miércoles, 13 de febrero de 2013

Fringe: una retrospectiva (in memoriam)

En septiembre del 2008 llegaba a la pequeña pantalla otra de aquellas series etiquetada como la sucesora de una LOST que en aquellos días vivía su punto álgido. Se trataba de Fringe, lanzada por Roberto Orci, Alex Kurtzman y J. J. Abrams, y que ponía su punto final el pasado enero.



J. J. Abrams, antes de hacer renacer con éxito la franquicia de Star Trek y ser el elegido para Star Wars episodio VII, era el más reconocido lanzador de series (como la citada Perdidos) de las que luego normalmente se olvidaba. En el caso de Fringe, no solo la lanzó, sino que fue el encargado de la línea maestra argumental de la primera temporada, además de guionizar varios de sus episodios. No obstante, llegado el momento de hablar de los responsables, hay que mencionar a los mayores artífices del Fringe que todos conocemos: Jeff Pinkner y J. H. Wyman, responsables directos del proyecto desde el segundo capítulo hasta prácticamente el final de la serie (literalmente hasta el último minuto, en el caso de Wyman, alma mater de la última temporada). También es obligatorio mencionar a Akiva Goldsman, multipremiado guionista que firma algunos de los mejores capítulos de la serie y que ayudó a dar el salto de calidad (hasta lo más alto) producido con el final de la primera temporada. Pero, tras este tropel de nombres, que no podía evitar mencionar para rendirles justo homenaje, vamos a entrar un poco más en materia, hablando de la historia y la mitología de la serie, sus personajes, sus protagonistas, y algunas de las razones por las que se ha convertido en mi serie favorita: tan adictiva como 24, tan interesante como Doctor Who y tan enigmática como Lost.

En el primer capítulo de la serie vemos como, durante la investigación de un caso tan extremo como extraño, el compañero y amante de la protagonista, la agente del FBI Olivia Dunham (Anna Torv), es envenenado por una toxina. Para intentar salvarlo, la intrépida agente requerirá la ayuda de Walter Bishop (John Noble), un genio enclaustrado en un manicomio que seguirá el patrón de profesor chiflado y excéntrico, pero para acceder a él solo podrá hacerlo mediante su hijo Peter (Joshua Jackson), un granuja superdotado que poco quiere saber de su padre. La cuestión es que para poder hablar con el infectado, inconsciente, el doctor Bishop sincronizará las ondas cerebrales de Olivia con las de su compañero mediante un singular procedimiento y así ella podrá interrogarle desde dentro de su mente.



Este capítulo cumple con el paradigma de lo que tiene que ser el piloto de una serie y apuntará con certeza lo que va a ofrecer Fringe: casos bizarros de ciencia retorcida e impensable (la toxina, el “interrogatorio”), interesantes preguntas sin respuesta hoy día (¿cómo contemplar los recuerdos de alguien?), y respuestas lo mejor justificadas posibles dentro de un marco científico (la sincronía de ondas cerebrales). Es decir: ciencia ficción con mayúsculas. Además, tendremos personajes atractivos y desarrollo dramático de los mismos, no reduciéndose a tópicos que se repiten una y otra vez. Por otro lado, a lo largo de la serie la pregunta que se lanza al aire llega a ser de lo más variada, versando sobre cómo traspasar paredes, de qué manera crear híbridos genéticos, cómo mejorar una especie, cómo hablar con los muertos, o ver lo último que presenciaron antes de morir… por poner solo unos ejemplos de los más sencillos. Es loable en una serie como ésta el hecho de que, por regla general, traten de buscar una explicación (rocambolesca, indemostrable, pero siempre con cierto sentido), para estos eventos.

A lo largo de la primera temporada iremos viendo como el triángulo formado por Olivia (como agente de campo), Walter (científico) y Peter (a medio camino entre ambos), se va enfrentando a este tipo de enigmas. Aunque predominarán más que en ninguna otra temporada, no todo serán capítulos autoconclusivos llanos. Iremos descubriendo como estos fenómenos se corresponden con el así llamado “patrón”, por lo que parecen estar relacionados. Además, muchos estarán relacionados con investigaciones antiguas de Walter con su antiguo colega William Bell, misterioso personaje dueño de una no menos misteriosa megacorporación llamada Massive Dynamic, a la que parecen conducir muchas pistas. La trama de fondo se va complicando pasito a pasito, así que cuando queremos darnos cuenta nuestra serie de capítulos sencillos, una especie de Expediente-X de hoy día, se ha convertido en una narración que nos tiene bastante atentos. Y entonces llega el final de la primera temporada y nos gana para siempre, clamando a los cielos para ver cómo se resuelve ese cliffhanger, y los más observadores, preguntándose si el que en todos los capítulos aparezca fugazmente un tipo calvo con sombrero tiene algún sentido o es como los cameos de Hitchcock en sus películas, que no aportan nada, pero tienen su gracia.

