jueves, 23 de mayo de 2013

RESEÑA: El conde de Montecristo, de Alexandre Dumas

Empezaré divagando: hay historias profundamente enraizadas en el imaginario colectivo que provienen de libros que, sin embargo, no todo el mundo ha leído (eufemismo para indicar que muy pocos lo han hecho). Ahí tenemos los cuentos de Perrault o de los Grimm, bien conocidos, pero que pocos han revisado explícitamente. En España resulta desgarrador este fenómeno con El Quijote, que no sé si hoy será lectura obligatoria para los bachilleres, pero en caso contrario tendrá las estadísticas peor que nunca. No obstante, casi cualquiera sabría realizar una descripción con cierta corrección del hidalgo y su escudero, como supongo harán los griegos con Odisea o Iliada. Lo mismo ocurre con otros clásicos: ¿quién no conoce La isla del tesoro, Moby Dick o Sherlock Holmes, y sin embargo no ha leído a Stevenson, Melville o Conan Doyle? Ojo, no digo que yo sea muy diferente, pero si que en ocasiones trato de cubrir lagunas que como lector resultan imperdonables, y eso es lo que he hecho con El Conde de Montecristo (1844-1845) de Alexandre Dumas.



Aunque nunca hago spoilers, la historia se ha universalizado hasta el punto de que todo el mundo la conoce a grandes rasgos: Edmond Dantès es acusado injustamente, tomado el día en que se iba a celebrar su boda, y encarcelado para que se pudra en una prisión inexpugnable, de la que muchos años después logrará escapar con el conocimiento de la ubicación secreta de un tesoro incontable. Una vez con él emprenderá su terrible venganza contra quienes le traicionaron, regresando como conde de Montecristo. Eso es lo que todos saben. Por supuesto, hay mucho más, porque no se trata de una venganza de llegar y pegar un tiro al vil, sino de una estratagema maquiavélicamente urdida y ejecutada a lo largo del más de un millar de páginas del que consta el volumen.

Pero sería incorrecto seguir este camino sin hacer una parada para hablar brevemente del folletín. Simplificando, en el XIX francés se produjo una alfabetización casi masiva, las clases bajas leían y preferían el escapismo, habitualmente de baja calidad y de temáticas amorosas o de aventuras, que se publicaban por entregas periódicas que solían acabar con un clímax que dejaba al lector pendiente del siguiente número. Pero no todo folletín era de calidad deficiente. Dumas se convirtió en el máximo representante y sus creaciones más célebres fueron así publicadas, como Los tres mosqueteros o su gran obra maestra, este El conde de Montecristo que ahora nos atañe. Por cierto, para los más avispados: sí, hoy se sigue escribiendo folletín, si bien rara vez en cuanto a su manera de publicación, sí respecto al resto de sus rasgos estilísticos: ¿qué es si no Juego de Tronos y sus secuelas, de George R. R. Martin?

Una vez señalados los rasgos del folletín y que Dumas era su alma mater, es necesario indicar que el francés era prolífico hasta lo humanamente imposible. La razón es sencilla: todo lo que llevara su firma se vendía como las pipas, así que firmaba bastante más de lo que escribía, a veces directamente los escritos de otros, otras desarrollos de “negros literarios” que luego él refinaba o reescribía, otras en coautoría. El conde de Montecristo fue escrito fundamentalmente por él, pero Auguste Maquet (su más célebre “ayudante”, con el que acabaría entre juicios), también participó de manera fundamental. Así, a lo largo de sus páginas, se encuentran algunos desajustes estilísticos probablemente fruto de las cuatro manos, pero que no obstante, no pesan en demasía sobre el conjunto, que es el más fino de cuantos escribió Dumas, con gran variedad de pasajes de innegable calidad y hasta llamativa belleza. Mas sobre ninguna otra virtud, cabe destacar el afán despertado en el lector por pasar una página después de otra, sin que para ello tenga que existir acción trepidante: El conde de Montecristo es una novela mucho más de palabras envenenadas y acciones sutiles pero terribles a la larga que de duelos a espada y persecuciones mortales.

Volvamos ahora a la historia. Hemos dejado a Edmond encerrado en el castillo de If , en el momento histórico de la Marcha de los Cien Días de Napoleón (la novela también posee cierto afán ilustrativo histórico). Allí estará durante años, mientras los pérfidos traidores prosperan fuera, de manera sibilina: Danglars, su segundo de a bordo que le vendería por ambición, convirtiéndose en barón y banquero millonario; Fernand Mondego, que ansiaba su mujer, se la roba, y se convierte en conde de Morcef y par de Francia. ¿Cuánta culpa tendrá Mercedes, su esposa, antiguo amor de Edmond?; por último Villefort, el procurador que le encerró para protegerse políticamente, también alcanza gran poder en París. Por el contrario la familia Morrel, su antiguo patrón, que creyó en él por siempre, ha caído en desgracia y se halla al borde de la ruina.



