martes, 20 de septiembre de 2011

Obras maestras: La vida privada de Sherlock Holmes (1970)

Es quizá Billy Wilder el mejor director de la historia del cine. De la misma manera que quizá lo sea Alfred Hitchcock, o Fritz Lang, o Kubrick, o Coppola o Spielberg entre otros muchos. En definitiva, es uno de los más grandes, uno de esos hombres que hicieron crecer este arte hasta lograr que muchos lo amemos profundamente. También tenía una virtud muy especial su cine: la diversificación. A todos nos vienen a la mente sus obras maestras en la comedia (Con faldas y a lo loco, En bandeja de plata, Primera plana, Uno, dos, tres, …), pero fue capaz de repetir en bien diferentes géneros. Las películas de aventuras (la casi desconocida joya Cinco tumbas al Cairo), el cine de intriga, habitualmente mezclado con otros géneros (Testigo de cargo –juicios–, Perdición –noir–, El crepúsculo de los dioses –metacine–…), drama (El Apartamento, El gran carnaval, …). Si sigo, a lo tonto voy a mencionar toda su filmografía. Una sugerencia: vedlas todas. Incluida, por supuesto, La vida privada de Sherlock Holmes.


 

La primera vez que vi La vida privada de Sherlock Holmes, inevitablemente me fijé en la trama detectivesca, y como a decir verdad es muy interesante —no en vano es una historia del gran detective—, disfruté por tanto mucho con desapariciones y búsquedas, con enanos y monjes que pasaban por allí, con el Club Diógenes y con el genial Mycroft, el hermano listo de los Holmes, pero no pude apreciar del todo la obra. Para empezar, ¿Por qué se titula así? Pues porque, con un agradable traje de engañosa comedia en la mayoría del metraje, se nos presenta al personaje, y lo demás es un pretexto. Su falsa misoginia, su casi azarosa lucha contra el tedio mediante inventos de dudosa utilidad, su drogadicción, que más que en ninguna otra película del personaje aquí es explícita. En definitiva, sus defectos, pues las virtudes (valor, ingenio o búsqueda de la justicia) ya los conocemos. Así en este film sin darnos cuenta vamos conociendo alegremente a un Holmes muy humano escondido debajo de un disfraz de sí mismo, para que al fin, como de un pescozón que nos saca del sopor, nos digan que te lo estoy contando, que es de verdad y también siente y nos damos cuenta de que es así.

Por supuesto, Billy Wilder es un maestro contándonoslo. El ambiente está muy logrado, no excesivamente oscuro –para ser una peli de Holmes-, lo que funciona a favor de una narración nítida. Los actores también están bien (destaca Robert Stephens como Holmes, una muy guapa Geneviève Page como Gabrielle y la siempre agradecida presencia de Christopher Lee como Mycroft). Watson, para mi gusto, demasiado payaso, llega a convertirse en un personaje cómico genuinamente wilderiano, pero también tiene sus momentos de mayor profundidad. Impecables los decorados y escenarios, así como la partitura de Miklos Rozsa (uno de los grandes clásicos de Hollywood).

Lo indicado hasta ahora me parece motivo suficiente para verla, mas es sin embargo lo que más me gusta de la película el que cada vez que la vuelvo a ver, me gusta más, descubro nuevos matices o detalles, disfruto más con la comedia, con esa primera media hora casi insustancial pero muy divertida, repleta de sarcasmo autorreferencial, con la intriga, que me da tiempo a olvidar lo suficiente de un visionado a otro y así volver a disfrutar, y me parecen más finos los diálogos de principio a fin. Y vuelvo a descubrir al Sherlock Holmes de Wilder y recuerdo por qué me gustaba tanto. Además, no tengo la impresión de que envejezca, sino de que gana con el tiempo. Ahora me pregunto cómo hubiera sido la cinta que Wilder quería estrenar (más de tres horas), porque si ésta (dos horitas) ya me encanta, la otra quizá me hubiera vuelto loco. En fin. Nunca lo sabremos. Contentémonos con lo que tenemos porque no solo no es poco sino que además es mucho.