Por supuesto, existirá un magnífico elenco de secundarios. La preciosa y paciente Astrid (Jasika Nicole, una de mis debilidades) ayudará a Walter en el laboratorio (lugar con personalidad propia). El estirado pero fiable Broyles (Lance Reddick) será el jefe del equipo, al que también pertenece el bueno de Charlie Francis (Kirk Acevedo). Por otro lado encontraremos a la inquietante Nina Sharp (Blair Brown), representante de las siempre difusas intenciones de Massive Dynamic.



Nota: Llegados a este punto, aunque nunca hago grandes spoilers (es filosofía del blog), recomendaría saltarse los tres siguientes párrafos a quienes no quieran saber absolutamente nada de las líneas argumentales de la serie ni hayan visto, al menos, el final de la primera temporada.

La segunda temporada de Fringe es la del gran salto. El inicio es magnífico, pero los siguientes capítulos parecen poca cosa: buenos capítulos autoconclusivos que, tras probar las mieles del final de la primera y el inicio de la segunda, saben a poco. Sin embargo, ya tenemos unos personajes con un importante recorrido dramático: ya nos importa lo que le pase hasta al menos importante de los secundarios, y llegada la mitad de temporada, todo esto se va a disparar conforme van explorando las posibilidades argumentales de la teoría de los múltiples universos paralelos: ¿y si la membrana que separara dos de estos universos fuera, hasta cierto punto, permeable? ¿qué conflictos podrían originarse? ¿qué diferencias y similitudes existirían entre nosotros y nuestras versiones alternativas del otro universo? Los guiones aprovechan estas posibilidades a la perfección, construyendo una trama intrincada pero asequible. Sencillamente magnífica desde la segunda mitad de esta temporada hasta el final de la quinta, Fringe se convierte en una serie sin desperdicio, además de una obra de ingeniería argumental colosal. De nuevo, el impresionante final de temporada nos dejará sin aliento.

La tercera temporada es quizá mi favorita. Continúan explorándose las posibilidades de ambos universos, de las interacciones entre ambos, los numerosos conflictos y muchas de sus soluciones. Fringe demuestra año tras año una singular capacidad para reinventarse y esta temporada no es una excepción. Dramáticamente, a estas alturas tenemos unos personajes con amplio bagaje, con relaciones llenas de matices, complejas y consolidadas entre ellos: profesionales, amorosas y familiares (la relación padre hijo Walter-Peter es el eje fundamental de la serie). Es aquí donde Anna Torv, demuestra que es mucho más que una actriz solvente sin más, empezando a demostrar al espectador que es capaz de interpretar a dos Olivias bien diferentes. En estos momentos Joshua Jackson también ha hecho crecer a su Peter Bishop. Walter y Walternativo merecerían un capítulo aparte con medallas a la excelencia, pero no voy a descubrirle a nadie a John Noble. Es un actor descomunal. Por supuesto, el final de la temporada es de traca, continuando con la dinámica.



Llegamos a la cuarta temporada con nuevas preguntas que hacernos. Ya hemos respondido y especulado mucho (porque la buena ciencia ficción trata de eso: de especular) sobre los universos paralelos. Ahora, sin olvidar el estupendo juego que nos dan éstos, podemos hacernos preguntas sobre las líneas temporales. ¿Qué ocurriría si en el mundo en el que vivimos, por la presencia (o ausencia) de algún evento experimentáramos una serie de cambios enormemente significativos? Ahora contemplaremos estas posibilidades desde un punto de vista macroscópico (los grandes rasgos cambiados) hasta microscópico (los pequeños detalles en las relaciones humanas). Cabe mencionar que a lo largo de toda la serie hay personajes secundarios que dependiendo del momento brillan con mayor o menor intensidad. En esta temporada me gusta especialmente Lincoln Lee (Seth Gabel, incorporado en la segunda como secundario). Nuevamente tenemos momentos ojipláticos cercanos al final de temporada que nos dejarán tan aturdidos como fascinados.

A estas alturas ya sabemos de sobra que esos tipos calvos con sombrero llamados observadores no son meros accesorios. En la quinta y última temporada, su importancia es crucial. Para empezar hay que subrayar que si Fringe nos tiene acostumbrados a reinventarse con una pirueta, con un salto mortal hacia atrás, en la última temporada lo hace con séxtuple tirabuzón, pero entendámosla con perspectiva.



