Ocurre algunas veces que a un escritor de talento y capacidades desbordantes se le ocurre autocontenerse y elaborar un trabajo sencillo, tal que un niño sea capaz de saborearla, pero con maestría universal. Así que donde ese niño nota dulzor o amargura en las palabras, un adulto más acostumbrado a batallar con todo tipo de narraciones será capaz de degustar una auténtica delicia, un refinamiento exquisito de sabores que le proporcionará una satisfacción lectora única. Es el caso de, por poner un ejemplo que habrá pasado por las manos de casi todos los lectores habituales de este blog, El hobbit de J. R. R. Tolkien, un hombre capaz de inventar lenguajes funcionales por placer o de refundar géneros. Es el caso de otro genio, Rudyard Kipling, con su obra más conocida: El libro de la selva, también conocido como El libro de las tierras vírgenes (1894).
Ya he comentado algunas veces por aquí mis preferencias por el autor británico (nacido en Bombay). Hablé hace tiempo de las compilaciones de relatos El hombre que pudo reinar y otros cuentos y La tumba de sus antepasados y otros relatos. Dos magníficas colecciones en las que Kipling demuestra sus habilidades como el escritor del imperialismo británico en general y de la India (y países adyacentes) en particular. Yo añadiría que el gran narrador de lo exótico. No obstante, en las dos antologías mencionadas (especialmente en la segunda) se puede detectar cierta obstinación tanto por la perfección técnica como por la minuciosidad en las descripciones, lo que hace que cuando no se está en las óptimas condiciones de lectura o si la historia no atrapa, ésta corra el peligro de volverse farragosa y huidiza. Es algo que en ningún momento ocurre con El libro de la selva, que no solo es una obra maestra de equilibrio entre técnica y funcionalidad narrativa, sino también de capacidad de atrapar al lector y espolearle en una lectura que se convierte en puro placer.
Respecto al contenido, lo primero que debo aclarar es que a quienes no les atraiga el libro pensando en que la entretenida película de Disney les ha desvelado sus secretos, se equivocan por completo. Aquí no encontraremos ninguna melodía tan pegadiza como el “Quiero ser como tú”, aunque sí muchas canciones en formato de poesía cantada por los animales. Pero sobre todo conviene conocer que El libro de la selva es una colección de 15 relatos (8 de ellos transcurren en la selva y están relacionados entre sí) de los que el film adapta edulcoradamente un par y coge personajes de dos o tres más para cambiarlos por completo ciñéndolos a los cánones infantiles, y es que aunque el formato escrito es el del cuento, podemos encontrar puntualmente sangre, muerte, matanzas y batallas entre animales, detalles obviados por la factoría de animación, que se toma además licencias como la de convertir a Baloo, uno de los sabios venerables de la selva, en un idiota bonachón. En cualquier caso, todo acto violento se halla brillantemente naturalizado por Kipling, que de manera habitual considera a los hombres como realizadores de las acciones más viles, amén del intrigante tigre Shere Kahn.
Lo malo de la Conjura de los Necios
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Se me ocurrió volver a leer uno de mis libros favoritos, *La conjura de los
necios* (A confederacy of dunces) del trágico John Kennedy Toole. Volví a
pasea...
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