jueves, 1 de septiembre de 2011

MICRORRELATO: Especial

Durante años tuvo la intuición respecto a sí mismo, que a veces rayaba misteriosamente en certidumbre, de que era especial.

A veces le invadía la sensación surrealista de que poseía una gran fuerza interior, de que era capaz de vaciar su mente por completo de pensamientos, de obviar estímulos y concentrarse en la nada. En esos momentos abandonaba su cuerpo para viajar a ningún lugar y en ausencia de todo, tan solo quedaba su alma reducida a la mínima expresión, quizá un fotón invisible, pero incombustible. Entonces, despejada la ecuación matemática de la existencia a la verdad absoluta tras resolverse todos sus elementos, alcanzada la paz, se embriagaba de poder, solo que no sabía exactamente qué era lo que podía.

Con el tiempo aprendió a alcanzar con mayor facilidad estos estados en determinados entornos que los facilitaban. Acostado antes de conciliar el sueño, cuando la verdad y la mentira dejan de tener sentido, y lo divino y lo profano significan lo mismo; en la intimidad sincera posterior al sexo, arrancado de cuajo todo deseo de la piel; dialogando con Bach, pero sin palabras, con dos violines; flotando boca arriba en el mar sereno, escuchando cada inspiración y expiración haciendo eco en unos tímpanos sumergidos tres centímetros bajo el nivel del agua, la luna y las estrellas bañando de blanco su cuerpo desnudo…

Finalmente llegó a comprender, e hizo lo que tenía que hacer, descubriendo en definitiva por qué era especial. El mar estaba tan liso como una lápida de mármol pulido, y se abandonó al vacio. Boca abajo, sin mover ni un músculo, como si lo hiciera en el espacio que a su espalda le espiaba. Se deshizo de sus sentidos y con ellos de todo estímulo. Mató sus pensamientos y con ellos todo deseo y apetencia. Olvidó su cuerpo y su alma con ello todo lo que le ataba al mundo, y entonces, por fin, dejó literalmente de existir.

jueves, 25 de agosto de 2011

Arthur Mortimer dixit (IV)

Una narración sin desenlace es como una vida sin objetivo: puedes recrearte en la belleza de los detalles puntuales, pero cuando se acabe difícilmente podrás recordar si en verdad merecía la pena.


Arthur Mortimer, Teoría de la literatura para ancianos de cinco años.

lunes, 15 de agosto de 2011

RESEÑA: El libro del cementerio, de Neil Gaiman

A veces me pregunto si, dentro del género fantástico, sólo se es capaz de captar mayoritariamente al público adolescente con productos de medio pelo. Dos de los tres mayores éxitos editoriales de la última década lo son. El primero, la saga multimillonaria del niño mago, que he leído entera, y que no niego me ha deparado la satisfacción de poder pasarme a un idioma que no es el mío sin que me planteara problemas lectores, debido a su extrema simplicidad. Eso sí, literariamente no pasa del aprobado y en una balanza  ganarían los pros a los contras, pero sin holgura. El otro éxito es una saga ciertamente terrible repleta de conceptos ridículos ideados por una autora ultraconservadora. Sí, ya sabéis, vampiros de piel diamantina a la luz del día (¡!). Una opción mucho más cercana a la novelita rosa de un duro que al terror que pretende. Repito: terrible.
¿Y esto a cuento de qué? Pues sencillamente porque mientras se perpetran estos libros también se escriben otros cuyo público objetivo es el mismo, y además son buenos. Incluso muy buenos. Uno de ellos es El libro del cementerio de Neil Gaiman.



El libro del cementerio es, básicamente, un cuento. Escrito de una manera deliberadamente sencilla, nos lleva a un entorno de historia de terror descrito con una amabilidad y maestría que hacen sentirse cómodo al lector, que no necesita sustos o clímax cada dos páginas para disfrutar de la experiencia. Interesado por las intrigas planteadas con un ritmo acertado, en unos capítulos que casi son relatos autoconclusivos, éste seguirá la narración realizada con pasmosa naturalidad, asimilando con desahogo los elementos sobrenaturales –que son casi todos– dentro de una historia finamente hilvanada.

