jueves, 5 de enero de 2012

Obras maestras: El temible burlón (1952)

En primer lugar voy a hacer una aclaración: El temible burlón no es objetivamente una obra maestra. No tiene un guión redondo, ni interpretaciones magistrales e incluso es posible que quien, siendo adulto ya, la vea por primera vez, la crea una idiotez. Y aun con todo la considero mi película de piratas favorita.


El motivo es bien sencillo: en cuanto veo a Burt Lancaster, -uno de los más grandes actores de la historia, todo talento y energía-, dando acrobáticos saltos entre los aparejos de su barco pirata, con esos exagerados colores del technicolor, aporreando a sus enemigos de mil maneras o embaucándolos de mil una, en cuanto le veo aferrando a la damisela pelirroja, pues en las pelis clásicas de piratas las chicas casi siempre son pelirrojas a lo Maureen O’hara, y besándola mientras su corazón de sinvergüenza cae rendido, en cuanto le veo caer en la trampa de sus enemigos, de la que de una u otra manera atrevida logrará evadirse, subconscientemente viajo a cuando era un crío y los domingos por la tarde ponían cine clásico de piratas, justicieros y espadachines y me quedaba sin parpadear delante de la tele, empapándome de las aventuras que estaban empezando a definir mis gustos, encauzándolos por una dirección que no abandonaría jamás.

Y es que El temible burlón (The crimson pirate, de 1952, cuya traducción más bien sería El pirata carmesí o simplemente El pirata rojo) es el paradigma del cine de aventuras clásico, en su vertiente divertida y desenfadada. Burt Lancaster (el capitán Vallo, susodicho pirata, que llena la pantalla con su presencia), antes de convertirse en actor tuvo formación como acróbata circense junto a Nick Cravat (ese barbudo bajito que hace de mudo, aquí llamado Ojo), y del circo también se les contagió un poco de los payasos, pues cada vez que están juntos en pantalla, además de brincos y volteretas, no paran de divertir al espectador con sus chistes, para los que muchas veces no necesitan pronunciar palabra alguna. Crean así una película no solo dinámica y trepidante sino enormemente divertida para quien acepte el juego propuesto, y no hacerlo es no tener ganas de divertirse.


A ambos podemos encontrarlos realizando similares peripecias en otra película de aventuras clásica tan buena como ésta, la magnífica El Halcón y la Flecha (Jaques Tourneaur, 1950)

Curiosamente el director de esta cinta, el gran Robert Siodmak, no era un especialista de este género como Richard Thorpe o Michael Curtiz, sino alguien contrastado en el cine de intriga, un gran creador noir, pero ayuda a explicar su presencia el hecho de que fuera el descubridor de Lancaster en Forajidos (The Killers, 1946) y participaran en varios títulos más. En cualquier caso el resultado es trepidante, a lo que también ayuda la excelente partitura de William Alwyn, y a pesar de infinidad de problemas durante la producción, no solo sacó la película adelante sino que la llenó de escenas inolvidables. Ya no solo las acrobáticas, sino otras muchas que quedan en la memoria ineludiblemente: los protagonistas caminando por el fondo del mar en un bote vuelto del revés para conservar el aire, el globo desde el que atacar a los enemigos arrojando bombas desde el cielo, el descacharrante final de la recepción en la mansión…

En definitiva, no solo una gran película de aventuras con el sabor más tradicional, sino un divertimento excelente que respira desahogo por todos sus fotogramas, porque eso es lo que hacen las buenas películas de piratas. O si no pensad en la reciente saga caribeña. ¿Cuál es, con enorme diferencia, la mejor? Pues la que menos en serio se toma a sí misma.

Aquí podéis ver a Burt y su compinche dando saltos y haciéndonos pasar un buen rato:


El temible burlón, quizá no una obra maestra objetiva, pero subjetivamente desde luego que lo es.

5 comentarios:

Carlos Javier Eguren Hernández dijo...

He leído mucho de esta película, también he escuchado hablar mucho de ella, y es un referente que ahora tengo que probar por mí mismo.

Gracias por tu reseña, creo que la veré en breve. La escena me ha encantado (y aunque siempre he sido más de western que de piratas, tengo que ver esta sí o sí).

Un saludo, Pedro.

Ángeles Pavía dijo...

Joer, tío. Me has dado de lleno. No hacem ucho hablaba con un gran amigo mío, y conocido tuyo, un gran cinéfilo, sobre esta película, lo que supone para el y lo que supone para mi. Esta película es mi infancia recuperada, cuando la veía en blanco y negro. Hasta bien mayor no supe que los pantaloncitos esos de rayas eran rojos y blancos :)))
Y como bien dices, aunque no sea una obra maestra, para mi es una maravilla. La tengo, la veo y la disfruto de vez en cuando, cuando quiero simplemente, pasar un buen rato.
Gracias por compartir mis recuerdos ;)

Fernando Martínez dijo...

Esta mañana he encontrado entre los regalos que me han dejado en casa varios pergaminos pequeñitos con relatitos para regalar. Este tenía tu nombre así que te lo envío para que lo tengas. Me alegro de haber descubierto este microuniverso repleto de gente imprescindible. Feliz día de reyes.
4.- La campana se quebró al dar las doce. El niño sonrió con malicia antes de saltar sobre los infinitos sacos de regalos. La madre, satisfecha, avivó el fuego del infierno.

Pedro López Manzano dijo...

¡Gracias a los tres por vuestros comentarios!

Carlos, espero que no te decepcione. Clave es ver que es demasiado desenfadada como para tomársela en serio.

Ángeles, un gustazo volver a leerte por aquí... Ains, si es que El temible burlón nos toca la fibra sensible a más de uno. Por mi parte suelo verla cada par de años de nuevo, por vicio.

Caray Fernando, que agradable sorpresa, Yo que no esperaba nada para hoy. ¡Muchas gracias!

Salvador Suto dijo...

Esta película es genial, pura diversión! el mejor ejemplo de esas películas de aventuras de la sobremesa! la volveré a ver que la tengo ya muy perdida en la memoria

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