Dantès, en la desesperación de la prisión, conocerá sorpresivamente al abate Faria, que le salvará de la locura y enseñará todos sus misterios, incluyendo la secreta ubicación del tesoro, en la Isla de Montecristo. Tras una fuga inesperada, Edmond se convertirá en la Providencia, en la mano justiciera de Dios, para recompensar a quienes lo merecieron, y vengarse de los que le robaron 14 años de su vida, su posición, su amor y la vida de su padre y para ello se convertirá en maestro del disfraz, adoptando bien diferentes roles según la situación, entre los que destacan el fiable abate Busoni, el bravo Simbad el Marino, y por supuesto el conde de Montecristo, héroe mayúsculo, experto manejador de hilos y sobrehumano urdidor de estratagemas (para algunos, demasiado superlativo).

El conde de Montecristo es la historia por excelencia de la venganza. También hay otros conceptos de capital importancia en la novela, como la redención, el destino (la citada Providencia), la justicia o el perdón, pero por encima de todos está la venganza. No necesariamente adornada por un baño de sangre, sino más bien por el ataque a la economía, la política o el prestigio social. Estos ataques serán sutiles e intrincados, muchas veces a años vista. No en vano, tras 14 años de cautiverio siguen 10 más de preparación logística para impartir justicia. Así pues, bien se puede entender la extensión de la novela teniendo en cuenta las rocambolescas y detalladas explicaciones de tal proyecto, que aunque excesivas y a veces redundantes, también resultan amenas y divertidas.

En cuanto a los personajes, podemos distinguirlos en tres tipos: el primero es el de los miembros de las familias Danglars, Morcef, Villefort (“malos”) y Morrel (“buenos”) además de sus allegados. Quizá demasiado planos, más definidos por las complejas relaciones entre ellos que por sí mismos. Aun así, hay que destacar al padre del magistrado Villefort: Noirtier, postrado por una apoplejía y no obstante mejor secundario de la novela junto al iniciático abate Faria; ambos de gran peso y carisma.

El segundo tipo sería el de “la corte” del conde, el numeroso grupo de personajes que integran su exótico entorno, que dan un interesante toque de color a la novela, como la princesa Haydèe, Bertuccio o Alí. Además, todos ellos, junto al “buen” bandido Luigi Vampa, tendrán interesantes historias asociadas que representarán agradecidas pausas en la narración mayor y contenedora.

Por último, el propio conde y sus alter egos bien podrían considerarse una tercera categoría, cada uno con una actitud diferente y que incrementan el interés de las páginas en que aparecen.

Sumemos todos estos personajes con media docena de bellacos más en una enorme batidora con altas dosis de venganza aderezada con amor, honor, negocios, cárceles, ambición, obsesión, misterio, acción y otros tantos ingredientes y arrojemos el resultado sobre un mapa que incluya perfectamente descritos el sur francés (zonas provenzal y de la costa marsellesa), Roma y París, y si resulta que todo está conectado en un plan maestro, tendremos El conde de Montecristo, una novela bonita, bella por momentos, que puede gustar o no a los más puristas, y entretener casi seguro a cualquiera, pero que en cualquier caso hay que leer.

Su importancia es tal que existen múltiples secuelas (de discutible calidad, ninguna de Dumas) y adaptaciones, tanto para el cine como para la televisión. Realmente ninguna de las que he visto es excesivamente fiel a la novela. Por ejemplo, La venganza del conde de Montecristo es una correcta película de aventuras que poco tiene que ver con la obra literaria. Quizá la que más se semeje en este aspecto es la miniserie francesa de 1998 interpretada por Gérard Depardieu, que da cierta visión de lo intrincada de la venganza, siendo así la más fiel.

Como rareza, cabe señalar el excelente film coreano Oldboy, que toma como referencia la novela para andar su propio camino.

Dicho sea que ninguna adaptación comparte el final escrito por Dumas.

Como la reseña ha quedado bastante extensa, he extraído las habituales citas de Dumas que más me han llamado la atención a una entrada aparte del blog.

2 comentarios:

Sprezzatura dijo...

De todas las adaptaciones me quedo con la última a mi me ha gustado, sin embargo me agrada saber que podemos ver en la web todas las películas del conde de Montecristo sobre todo para aquellos que no leen, aunque sin duda me quedo con el libro porque es una maravilla.

Pedro López Manzano dijo...

Hola Sprezzatura.
Entiendo que te refieres a la protagonizada por Gerard Depardieu. En efecto, es la única que da una idea de la complejidad de su plan.
Y sí, la novela es el padre de los folletines, jeje.

Un saludo, y gracias por la visita y el comentario.

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