Pero ojo, basta que demos un paso atrás y observemos el argumento con un poco de perspectiva para darnos cuenta de que estamos frente a un cuento, sí, pero uno macabro y con retales de violencia y sabor a veces agridulce, y si no echemos un vistazo al primer capítulo: un sádico armado con un cuchillo, el hombre Jack, se introduce con premeditación, alevosía y nocturnidad en un tranquilo hogar. Allí, con singular profesionalidad, asesina sin miramientos al padre, la madre y la hija, una niña. Tan solo el hijo, apenas un bebé, y de forma casi casual, sale gateando por la puerta entreabierta de la casa, y seducido por la niebla nocturna, llega hasta un cementerio cercano. Hasta allí le persigue el criminal, y cuando está cerca la fatalidad, los espectros de los enterrados en el camposanto deciden adoptar al bebé, ocultándolo entre ellos y rebautizándolo con el nombre de Nadie –Nad para los amigos–, pues a nadie se parece. Algo siniestro, ¿no? Pero, ¿acaso no lo son en realidad casi todos los cuentos clásicos (daré una pista: cambiemos asesino por tigre y fantasmas por familia de lobos y otras criaturas selváticas. Sí, es un homenaje/reescritura de la historia de Mowgli en El Libro de la Selva, del gran Rudyard Kipling)? También como aquellos, con un aroma muchas veces dulce y poético.

lunes, 8 de agosto de 2011

RESEÑA: Dioses Menores, de Terry Pratchett

Cada vez que hago una nueva aproximación a otra novela del Mundodisco doy gracias a los dioses –mayores y menores– por que se hayan inventado a Terry Pratchett, y porque lo hayan hecho con una imaginación tan desbordante. ¿O ha sido al revés? El caso es que hay tantas y tan variadas novelas ambientadas en este fabuloso mundo plano ubicado sobre el lomo de cuatro elefantes parados sobre el caparazón de una tortuga que nada sin parar por el espacio, que sería natural que ante tal diversidad de historias alguna no mereciera la pena. Pues si es así, yo no la he conocido todavía. Es cierto que en las primeras quizá no manejara los tiempos narrativos a la perfección, pero sí lo hizo con presteza de sobra como para poder seguir escribiendo al respecto: gracias a los dioses –mayores y menores – por ello. Y es que si hay algo que sea un valor seguro tanto en literatura fantástica como satírica, ese algo es el Mundodisco.


Además, otro pro de esta larguísima serie de novelas es la relativa independencia de unas respecto de otras. Algunos personajes aparecen en varias, pero todas son autoconclusivas, con lo que no es necesario tener frescas las lecturas anteriores como para afrontar una nueva.
En Dioses menores, como cabía esperar, el certero punto de mira del autor se dirige hacia la teología. La historia transcurre en torno a un imperio religioso construido en torno al gran dios Om, solo que como suele ocurrir con las religiones, los fieles tienden, por temor, desidia o costumbre, a seguir más a la iglesia que al propio dios. La cuestión es que llega el momento de la llegada del profeta del dios, y el fiel elegido no es precisamente el que Om hubiera elegido. Se trata de Brutha, un simplón del escalafón más bajo de la iglesia, que eso sí, fiel a Om sí que es. Hasta el punto de que sin saber leer ni escribir, conoce al dedillo las sagradas escrituras de los anteriores profetas del dios, gracias a su memoria eidética. Para colmo de males, Om no se materializa en el Mundodisco –que para los omnianos es esférico y quien diga lo contrario se las verá con la terrible Exquisición– como una impresionante criatura pisoteando infieles, sino como una insignificante tortuga tuerta. Y con las tortugas ya se sabe, esos bichos están muy sabrosos. La cuestión es que Om quiere recuperar sus tremebundos poderes con la única asistencia del bonachón de Brutha, y ambos se ven entremezclados en los maquiavélicos planes de Vorbis, el jefe de la Exquisición, para acabar con los impíos vecinos de Efebia, que se atreven a afirmar, entre otras cosas, que el mundo es plano y se sitúa sobre una tortuga gigante que siempre avanza, menuda desfachatez.

viernes, 29 de julio de 2011

RESEÑA: Cuentos de un soñador, de Lord Dunsany

Existen varias formas de leer a Lord Dunsany. Unas acertadas y otras no.



La del lector de dragonadas y franquicias a lo Timun Mas (digamos un perfil bajo o adolescente), que ha oído por ahí que es un autor de cierta importancia en el género y quiere conocerlo. Probablemente tras las primeras páginas salga escopeteado de vuelta hacia sus tramas lineales y facilonas. En realidad no lo culpo, probablemente no ha llegado su momento.

