Entonces, con suerte, querrás caminar un rato a mi lado y descubrir la verdad, o al menos mi verdad.

lunes, 5 de mayo de 2014

Sueño de una noche de verano, de William Shakespeare

Como sobre Shakespeare ya está prácticamente todo escrito, voy a tratar de hacer esta reseña de una manera diferente a mi estilo habitual. ¿Por qué hay que leer Sueño de una noche de verano?

- Porque es de William Shakespeare, y todo lo que escribió este hombre merece ser leído. Resulta, sin duda, un tópico, pero el inglés escribía como quería, y cualquiera por cuyas manos haya pasado uno de sus libros lo sabe. El dominio de las palabras es apabullante, pero no las utiliza como un pintor dando pinceladas hasta obtener la  tonalidad perfecta en color, brillo y sutileza. No solo así, quiero decir. También como un fino pero nervioso esgrimista, haciendo bailar en el aire las palabras como el acero con energía y fluidez, y haciendo sangre cuando es necesario.

jueves, 10 de abril de 2014

Rechicero, de Terry Pratchett

Si redujéramos a la mínima expresión lo que pudiéramos decir sobre Rechicero (1988), probablemente nos quedáramos con un “más de lo mismo”. Esta expresión, habitualmente peyorativa, no obstante resultará positiva para los habituales lectores de sir Terry Pratchett en cuanto la vean aplicada, y es que con el inglés este más de lo mismo, y más siendo una novela del Mundodisco, significa que el lector pasará un buen rato pasando páginas muy bien escritas de la mejor sátira fantástica.


Rechicero es la quinta novela del Mundodisco, y como es habitual en este caso, es independiente y autoconclusiva. Además, es la primera en la que regresa a uno de sus personajes fundamentales, Rincewind, que ya protagonizara la apertura de la macrosaga con El color de la magia y La luz fantástica, que bien pueden considerarse una unidad. Recordemos que Rincewind es un mago, aunque eso sí, el mago más inepto del disco pues no es capaz de realizar un solo hechizo, lo que trata de suplir con un increíblemente desarrollado instinto de supervivencia, muy útil dada su por otro lado inusitada tendencia a encontrarse en el vórtice de peligrosas catástrofes potencialmente destructoras del mundo, como será el caso.

Rechicero es una novela sobre la magia y los magos. Cuando un octavo hijo tiene un octavo hijo, este se convierte en mago, y suele reunirse con los de su calaña cerca de la Torre del Arte de la Universidad Invisible, en la singular megalópolis de Ankh-Morpork. Allí emprende sus estudios mágicos y se contagia de la ambición del resto por ir subiendo de nivel en la universidad, de una manera quizá no muy limpia, aunque desde luego organizada y dentro de unas normas, como el celibato. Pero, ¿qué ocurre cuando el octavo hijo de un octavo hijo, y por tanto mago, se enamora y empieza a traer niños al mundo, hasta llegar a ocho? Pues ocurre que ese bebé ya no será mago, sino rechicero, es decir, poseedor de una salvaje capacidad para la conjuración que excederá la de cualquiera de sus precedentes. Si además, su ambicioso padre escapa a la Muerte escondiéndose en el bastón de su hijo, quizá este no tenga el mejor de los consejeros posibles. Y este es el punto de partida de Rechicero. A partir de ahí, todo viene rodado, aunque las ruedas sean cuadradas.

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