sábado, 24 de septiembre de 2011

¿Por qué leer?, ¿por qué escribir?

Estaba anoche con la novela que tengo ahora entre manos descansando sobre mi pecho, mientras yo la degustaba con placidez acostado en la cama, cuando mis ojos se encontraron con las siguientes palabras:  

(...)

Dunstan se dio cuenta de cómo la tela sedosa de su vestido se aferraba a su cuerpo; fue consciente de sus curvas elegantes y de sus ojos violeta puestos sobre él, y tragó saliva. 

 Dunstan se metió la mano en el bolsillo y sacó su pañuelo. Ya no podía mirar a la mujer. Volcó el dinero sobre el mostrador. 
  —Cóbrate lo que valga esto —dijo, escogiendo de la mesa una campanilla blanca y pura. 
  —En este tenderete no aceptamos dinero. —Le devolvió las monedas. 
  —¿No? ¿Y entonces qué aceptáis? 
  —Ahora estaba de lo más nervioso y su única misión era obtener una flor para... para Daisy, Daisy Hempstock... obtener su flor y partir, porque, a decir verdad, la joven le estaba haciendo sentir terriblemente incómodo. 
  —Podría quedarme el color de tu pelo —dijo ella—. o todos tus recuerdos antes de los tres años. Podría quedarme con el oído de tu oreja izquierda... no todo, sólo el suficiente como para que no disfrutaras de la música, ni de la corriente de un río, ni del suspiro del viento. 
  Dunstan sacudió la cabeza. 
  —O un beso tuyo. Un beso, aquí en mi mejilla. 
  —¡Eso lo pagaré de buen grado! —dijo Dunstan, que se inclinó sobre el tenderete, entre el repiqueteo de las flores de cristal, y depositó un beso casto en su suave mejilla. Entonces pudo oler su aroma, embriagador, mágico; le llenó la cabeza y el pecho y la mente. 
  —Bien, ya está —dijo ella, y le entregó su campanilla blanca. Él la tomó con unas manos que de pronto le parecían enormes y torpes, en absoluto pequeñas y perfectas en todos los aspectos, como las de la chica del país de las hadas—. Y esta noche volveremos a vernos aquí, Dunstan Thorn, cuando la luna se oculte. Ven aquí y silba como un mochuelo. ¿Sabes hacerlo? 
  Él asintió y se alejó de ella vacilante; no le hacía falta preguntar cómo sabía su apellido, se lo había arrancado, junto con otras cosas, como por ejemplo su corazón, cuando él la besó. La campanilla cantaba en su mano.
(...)

Inmediatamente después de leer este fragmento, tuve que cerrar el libro y clavar la mirada en el techo blanco y soso del dormitorio, imbuido por el éxtasis lector. Y a continuación pensé "por esto quiero escribir, para que alguna vez alguien aparte sus ojos del papel, disfrutando de un pequeño momento de satisfacción verdadera por algo que yo le haya contado".

5 comentarios:

Abril dijo...

Por eso quiero escribir...sencillamente, por eso.

Damián Neri dijo...

Bueno, debo de decir que tuve una confusión de imágenes porque no sabía quién era el que hablaba... pero seguro es problema mío.

Y sí, sencillamente por eso. Lograr transmitir algo al lector, y que sienta algo parecido a lo que sentimos cuando escribimos esas líneas que el lector lee. Además, pasa en mi caso, tengo que escribir porque no puedo quedarme con una idea en mi mente, pues ésta se extiende y me absorbe y sólo la puedo sacar de mi cabeza escribiéndola, volviéndola real, aunque sea en un documento de texto.

Saludos!

Pedro López Manzano dijo...

Gracias a los dos por comentar.

Por eso, sí, Abril, que no es poca cosa.

Quizá al sacarlo de su contexto quede algo confuso Damián, y sobre todo pierde fuerza emotiva, pero aun con todo me parece un texto precioso.
¿Quién sabe? Quizá Neil Gaiman escribió el genial párrafo de Podría quedarme con el color de tu pelo... en el bloc de notas o en la servilleta de papel de un bar porque lo tenía en la cabeza, y mucho después lo incluyó en la novela.

El cuentacuentos dijo...

Jeje, qué bonita idea. Y los demás queremos que escribas para regalarnos reflexiones como esta en un gran libro de grueso lomo.

Pedro López Manzano dijo...

Gracias Cuentacuentos. Confío yo también en la llegada de ese libro, aunque no sea muy grueso su lomo.

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