Os dejo una pizca del principio:


lunes, 19 de septiembre de 2011

El visitante maligno

El joven escritor venezolano Fernando Sobenes me pide amablemente difusión para su primera novela de terror El visitante maligno, y como es de temática afín, y la vida no acaba con los grandes escritores y las macrosagas, confío (ilusionado, espero que no iluso) en que en un tiempo otros blogueros tengan la misma deferencia conmigo, pues ahí va:


La historia se inicia al Norte de Kuwait en 1991 durante la Guerra del Golfo Pérsico; Peter Donovan Teniente del Ejército de los Estados Unidos al mando de un grupo de soldados cae en una emboscada en el desierto de Irak y como consecuencia sucede una masacre. En ese lugar halla un amuleto que guarda en su bolsillo sin saber que encierra un poder oculto y a causa de ello; tiene su primer encuentro aterrador en un sepulcro bajo las arenas del desierto con un ser maligno que lo llevará al umbral de la muerte. Transcurren varios años luego de estos acontecimientos y Peter, después de abandonar el Ejército, se traslada a un lugar en los Estados Unidos donde se establece y forma una familia. Peter se desempeña como Sheriff del pueblo y se reúne con algunos de sus vecinos los fines de semana para compartir en familia. Sus vidas transcurren con tranquilidad y felicidad hasta el día en que se les ocurre jugar con la Tabla Ouija y utilizan el amuleto traído desde el desierto, abriendo sin querer, una entrada para que la maldad llegue a sus vidas; destruyéndolas, sembrando espanto y muerte. Fenómenos paranormales, posesiones espeluznantes y muertes trágicas crean un clima de suspenso y terror a esta obra. Toca el tema del exorcismo y la visión que tiene la Iglesia al respecto, así como la manipulación que se hace de estas situaciones. Problemas de índole mental que son utilizadas a conveniencia como métodos de propaganda y captación de fieles. Es una novela ágil, emocionante y llena de suspenso, que no se puede dejar a un lado, entretiene y mantiene un creciente interés por su desenlace.
Book tráiler, prólogo y el primer capítulo en el blog del autor: http://elvisitantemaligno.blogspot.com

martes, 13 de septiembre de 2011

MICRORRELATO: Las cosas no funcionan así

El tañer de la campana de una iglesia cercana le señaló con rigor metálico que ya llevaba dos horas en cuclillas bajo la ducha. Se miró las manos sin observarlas ni detenerse en comprobar que más parecían las de una momia bicentenaria que las de alguien en el mejor momento de su vida, en cuanto a edad.

Esperanzas, ilusiones, sueños, todo barrido de encima de la mesa, donde tan ordenado había permanecido durante tanto tiempo, por una mano violenta, rugiente, devastadora. Bajó los brazos y siguió con los ojos entrecerrados su dirección. El chorro de agua tibia le golpeaba la nuca, chorreándole por el pelo y la cara, asimilando las lágrimas como suyas, bajando por el resto del cuerpo, por el espinazo hasta las nalgas, por el pecho hasta la ingle, de los hombros a los dedos borrosos de las manos. Todo el torrente se reunía al final en la severa cerámica blanca, testigo única de cómo se escurría por el desagüe.

Cerró el grifo y la tormenta cesó.

Salió de la bañera.

Por un momento pensó en librarse de sus deseos, de las cadenas con que éstos ataban. Cadenas que miraba con una malsana simbiosis de apego y desesperación. Por un momento consideró recuperar su libertad. Fue un momento muy corto. Las cosas, en realidad, no funcionaban así. Había salido de la ducha porque tenía hambre.

