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martes, 15 de noviembre de 2011

Stardust (2007), de Matthew Vaughn

No es tarea fácil realizar una adaptación de una buena novela al cine, pero Stardust es ejemplar en este sentido.


Veámoslo con un poco de perspectiva, esto de las adaptaciones de obras fantásticas. Si el libro es malo, la peli será casi siempre mala (saga Corpúsculo). Ante obras literarias que pasen por poco de correctas, las películas andarán también por ahí (Harry Potter, con sus más y sus menos). A veces se obtienen productos mediocres de materia prima (discutiblemente) buena, como las aburridas versiones cinematográficas de Narnia. O partiendo de algo indiscutiblemente bueno para acabar traicionando su espíritu en una amalgama fallida, como en Alicia en el País de las Maravillas de Tim Burton. Otras veces se nace de una obra maestra como La Iliada y llegamos a Troya, un producto muy irregular, con momentos brillantes y otros rayando lo irrisorio. Muy pocas veces el resultado brilla con luz propia, pero las hay. Pensemos en El Señor de los Anillos, obra cumbre del fantástico escrito y también extraordinarias películas. ¿Cuál es el secreto? Pues no abandonar nunca el espíritu original, pero tener siempre presente que se trata de una adaptación, un cambio radical de lenguaje para el cual se pueden y deben tomar ciertas licencias: suprimir capítulos, cambiar personajes, reforzar o minimizar, pues lo que funciona en el papel no necesariamente lo hace en la pantalla, y viceversa. El Señor de los Anillos hace esto exactamente, y Stardust, salvando las distancias, hace lo mismo.

Gran cantidad de pasajes son exactamente los mismos en la novela de Neil Gaiman y en la película de Matthew Vaughn, aquellos que funcionan en los dos medios. Es evidente que si tienes un momento brillante, un diálogo mágico, sería estúpido no emplearlo tal cual. Otros han sido suprimidos, pues aportarían poco más que trasfondo a cambio de pesar demasiado en el ritmo cinematográfico. También se suprimen personajes por éste motivo. Y por supuesto se refuerzan o transforman otros, como el de Lamia o el del capitán Shakespeare, inexistente en el libro y que funciona a la perfección en la pantalla, siendo el eje del romance. También hay cambios importantes en la historia, con un clímax final bien diferente, sencillamente porque el decrescendo del libro no hubiera funcionado, por razones evidentes, pero que no señalaré por no desvelar nada.

Para haceros una idea del tono, basta con esta importante escena del inicio del film, con Peter O’Toole como rey de Stormhold, Mark Strong como príncipe Septimus y Rupert Everett como Secundus. Llena de humor negro; vaya la calaña de algunos de los personajes:

domingo, 6 de noviembre de 2011

RESEÑA: Stardust, de Neil Gaiman

Hace unas semanas os hablaba mediante un ejemplo práctico de los placeres de la lectura, señalando uno de esos deliciosos momentos en los que, como lector, tras disfrutar de unas bellas palabras del libro que en ese momento tenía entre manos, me había visto obligado a levantar la vista del papel para paladearlas, disfrutando todo lo posible de aquella inspiradora experiencia lectora. Si queréis leer el texto exacto, fue ÉSTE. La novela en cuestión era Stardust. El responsable de la misma, Neil Gaiman, uno de los autores favoritos de este blog.


Stardust tiene un formato de cuento largo episódico, en un tono amable y con una escritura pulcra y cuidada, engañosamente simple. Tanto en estilo como en temática Stardust recuerdan a uno de los escritores favoritos de Gaiman: C. S. Lewis. Una historia fantástica disfrutable por todos los públicos, pero sin la intención moralizante ni las alegorías religiosas del creador de la célebre saga de Narnia.

La historia, si bien no es excesivamente original a priori, sí es muy imaginativa a poco que profundicemos. Existe un pueblo inglés llamado Muro precisamente por la existencia de un muro en el mismo. En éste hay un paso al País de las Hadas, que cruzará el joven de pasado incierto Tristran Thorn, como su padre hizo años atrás, con un firme propósito, pero en realidad al encuentro de un futuro aún más incierto.

