viernes, 10 de febrero de 2012

RESEÑA: El sueño de los dioses, de Javier Negrete

Realicemos un símil cinematográfico. ¿Cuál es el problema de El Padrino III? Es una película magnífica, repleta de escenas memorables, muchas de ellas fabulosas, bien interpretada, guionizada y dirigida. ¿Por qué razón, pues, está considerada como menor? El motivo salta a la vista pues lo lleva en el nombre: es la continuación de El Padrino I y II, que son indiscutibles obras maestras, por lo que magnífica se queda corto. Salvando las distancias, con El sueño de los dioses, Javier Negrete escribe una más que buena novela, pero tiene el problema de sus predecesoras, La espada de fuego, que es muy buena, y sobre todo El espíritu del mago, excelente.


El sueño de los dioses está muy bien escrito y tiene momentos de gran brillantez, a la altura de los mejores de la saga de Tramórea, mas le pesa demasiado ser una continuación directa del fantástico clímax de su predecesora por diversos motivos. Naturalmente, después del subidón de la compleja batalla final que le precede, ha de sobrevenir una calma que pesa en demasía sobre la narración. Obliga a un arranque de novela muy calmo que a veces se antoja perezoso. Además, trata demasiado de volver sobre los pasos de la citada batalla para ir atando cabos sueltos, que quizá podrían haberse evitado empleando más elipsis. También se introduce una subtrama poco atractiva (la de Ariel y las Atagairas), que si bien tiene su razón de ser narrativa, que más adelante se hará evidente, a priori no convence al lector, pues parece algo repetitiva, dando cierta sensación de relectura. Otra sensación es la de inconclusión: las anteriores partes eran relativamente autoconclusivas, mientras que ésta queda capada más bruscamente. ¿Exigencias editoriales para optimizar ventas? ¿Demasiadas páginas en una trilogía que por ello se transforma en tetralogía? Hasta aquí, todo lo que no me ha convencido, y es que a partir de algo menos de la mitad del libro se producirá un punto de inflexión desde el cual la novela ganará enteros, llegando al nivel sobresaliente que Negrete alcanzó con la anterior parte de la saga.

Es éste el momento en el que os sugiero que si no habéis leído las dos primeras partes, os saltéis este párrafo y el siguiente, pues aunque no desvelaré ningún detalle importante de El sueño de los dioses, sí que daré por leídas las dos entregas anteriores. Recordemos que nuestro protagonista, Derguín Gorión, unos días antes cronológicamente del inicio de esta parte, tuvo una grave confrontación con el señor de Etemenanki, aderezada por la siempre vil presencia del brujo Ulma Tor. Debido a ella, y de alguna manera, se rompió la barrera que separaba, o quizá protegía a Tramórea de los temibles dioses, residentes en esa suerte de Olimpo que es el Bardaliut. Esto implica que a lo largo de la presente narración los dioses entrarán a formar parte de la ecuación como algo más que intangibles objetos de culto. Es justo a partir de ese momento desde el cual la historia ganará enormemente en interés, regresando a la dinámica de la brillantez, atrapando al lector irremediablemente hasta la última página, desde la que correrá hacia la siguiente y última parte de la saga.

La historia comenzará en Narak, ante una extraña desolación, con Derguín y Mikha en pos de Ariel, fuera del mapa desde hace días, para volver atrás y comprender cómo se ha llegado a esa situación partiendo inmediatamente de la conclusión de El espíritu del mago, esto es, desde la nueva residencia de la Horda Roja, donde la relación entre Derguín y Kratos no es la ideal. Por un lado, se intenta una reorganización posguerra. Por otro, los restantes Kalagorinôr, los que esperan a los dioses, se preparan para su momento inminente. Recordémoslos: Mikhon Tiq, el excéntrico Kalitres y Linar, pero ¿dónde está Linar? Lejos de allí, Togul Barok por fin se muestra, coronándose emperador de Áinar y reclamando protagonismo.

Por lo tanto, se sigue realizando un aumento de escala. La espada de fuego, grosso modo, contaba la historia de la consecución del arma homónima por parte de Derguín, hablando de pequeños grupos de contendientes. El espíritu del mago salta a una guerra a nivel continental, del más grande nivel imaginable… dentro de los márgenes humanos. Ahora, introduciremos a los dioses, aumentando así el marco al planeta completo, si cabe el universo. ¿Cómo subirá la apuesta con la conclusión?

No obstante, lo más importante de esta obra es que al entrar en el terreno “divino” es cuando Negrete pone por fin las cartas encima de la mesa, cartas que nos dejó intuir en varias ocasiones con anterioridad, especialmente en Etemenanki, donde nos dimos cuenta de que en esta saga íbamos a encontrarnos con una fórmula que mezclaba la aparentemente sencilla fantasía heroica inicial con la ciencia ficción cuyos elementos ahora se explicitan, pero recordemos, como también recuerda el autor en estas páginas, las célebres palabras de Arthur C. Clarke en su tercera ley: Toda tecnología lo suficientemente avanzada es indistinguible de la magia. Teniéndolas muy en cuenta, la fusión de géneros con que aquí nos encontramos queda naturalizada, funcionando como herramienta de una en verdad interesante historia, que ya nos muestra alguna de esa magia de Tramórea.


En definitiva, una buena novela, de arranque moroso, pero que una vez cogido el ritmo no solo no defrauda sino que nos lanza hacia la conclusión con El corazón de Tramórea.

Os dejo por último con tres pequeños extractos de la novela:

“Es algo relacionado con la inmortalidad. Los humanos naturales, que pueden aspirar a vivir ochenta, noventa, cien años a lo sumo, le otorgan a su vida un valor que podríamos llamar x, y aunque se aferran a ella, en algunas circunstancias están dispuestos a sacrificarla en nombre de principios como el amor, la dignidad, la ambición, incluso la curiosidad. Los dioses, que miden su existencia basada en milenios y la futura en magnitudes inabarcables, multiplican por esas mismas magnitudes el valor de la x. No hay principios que justifiquen arriesgar una inversión tan grande, un tesoro prácticamente infinito. Harán lo que sea por conservar su vida. En suma, recapitula Tarimán, los dioses son unos cobardes.”

“Mientras los pies se mueven y el horizonte va cambiando, nos invade una vaga sensación de finalidad y destino que nos impulsa adelante sin necesidad de concretarla. Sólo debemos pensar seriamente en el futuro cuando nos plantamos demasiado tiempo en el mismo lugar.”

“Los dioses no nos ponen a prueba. Los dioses nos atormentan porque son crueles y caprichosos.”

2 comentarios:

Rosa dijo...

No conocía esta trilogía. Gracias por la reseña.

Besos desde el aire

Pedro López Manzano dijo...

Es una tetralogía Rosa. La cuarta y última reseña, próximamentepor aquí.

Gracias a ti por pasarte.

Besos.

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