Se echó una toalla por encima y fue con el cuerpo encogido a la nevera, a ver que encontraba.

miércoles, 7 de septiembre de 2011

RESEÑA: Mi nombre es Legión, de Roger Zelazny

Mediante “Mi nombre es Legión”, - frase perteneciente a una clásica cita bíblica- podemos encontrar una reunión de tres relatos largos de mundo y protagonista comunes escritos por Roger Zelazny entre 1969 y 1976, que ya aparecieran editados en castellano varias veces bajo este título y el de “El Hombre que no Existía”.


Las tres historias son independientes, sin embargo, conforman un completo sólido y atractivo, empezando por su protagonista, un hombre sin nombre que para cada ocasión se inventa una identidad completa –de ahí el título–, un desarraigado en un mundo en el que todo lo referido a las personas, absolutamente todo, es contabilizado y guardado en ficheros gubernamentales acerca de esa persona. La explotación de un concepto de ciencia ficción de desaparición de la intimidad quizá aún alejado, pero en la misma línea, de esta sociedad de la información en la que vivimos, en la que basta con teclear nuestro nombre en un buscador para encontrar múltiples rastros de algunas cosas que hemos hecho a lo largo de nuestra vida. 40 años después de cuando fue escrita la novela. Pues bien, sobre el personaje central no hay rastro, y cada vez que adopta una identidad, él mismo crea falsas huellas para otorgarle verosimilitud. Es además un hombre carismático, más bien bueno, pero al que no le temblará el pulso deshaciéndose de un inocente por salvar su pellejo.
Los tres relatos pueden enmarcarse, en cuanto a la forma, en el género detectivesco, y están contados con la gran agilidad característica de un buen artesano de la palabra como Roger Zelazny, con predominio de la narración de acciones sobre la descripción y con unos diálogos creíbles y naturales. Aquí demuestra gran habilidad el autor insertándonos los conceptos de ciencia ficción que son, en realidad, el género de sus historias, en cuanto al fondo. Presenta los conceptos sin imponérselos al lector, dejándole que reflexione sobre ellos, reflexión que inevitablemente llevará a unos puntos a favor y otros en contra de la idea sugerida, dibujando un heterogéneo tono gris.

jueves, 1 de septiembre de 2011

MICRORRELATO: Especial

Durante años tuvo la intuición respecto a sí mismo, que a veces rayaba misteriosamente en certidumbre, de que era especial.

A veces le invadía la sensación surrealista de que poseía una gran fuerza interior, de que era capaz de vaciar su mente por completo de pensamientos, de obviar estímulos y concentrarse en la nada. En esos momentos abandonaba su cuerpo para viajar a ningún lugar y en ausencia de todo, tan solo quedaba su alma reducida a la mínima expresión, quizá un fotón invisible, pero incombustible. Entonces, despejada la ecuación matemática de la existencia a la verdad absoluta tras resolverse todos sus elementos, alcanzada la paz, se embriagaba de poder, solo que no sabía exactamente qué era lo que podía.

Con el tiempo aprendió a alcanzar con mayor facilidad estos estados en determinados entornos que los facilitaban. Acostado antes de conciliar el sueño, cuando la verdad y la mentira dejan de tener sentido, y lo divino y lo profano significan lo mismo; en la intimidad sincera posterior al sexo, arrancado de cuajo todo deseo de la piel; dialogando con Bach, pero sin palabras, con dos violines; flotando boca arriba en el mar sereno, escuchando cada inspiración y expiración haciendo eco en unos tímpanos sumergidos tres centímetros bajo el nivel del agua, la luna y las estrellas bañando de blanco su cuerpo desnudo…

Finalmente llegó a comprender, e hizo lo que tenía que hacer, descubriendo en definitiva por qué era especial. El mar estaba tan liso como una lápida de mármol pulido, y se abandonó al vacio. Boca abajo, sin mover ni un músculo, como si lo hiciera en el espacio que a su espalda le espiaba. Se deshizo de sus sentidos y con ellos de todo estímulo. Mató sus pensamientos y con ellos todo deseo y apetencia. Olvidó su cuerpo y su alma con ello todo lo que le ataba al mundo, y entonces, por fin, dejó literalmente de existir.

jueves, 25 de agosto de 2011

Arthur Mortimer dixit (IV)

Una narración sin desenlace es como una vida sin objetivo: puedes recrearte en la belleza de los detalles puntuales, pero cuando se acabe difícilmente podrás recordar si en verdad merecía la pena.