O sea, la típica historia de un ingenuo joven en busca de aventuras que provocarán una profunda transformación en él. Hasta ahí todo es más o menos un Alicia en el País de las Maravillas estándar, si es que esto existe, pero ahora es donde entra en juego la inagotable imaginación de Neil Gaiman y su pericia para contar historias y construir personajes carismáticos.

martes, 1 de noviembre de 2011

Música épica. Stardust (2007), de Ilan Eshkeri

Pronto hablaré de Stardust, obra literaria, novela ilustrada y película, todas ellas estupendas, pero para iniciar este Especial Stardust, qué mejor manera de entrar en ambiente que con la banda sonora que acompaña a la película, del casi desconocido compositor Ilan Eshkeri.

En concreto el tema épico escogido para esta casi nueva sección musical es Septimus (dedicado al villano homónimo de la película interpretado a la perfección por Mark Strong), con el que me resulta difícil imaginarme una escena que no sea la de un jinete cabalgando hacia la aventura:




Una canción que difícilmente puede transmitir un sentimiento más épico en menos tiempo, ¿no os parece?
¿Y el resto de la banda sonora de Stardust? Pues a un servidor le encanta, primero por cómo se encuadra dentro de la película, segundo por cada canción independiente. Muchos más temas vibrantes al estilo del anterior, agradables melodías ligeras para los momentos amorosos, amén de alguna canción para los momentos de mayor peligro. Voy a poner una de éstas, Lamia's Inn, que acompaña a uno de los mejores momentos de la película, para hacer una curiosa comparación :




¿No os recuerda, a partir de los tres minutos, a Vampire hunters, uno de los temas más intensos y memorables de Wojciech Kilar, de la magistral Drácula de Bram Stoker de Coppola? Aquí podéis escucharla. Digna de esta sección de Música Épica:



sábado, 24 de septiembre de 2011

¿Por qué leer?, ¿por qué escribir?

Estaba anoche con la novela que tengo ahora entre manos descansando sobre mi pecho, mientras yo la degustaba con placidez acostado en la cama, cuando mis ojos se encontraron con las siguientes palabras:  

(...)

Dunstan se dio cuenta de cómo la tela sedosa de su vestido se aferraba a su cuerpo; fue consciente de sus curvas elegantes y de sus ojos violeta puestos sobre él, y tragó saliva. 

 Dunstan se metió la mano en el bolsillo y sacó su pañuelo. Ya no podía mirar a la mujer. Volcó el dinero sobre el mostrador. 
  —Cóbrate lo que valga esto —dijo, escogiendo de la mesa una campanilla blanca y pura. 
  —En este tenderete no aceptamos dinero. —Le devolvió las monedas. 
  —¿No? ¿Y entonces qué aceptáis? 
  —Ahora estaba de lo más nervioso y su única misión era obtener una flor para... para Daisy, Daisy Hempstock... obtener su flor y partir, porque, a decir verdad, la joven le estaba haciendo sentir terriblemente incómodo. 
  —Podría quedarme el color de tu pelo —dijo ella—. o todos tus recuerdos antes de los tres años. Podría quedarme con el oído de tu oreja izquierda... no todo, sólo el suficiente como para que no disfrutaras de la música, ni de la corriente de un río, ni del suspiro del viento. 
  Dunstan sacudió la cabeza. 
  —O un beso tuyo. Un beso, aquí en mi mejilla. 
  —¡Eso lo pagaré de buen grado! —dijo Dunstan, que se inclinó sobre el tenderete, entre el repiqueteo de las flores de cristal, y depositó un beso casto en su suave mejilla. Entonces pudo oler su aroma, embriagador, mágico; le llenó la cabeza y el pecho y la mente. 
  —Bien, ya está —dijo ella, y le entregó su campanilla blanca. Él la tomó con unas manos que de pronto le parecían enormes y torpes, en absoluto pequeñas y perfectas en todos los aspectos, como las de la chica del país de las hadas—. Y esta noche volveremos a vernos aquí, Dunstan Thorn, cuando la luna se oculte. Ven aquí y silba como un mochuelo. ¿Sabes hacerlo? 
  Él asintió y se alejó de ella vacilante; no le hacía falta preguntar cómo sabía su apellido, se lo había arrancado, junto con otras cosas, como por ejemplo su corazón, cuando él la besó. La campanilla cantaba en su mano.
(...)

Inmediatamente después de leer este fragmento, tuve que cerrar el libro y clavar la mirada en el techo blanco y soso del dormitorio, imbuido por el éxtasis lector. Y a continuación pensé "por esto quiero escribir, para que alguna vez alguien aparte sus ojos del papel, disfrutando de un pequeño momento de satisfacción verdadera por algo que yo le haya contado".

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