La del lector de Lovecraft que ha averiguado que Lord Dunsany fue una de sus mayores influencias. Éste encontrará lo que busca en las páginas, si bien seguramente no en la forma esperada. En efecto se pueden distinguir claramente las conexiones con el de Providence, el gusto por la creación de un universo único, retorcido a veces, otras simplemente muy imaginativo y lleno de llamativas concreciones. Ésta fue mi primera aproximación, hace años, y a decir verdad eché en falta demasiado la narración. Me dí cuenta de que Lord Dunsany poseía una escritura superior a la de Lovecraft, pero no puedo negar que me aburría un poco, y decidí que merecía otra oportunidad más adelante. Mucho más adelante.

La del lector que necesita tener un libro en las manos antes de dormir para lograr, precisamente eso, dormirse. Lord Dunsany es bastante apto, pero probablemente una revista de economía también.

viernes, 22 de julio de 2011

Obras maestras: Vampyr (1932)

Cuando en 1932 Carl Theodor Dreyer, hasta ese momento considerado como uno de los grandes genios del cine europeo, estrenó Vampyr, obra de terror a salto de mata entre el mudo y el sonoro, la acogida fue tan buena que tuvo que esperar más de una década para poder firmar otra película y volver a su merecido lugar. Y la verdad es que no me extraña. La tremenda originalidad, tanto a nivel argumental como formal de la puesta en escena, fue demasiado para la época.


La narración es de cierta sencillez, pero contada con inteligencia por un atrevido Dreyer, en la que los acontecimientos no son tan predecibles como estamos acostumbrados (tanto en los años 30 como ahora), y en la que da la tan agradable pero extraña sensación de que cualquier cosa puede ocurrir, nos deja casi alucinados especulando con algunos de los giros que da. Además, los efectos especiales, con unos maravillosos juegos de luces y sombras y transparencias adelantándose a su tiempo, influenciados (e influenciando) al genial expresionismo alemán así como al impresionismo francés, no hacen sino enriquecer el conjunto.


La historia está basada libremente en el clásico de la literatura de vampiros Carmilla, del irlandés Sheridan Le Fanu, que décadas antes de Dracula se atrevió a empezar a establecer los cánones del género. De hecho influiría en gran medida sobre Bram Stoker. Yo tengo esta novela en la pila de pendientes, por lo que no puedo hablar de cómo la adapta Vampyr, pero sí que puedo decir que en el film, si bien el héroe no es precisamente un aventurero al uso, ya que a veces parece más un mero espectador que el motor de la acción y el eje no es más que el típico lance de hombre llega a pueblo en el que ocurren cosas misteriosas y poco a poco va desenterrando una trama que llevará al peligroso desenlace, Vampyr es mucho, mucho más. La singular estructura, la forma en que nos son mostrados los elementos terroríficos, la particularidad de las escenas onírico-alucinógenas y el hecho de que el conjunto llega a resultar por momentos inquietante a perros viejos del siglo XXI, que creemos que lo hemos visto prácticamente todo, convierten a esta película en imprescindible para los amantes tanto del cine clásico como del terror.
Sin duda, Vampyr es una joya especial. Una que en su momento fue tratada como una extraña piedra, pero que con el paso de las décadas ha ido puliendo por méritos propios su brillo hasta convertirse en un diamante, en la obra maestra que es hoy.

¿No os lo creéis? Pues gracias al amigo youtube podéis comprobarlo in situ, pues aquí la tenéis. Entera (en siete partes). Disfrutadla.



lunes, 18 de julio de 2011

Arthur Mortimer dixit (III)

Si se les tapara la boca a aquellos que dicen literalmente cuando en realidad quieren decir figuradamente, se quedaría, literalmente muda, más de la mitad de la población.

Arthur Mortimer, Teoría de la literatura para ancianos de cinco años.

viernes, 15 de julio de 2011

Revista Pulp: Los Zombis no saben leer.

Pues me he enterado de casualidad, pero resulta que uno de los primeros cuentos que escribí, hace bastantes años, muy de género él, de terror lovecraftiano, muy pulp, y que mandé a una interesante revista muy de este tipo, Los zombis no saben leer, apareció a mediados de mayo en el número de primavera de la misma. Es un cuento muy sencillo en cuanto a contenido, mas a pesar de que es una de mis primeras creaciones, tiene una estructura que me sigue gustando. ¡Muchas gracias a la LZNSL por seleccionarlo!