Arthur Mortimer, Teoría de la literatura para ancianos de cinco años.

lunes, 15 de agosto de 2011

RESEÑA: El libro del cementerio, de Neil Gaiman

A veces me pregunto si, dentro del género fantástico, sólo se es capaz de captar mayoritariamente al público adolescente con productos de medio pelo. Dos de los tres mayores éxitos editoriales de la última década lo son. El primero, la saga multimillonaria del niño mago, que he leído entera, y que no niego me ha deparado la satisfacción de poder pasarme a un idioma que no es el mío sin que me planteara problemas lectores, debido a su extrema simplicidad. Eso sí, literariamente no pasa del aprobado y en una balanza  ganarían los pros a los contras, pero sin holgura. El otro éxito es una saga ciertamente terrible repleta de conceptos ridículos ideados por una autora ultraconservadora. Sí, ya sabéis, vampiros de piel diamantina a la luz del día (¡!). Una opción mucho más cercana a la novelita rosa de un duro que al terror que pretende. Repito: terrible.
¿Y esto a cuento de qué? Pues sencillamente porque mientras se perpetran estos libros también se escriben otros cuyo público objetivo es el mismo, y además son buenos. Incluso muy buenos. Uno de ellos es El libro del cementerio de Neil Gaiman.



El libro del cementerio es, básicamente, un cuento. Escrito de una manera deliberadamente sencilla, nos lleva a un entorno de historia de terror descrito con una amabilidad y maestría que hacen sentirse cómodo al lector, que no necesita sustos o clímax cada dos páginas para disfrutar de la experiencia. Interesado por las intrigas planteadas con un ritmo acertado, en unos capítulos que casi son relatos autoconclusivos, éste seguirá la narración realizada con pasmosa naturalidad, asimilando con desahogo los elementos sobrenaturales –que son casi todos– dentro de una historia finamente hilvanada.

Pero ojo, basta que demos un paso atrás y observemos el argumento con un poco de perspectiva para darnos cuenta de que estamos frente a un cuento, sí, pero uno macabro y con retales de violencia y sabor a veces agridulce, y si no echemos un vistazo al primer capítulo: un sádico armado con un cuchillo, el hombre Jack, se introduce con premeditación, alevosía y nocturnidad en un tranquilo hogar. Allí, con singular profesionalidad, asesina sin miramientos al padre, la madre y la hija, una niña. Tan solo el hijo, apenas un bebé, y de forma casi casual, sale gateando por la puerta entreabierta de la casa, y seducido por la niebla nocturna, llega hasta un cementerio cercano. Hasta allí le persigue el criminal, y cuando está cerca la fatalidad, los espectros de los enterrados en el camposanto deciden adoptar al bebé, ocultándolo entre ellos y rebautizándolo con el nombre de Nadie –Nad para los amigos–, pues a nadie se parece. Algo siniestro, ¿no? Pero, ¿acaso no lo son en realidad casi todos los cuentos clásicos (daré una pista: cambiemos asesino por tigre y fantasmas por familia de lobos y otras criaturas selváticas. Sí, es un homenaje/reescritura de la historia de Mowgli en El Libro de la Selva, del gran Rudyard Kipling)? También como aquellos, con un aroma muchas veces dulce y poético.

