viernes, 30 de octubre de 2009

RELATO: Fidel, Ernesto, Teresa

Llega un momento en la vida de un hombre en el que tiene que tomar demasiadas decisiones en un corto periodo de tiempo, decisiones que le afectarán para siempre, y que aunque puedan tener marcha atrás, ya supondrán una inversión de las fuerzas de uno mismo, del dinero, tiempo y paciencia, que las hacen por completo críticas. Si estudiar o qué estudiar, en qué trabajar, donde vivir, si comprarse casa o alquilarla, si vivir sólo, en pareja, casado, si tener hijos… Lo peor de las decisiones importantes de la vida es que hay que tomarlas antes de tener los datos suficientes como para saber lo que uno está eligiendo.

Fidel tiene que tomar algunas decisiones en breve. No sabe si quedarse a trabajar con su padre, en la herrería, o ejercitar la profesión para la que al fin y al cabo ha estudiado: más bonita, menos lucrativa. No sabe si seguir viviendo con sus padres o irse a un piso, de momento de alquiler. No sabe si seguir estudiando, compaginándolo con el trabajo, claro. Sin embargo, aunque su mayor duda no es de este ámbito, le roba mucho más tiempo a sus pensamientos que todas las demás reunidas. No sabe si pedirle a Teresa que formalicen lo suyo. No en el sentido de casarse, al menos todavía, pero sí de empezar a tomárselo como algo más serio, mirando un poco hacia delante, evitando la frivolidad en una relación que ya tiene demasiados kilómetros como para serlo. El amor, menudo asunto. Fidel no sabe si quiere a Teresa o si ella le quiere a él, pero cree que así es. Si Teresa le quisiera, o creyera quererle, la decisión estaría ya tomada, pues a él le sería más fácil quererla. Por tanto tiene que preguntárselo.
Como siempre que toma una decisión importante, aunque la decisión sea meditada, los efectos tienen urgencia inmediata en la cabeza de Fidel. A pesar de que le dijo que necesitaba la tarde para estudiar, la llama a su casa. Comunica. La llama otra vez pero no llega a marcar el número completo pues alguien entra en la oficina. Fidel confiaba en que no lo hiciera nadie, al menos mientras está él sólo. Cuando llegue su padre de almorzar ya se encargará él de atender a los clientes, aunque éste es demasiado joven como para ser cliente de la herrería.

- Hola, buenos días
- Buenos días, ¿qué quería?
- Mira, estoy buscando el hostal Siglo XX, no soy de aquí y…
- Pues sigues por esta calle hasta el final, –más fácil dar unas indicaciones que tomar nota de una armadura artesanal– y cuando pases dos rotondas, tienes que girar a la izquierda, ya lo verás indicado.
- Vale, muchas gracias

En cuanto el no cliente se va, Fidel descuelga el auricular y vuelve a llamar. Sigue comunicando, estará mal colgado o tendrá la línea ocupada con internet. Pasa demasiado tiempo con eso de los chats, si bien ahora estará estudiando. La llama al teléfono móvil, pero está apagado o fuera de cobertura en este momento. Fidel vuelve a hojear descuidado el Pais Semanal, lee por tercera vez, sin fijarse, el mismo párrafo del mismo artículo. En cinco minutos, cuando vuelva su padre y se pueda ir de la oficina, se acerca a casa de Teresa. No cree que se tome mal que le rompa media hora el estudio.


Ernesto sale de la herrería con diez pulsaciones más por minuto de las que tenía antes de entrar. Cada vez está más cerca. Según le ha dicho el dependiente tiene que estar a punto de llegar.
Quiere cambiar de pensamientos, a ver si se calma un poco. Una herrería, que curioso, espadas y armaduras forjadas tradicionalmente, tienen que valer un pastón, pero el sitio está decorado de la leche, seguro que les va bien, tendrán clientes ricos y les cobrarán un huevo por el capricho. Pero Ernesto no puede mantener este pensamiento, pues se dirige a un encuentro que espera antológico e inolvidable. La tía está buena y él sabe que también y se lo van a pasar cojonudo toda la tarde. Es la primera que se liga en el chat, al menos según las fotos que se han mandado, que merece la pena físicamente. Lo increíble es lo rápido que ha ido todo. No hace ni dos semanas que se conocieron en el chat, ella era la mujer de negro, él chihuahua. Fue ella la que se presentó, él siguió el juego. Ahora han quedado para tener sexo, y ni siquiera sabe su nombre. Ernesto está maravillado. Acaba de pasar la segunda rotonda que le indicó el chaval de la herrería. Su cuerpo nota entero la emoción del momento que va a acontecer. Quizá se le note demasiado. Da igual.
Ahí está el hostal siglo XX (fundado en 1892). Caliente, caliente, casi quemando. Mira justo enfrente del hostal, el portal rojo. Ahí tiene que ser, según las indicaciones de la mujer de negro. Uf, que nervios. Además, todo ha sido con tanto secretismo, sin decirse los nombres, eso le gusta, le excita –más aún–. Para él ella va a ser la mujer de negro, qué romántico. Que lo sea ya.
Ernesto llama a la puerta con el pulso a mil. Está caliente. Está asustado. Una morenaza abre la puerta. Es la de las fotos pero algo distinta, mejor incluso, más guapa, está más buena. Un pivón.
- ¿Chihuahua? –pregunta ella.
- Ese soy yo, guapísima –contesta, le guiña un ojo y le dedica una sonrisa.
- Pasa.
En cuanto traspasa el umbral del marco de la puerta empiezan a besarse sin más, Ernesto está entusiasmado, todo es mejor de lo que creía. Él le desabrocha a ella la blusa. Ella le quita a él la camiseta con una torpeza graciosa. Él empieza a quitarse los pantalones con una torpeza ridícula. Madre mía, esto es la leche.