Podéis descargar gratuitamente la revista, muy entretenida y a la antigua usanza (espíritu pulp asegurado), a diferentes calidades siguiendo el enlace de la portada de abajo. También hay acceso a números anteriores:

miércoles, 13 de julio de 2011

RESEÑA: El Incal, por Jodorowsky y Moebius.

El Incal es un comic genial escrito por el genial chileno loco Alejandro Jodorowsky y dibujado por el genial francés Jean Giroud, alias Moebius. El primero, además de guionista de cómics es novelista, cineasta, mimo, dramaturgo, actor, poeta, terapeuta y psicomago, entre otras ocupaciones. El segundo es uno de los mejores dibujantes de la historia del noveno arte, ahí es nada.

El Incal es la historia de un detective segundón, John Difool, menos carismático que su pájaro, a quien la casualidad le hace de repente poseedor de un curioso misterio que le hace ser objeto u objetivo de todas las miradas o puntos de mira.


El Incal es una fantástica composición de personajes de fuerte carácter llenos de matices.

El Incal es dios, para lo bueno y para lo malo.

El Incal es la explosión del imaginario de Jodorowsky, y Jodorowsky tiene una imaginación inmensa.

El Incal es a veces un viaje del héroe lineal del miserable John Difool y otras veces una serie de deus ex machina realmente impredecibles que le dan giros de 901º a la narración.

El Incal es el primer cómic en el que aparece la figura del metabarón, y está en el mismo universo que esa preciosa y mastodóntica obra maestra también escrita por el chileno y pintada (mucho más que dibujada) por Juan Jiménez, una de mis obras artísticas favoritas: La casta de los Metabarones.

El Incal es un puñetazo de más de 300 páginas encima de la mesa del mundo del cómic, que se dio allá por el 80, diciendo que la ciencia ficción como género en viñetas cambiaba para siempre.

miércoles, 6 de julio de 2011

RESEÑA: La princesa prometida, de William Goldman

¿De qué va La princesa prometida de William Goldman? Él mismo responde a esta cuestión de forma explícita: Esgrima. Lucha. Torturas. Venenos. Amor verdadero. Odio. Venganzas. Gigantes. Cazadores. Hombres malos. Hombres buenos. Las damas más hermosas. Serpientes. Arañas. Bestias de todas clases y aspectos. Dolor. Muerte. Valientes. Cobardes. Forzudos. Persecuciones. Fugas. Mentiras. Verdades. Pasión. Milagros.


No nos engañemos, muy probablemente si habéis leído la novela o estáis interesados es porque habéis visto la película previamente. No os engaño, también es mi caso, y la razón primera de mi aproximación a la obra literaria. Adoro esa película y la he visto decenas de veces. Preguntémonos de nuevo: Si ya conocemos al dedillo la historia, ¿nos cuenta muchas cosas nuevas el libro? Pues a decir verdad prácticamente todo lo que ya conocemos aparece tal cual en la novela, incluso la historia abuelo nieto que en este caso es padre hijo, siendo el hijo un William Goldman niño que nos cuenta todo esto en primera persona, recordando a su padre, inmigrante florinés (el país europeo imaginario en el que transcurre la acción) en Estados Unidos.

Por tanto la narración es doble: por un lado el cuento apasionante protagonizado por los archiconocidos amantes Buttercup y Westley, por el espadachín definitivo Íñigo Montoya, por el gigante bonachón Fezzik, el siciliano inconcebible Vizzini, el gruñón de Max Milagros (Milagroso Max en el film) y por supuesto los villanos, el bellaco príncipe Humperdinck y el conde Rugen, de seis dedos en una de su mano derecha. Por otro lado tenemos las notas de Goldman, que siempre aparecerán en cursiva para distinguirlas del texto del cuento propiamente dicho. Éstas no se limitan a las interrupciones padre-hijo, sino que también habla largo y tendido de su adaptación de la novela original, obra imaginaria escrita por Morgenstern, su alter ego oriundo de Florín. También incluye un par de prólogos –uno de ellos por la edición del 25º aniversario–, francamente divertidos.

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