lunes, 8 de agosto de 2011

RESEÑA: Dioses Menores, de Terry Pratchett

Cada vez que hago una nueva aproximación a otra novela del Mundodisco doy gracias a los dioses –mayores y menores– por que se hayan inventado a Terry Pratchett, y porque lo hayan hecho con una imaginación tan desbordante. ¿O ha sido al revés? El caso es que hay tantas y tan variadas novelas ambientadas en este fabuloso mundo plano ubicado sobre el lomo de cuatro elefantes parados sobre el caparazón de una tortuga que nada sin parar por el espacio, que sería natural que ante tal diversidad de historias alguna no mereciera la pena. Pues si es así, yo no la he conocido todavía. Es cierto que en las primeras quizá no manejara los tiempos narrativos a la perfección, pero sí lo hizo con presteza de sobra como para poder seguir escribiendo al respecto: gracias a los dioses –mayores y menores – por ello. Y es que si hay algo que sea un valor seguro tanto en literatura fantástica como satírica, ese algo es el Mundodisco.


Además, otro pro de esta larguísima serie de novelas es la relativa independencia de unas respecto de otras. Algunos personajes aparecen en varias, pero todas son autoconclusivas, con lo que no es necesario tener frescas las lecturas anteriores como para afrontar una nueva.
En Dioses menores, como cabía esperar, el certero punto de mira del autor se dirige hacia la teología. La historia transcurre en torno a un imperio religioso construido en torno al gran dios Om, solo que como suele ocurrir con las religiones, los fieles tienden, por temor, desidia o costumbre, a seguir más a la iglesia que al propio dios. La cuestión es que llega el momento de la llegada del profeta del dios, y el fiel elegido no es precisamente el que Om hubiera elegido. Se trata de Brutha, un simplón del escalafón más bajo de la iglesia, que eso sí, fiel a Om sí que es. Hasta el punto de que sin saber leer ni escribir, conoce al dedillo las sagradas escrituras de los anteriores profetas del dios, gracias a su memoria eidética. Para colmo de males, Om no se materializa en el Mundodisco –que para los omnianos es esférico y quien diga lo contrario se las verá con la terrible Exquisición– como una impresionante criatura pisoteando infieles, sino como una insignificante tortuga tuerta. Y con las tortugas ya se sabe, esos bichos están muy sabrosos. La cuestión es que Om quiere recuperar sus tremebundos poderes con la única asistencia del bonachón de Brutha, y ambos se ven entremezclados en los maquiavélicos planes de Vorbis, el jefe de la Exquisición, para acabar con los impíos vecinos de Efebia, que se atreven a afirmar, entre otras cosas, que el mundo es plano y se sitúa sobre una tortuga gigante que siempre avanza, menuda desfachatez.

viernes, 29 de julio de 2011

RESEÑA: Cuentos de un soñador, de Lord Dunsany

Existen varias formas de leer a Lord Dunsany. Unas acertadas y otras no.



La del lector de dragonadas y franquicias a lo Timun Mas (digamos un perfil bajo o adolescente), que ha oído por ahí que es un autor de cierta importancia en el género y quiere conocerlo. Probablemente tras las primeras páginas salga escopeteado de vuelta hacia sus tramas lineales y facilonas. En realidad no lo culpo, probablemente no ha llegado su momento.

La del lector de Lovecraft que ha averiguado que Lord Dunsany fue una de sus mayores influencias. Éste encontrará lo que busca en las páginas, si bien seguramente no en la forma esperada. En efecto se pueden distinguir claramente las conexiones con el de Providence, el gusto por la creación de un universo único, retorcido a veces, otras simplemente muy imaginativo y lleno de llamativas concreciones. Ésta fue mi primera aproximación, hace años, y a decir verdad eché en falta demasiado la narración. Me dí cuenta de que Lord Dunsany poseía una escritura superior a la de Lovecraft, pero no puedo negar que me aburría un poco, y decidí que merecía otra oportunidad más adelante. Mucho más adelante.

La del lector que necesita tener un libro en las manos antes de dormir para lograr, precisamente eso, dormirse. Lord Dunsany es bastante apto, pero probablemente una revista de economía también.

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