A Teresa ni siquiera le gusta demasiado el chaval. Es un poco zafio, no muy atractivo y desde luego mucho menos de lo que él mismo se cree. Le besa y le toca, lo hacen mutuamente, pero es Fidel quién le viene rápidamente a la cabeza. Teresa quiere a Fidel, pero le da miedo quererlo. Ella es aún casi una cría, y no ha tenido la vida de experiencias de muchas de sus amigas, o que el propio Fidel, aunque no hable mucho de esas cosas. Fidel es una de las mejores cosas que le ha pasado en su vida, pero estando con él se pierde otras, necesita alguna fiesta de vez en cuando, necesita vivir antes de acomodarse, correrse unas cuantas juergas, conocer más cosas. A pesar de todo, no tiene ninguna duda de que va a seguir con Fidel. Por eso decidió conocer más cosas mientras seguía con él. Y cuando colme esos vacíos en su experiencia, se acabó el hacer la gilipollas.
Ahora está con un tío del que no sabe ni el nombre –mejor que sea así, la protección del anonimato–, corriéndose una juerga, pero no está bien, sabe que lo que está haciendo no está bien, y se siente incómoda. Tiene miedo de que los pillen, de que alguna vecina lo haya visto entrar, de que la puerta no se haya cerrado bien, de que Fidel se entere algún día. Conoció a chihuahua en el chat y le pareció simpático, pero también bastante caliente. El típico don Juan de pacotilla al que no le importa ser utilizado con tal de pasar un buen rato. Y sin haber buscado explícitamente lo que estaba ocurriendo, la ocasión había surgido de forma más o menos natural, o todo lo natural que puede ser dentro de los clichés en que se mueven estas gentes. Con los pensamientos de necesidad de libertad de vivir que ella estaba teniendo las últimas semanas, se había dejado seducir, había sido una chica fácil y ahora Chihuahua estaba en su casa, montándoselo con ella. Y ella montándoselo con él. Queriendo disfrutar, mas sin poder hacerlo.


- ¿Teresa? –dice Fidel bajo el marco de la puerta mal cerrada.
Casi inmediatamente empieza a oírse follón en la habitación de al lado, el salón. Fidel, asustado, entra. Se queda atónito al encontrarse de repente con un tío desnudo tropezando y cayéndose al suelo al intentar ponerse los calzoncillos. Cayó a medio metro de Fidel, dejando ver un grande y feo tatuaje de dos perros chihuahua fornicando en su glúteo derecho. Torpemente se aparta, agarrando su ropa amontonada en el suelo.
Teresa tapa su desnudez echándose la blusa por encima –curioso, pues Fidel la había visto muchas veces desnuda y Ernesto acababa de verla–. Fidel y Teresa se miran fijamente, Ernesto está como fuera de contexto, aunque es él el causante del contexto. Intenta escabullirse hacia la puerta. La tía tenía novio, hay que joderse, y aún ni habían empezado a hacerlo.
Teresa habla al fin, rompiendo el bloqueo mental en el que ambos estaban, y no miente.
- Lo siento mucho. Perdóname –susurra y sigue otro minuto tenso.
- No –responde Fidel.
Fidel se da la vuelta para salir de la casa, oye susurrar su nombre tras él. De repente ve al chico al que le indicó la dirección del hotel de enfrente hace un cuarto de hora, y se da cuenta de que es el chico que acaba de estar en la habitación de al lado con ellos dos. Aunque para su sorpresa no está enfadado, fuerza un poco de ira, y le pega una patada bastante fuerte, que el chaval encaja como puede en el estómago.
- Corre. Ahora.
El chaval, tosiendo, sale corriendo, dejando la camisa en el suelo. Se monta en un coche aparcado al principio de la calle, y sale haciendo rueda. Fidel empieza a caminar calle abajo, con las manos en los bolsillos.

Los tres reflexionan.
Teresa se siente culpable, se siente mala, ha hecho daño a quien no se lo merecía y verdaderamente no ha sido por ningún motivo. Ya está vestida. Se asoma a la calle, aún en el portal de su casa. Está anocheciendo. Mira la pared de enfrente, ve un par de cucarachas correteando por la calle, una corre detrás de otra, de repente la de delante se para, llega la otra, se tantean un segundo, y salen disparadas en direcciones contrarias. Teresa rompe a llorar y entra en casa.
Fidel camina reflexionando hacia la herrería. A veces uno no toma las decisiones, sino que las decisiones se toman solas. Paradójicamente no está muy triste, pues ahora se da cuenta de que él no podía querer a Teresa por que ella le quisiera a él. De hecho piensa que cuando quiera a alguien, lo sabrá sin recurrir tonterías de este tipo, simplemente sabiéndolo.
Ernesto, dolorido, conduce hacia su casa, muchos kilómetros más allá. Está jodido, pero lo está superando con rapidez. Ya está inventándose la hazaña, de rotundo triunfo sexual, que relatará a sus amigos, y que de tanto contar llegará a ser su propia versión de la realidad. Pobre sinvergüenza.

3 comentarios:

Pjotr L. Manzano dijo...

Éste lo escribí en un taller de relatos hace varios veranos. En temática y estilo está un poco alejado de lo que suelo escribir (por exigencias de las reglas del taller), y quizá por eso me resulta más divertido leerlo ahora.

Anónimo dijo...

¿Y cuáles eran exactamente esas reglas?

Pjotr L. Manzano dijo...

Pues nos pusimos una extensión mínima y otra máxima y 10 palabras o expresiones que había que introducir en el cuento. Éstas eran elegidas al azar (pasaba un conocido delante nuestro y le pedíamos que dijera lo primero que le viniese a la cabeza y así hasta 10)

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