Llegados a este punto, los señores de la cadena Fox dijeron: “La serie es muy buena, no lo negamos, pero no la acabamos el año pasado de milagro, porque no es lo suficientemente rentable. Tenéis 13 capítulos en lugar de 22 (para llegar hasta el 100) y después adiós para siempre. Haced lo que queráis”. En este punto, un responsable irresponsable podría haberse tirado la de Perdidos y decir: “voy a acabar la serie como a mí me gusta, aunque solo me guste a mí”. Afortunadamente no ha sido el caso, sino más bien un “esta serie es de culto porque los aficionados le rinden culto, así que voy a darle un final para ellos”. Y así ha sido (gracias principalmente J. H. Wyman). Durante los 13 capítulos se construye un canto del cisne digno y coherente, en el que vamos percatándonos una y otra vez de las referencias a todos los capítulos anteriores, desde detalles nimios de la primera temporada hasta los elementos más importantes, haciendo que el conjunto tenga mayor sentido como tal, otorgándole un gran valor añadido. Así, para cuando llega la resolución final con un estupendo capítulo doble (que no tendrá que dejarnos perplejos pues su misión no es que digamos ¿y qué se nos viene el año que viene?), podemos no estar de acuerdo con algún elemento, pero desde luego no deberíamos tirar pestes por nada, porque ante una serie de tal magnitud, no ha dejado cabos sueltos de consideración, los ha ido atando con enorme cariño y delicadeza, haciéndole guiños al seguidor fiel, que si lo es tal los ha apreciado enormemente. Es una serie bien concluida, y aunque parezca algo normal, ¿cuántas series bien concluidas conocéis? Quizá no sea tan normal. Quizá sea excepcional.

Entonces, ¿qué nos ha dejado Fringe, después de estas cinco temporadas? No pocas cosas, desde luego. Unos argumentos brillantes entrelazados con pulso firme, que han incorporado la ciencia ficción de una manera absolutamente natural. Unos personajes estupendos, muy variados y bien interpretados. Los más turbios, no necesariamente villanos, todos con motivaciones definidas y razonables: David Robert Jones (un gran Jared Harris), Newton y su buena cabeza, el temible Windmark, el iniciático John Scott, el megalómano William Bell (cuyo intérprete me resisto a mencionar) y su inefable Nina. También los hay difícilmente clasificables, pero memorables, como Sam Weiss o Septiembre. Los agentes: Charlie, el bondadoso Lincoln, mi entrañable Astrid. Etta, tan importante al final. Además de las inolvidables versiones alternativas…

…Y por supuesto Olivia, la niña del Cortexiphan, protagonista central e indiscutible. Peter, eje en torno al cual giran tantas cosas, recuerdos, sentimientos y mundos. Y por último el más grande. Walter, con su regaliz, su chaqueta de lana, su pizarra con una ecuación imposible y su ventana a otro mundo. Walter se ha ganado por derecho propio un lugar en lo más profundo del corazón y los pensamientos de todos los aficionados a Fringe, a las series, y a la ciencia ficción.



No, no son pocas cosas las que nos ha dejado Fringe. Las echaré de menos. Todas ellas.

Aunque bien pensado… ¿qué diablos? La serie está ahí para volver cada vez que quiera. Esto no es un te voy a echar de menos. Muy por encima de eso, es un gracias.

2 comentarios:

Damián Neri dijo...

Fringe me fascinó de principio a fin. La especulación me encantaba, tanto la que hacían los personajes como la que yo hacía, como los otros fans, acerca de lo que significaba cada cosa, cada elemento nuevo y misterioso. Asteroid de pareció atractiva, jaja, no sé si a eso te refieras con que era tu debilidad. Y el personaje de Walter... Para mí ya se volvió referencia hacia la figura del científico obsesionado e increíblemente brillante. "Hagamos algo de LSD". LLoré en varias ocasiones, y al final pensé: "A dónde fue Walter exactamente? Se encontró con William Bell en el futuro?" No sé si sean sólo rumores, pero en algún lugar leí que harán una película de Fringe donde buscar a Walter en el futuro, aunque no veo bien cómo ocurriría eso. Fue una gran serie, sin duda.

Saludos! :)

Pedro López Manzano dijo...

Hola Damián. Gracias por pasarte y comentar.
Un placer leerte, y al hacerlo me doy cuenta de que perteneces al club de quienes hemos disfrutado Fringe al límite de nuestras posibilidades, y éstas son muchas.

Sí, Astro me parece preciosa, pero me ganó si cabe más por su faceta entrañable.

Respecto al desenlace, no creo que Belly tenga lugar en él: nada lo indica y Fringe es tremendamente consistente como para sacarse ases de la manga sin haber sugerido que los tenía. Tampoco creo que se ruede esa peli (ni he oído nada), al haber cerrado tan bien la serie. Creo que sería como ponerle una guinda... teniendo ya la guinda puesta.

¡Saludos :D !

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