viernes, 1 de abril de 2011

RELATO: De Jinetes y hombres

El caballo blanco nunca se cansaba, parecía cosa de otro mundo, y es que lo era. Su jinete tampoco. Tenía la piel de la cara tan curtida y lisa que si alguien lo hubiera visto y hubiera intentado aventurarse aproximándole una edad, no hubiera sabido por dónde empezar a calcularla. Sólo hubiera tenido claro que su cabeza, galardonada por una sencilla corona dorada, parecía salida de algún grabado antiguo, hecho con trazo grueso pero firme y contundente, un rostro bello en cierto sentido, perfecto, digno de un conquistador. En cualquier caso nadie le veía. Como mucho una mancha entre las nubes, que lo oscurecían todo desde hacía días, ensombreciendo los días hasta hacerlos casi indistinguibles de las noches. Sólo los relámpagos que herían la tierra en una tormenta sin lluvia lo iluminaban todo repentinamente sustituyendo a los rayos de sol que ya no se acordaban de llegar al suelo. Los ocasionales truenos eran ensordecedores, y entre uno y otro, el silencio.
El caballo blanco no hacía ruido, como es lógico, pues cabalgaba sobre el viento. Sus cascos no chocaban contra superficie que pudiera emitir sonido alguno. Únicamente el manto azul del jinete en su ondular se peleaba con el aire y hablaba con el grito de la tela a punto de desvencijarse, aunque nunca acababa de romperse. Casi inmediatamente a continuación del manto una jauría de figuras blanquecinas dibujaban desigualmente la trayectoria que seguía el corcel. Figuras aladas e intangibles demasiado etéreas como para fijar la vista en ellas.
De pronto el jinete soltó la mano de las riendas y la echó a su cadera, cogiendo una flecha también blanca de la aljaba que allí se mecía, la milésima, la millonésima que sacaba de aquel repositorio sin fondo, para a continuación llevarla al arco que sujetaba con la otra mano y desprovisto de emoción, pero con enorme profesionalidad, se irguió sobre la montura y apuntó al infinito tensando la cuerda del arco hasta el límite. El objetivo del dardo era inimaginable, excepto para el arquero, claro, que fugaz abrió los dedos dejándolo escapar, para dejarse caer sobre la silla de inmediato.
La flecha salió volando a una velocidad inverosímil. Se metió entre las nubes. Un relámpago refulgió y se apagó. Salió de entre las nubes cientos de metros más allá de donde las había agujereado y continuó silbando en el descenso de su parábola perfecta durante lo que dura una respiración hasta impactar contra el tronco de un ciprés despistado, poniéndose de acuerdo con el estremecer del trueno, que escondió el impacto del árbol al precipitarse fulminado contra el terreno. Fue arrojar una piedra al centro de un lago en calma plena. Desde donde había caído el proyectil se formó una onda concéntrica que se desplegó contagiándose inexorable. Y allí por donde pasaba toda forma de vida enfermaba de súbito y se retorcía, se arrugaba y arrojaba sus últimos estertores, fuera una brizna de hierba o un altanero roble. O un animal. O un ser humano.
De repente la tierra empezó a temblar. Es más, la Tierra empezó a temblar. Aquí y allá el suelo empezó a fracturarse, se abrieron fallas cuyo fin se perdía en el horizonte por todas partes, y el interior de estas grietas enseñaba las entrañas del planeta. El terremoto sin fin también despertó a las montañas, cuyas cimas explotaron para empezar a escupir fuego, roca y magma. La brisa se transformó en viento, en torbellino, en huracán. Pueblos enteros eran tragados por las simas, fundidos por la lava o lanzados por los aires indistintamente. Las nubes empezaron a moverse en extrañas direcciones.

El caballo se frenó en seco, inquieto, y bufó. La estela de figuras blancas que habían tras él ahora volaron a su alrededor. El jinete no parecía sorprendido, no lo estaba. El sexto precinto se había roto, era la señal que estaba esperando desde hacía tiempo. El fin se acercaba, o ése era el plan. Aunque quizá no su plan.
El jinete sujetó los arreos con fuerza y espoleó al caballo. Éste se lanzó a la carrera, perseguido de inmediato por los haces blancos, pero emprendiendo un leve descenso.
Unos minutos más tarde pudieron divisar una planicie que sorprendentemente se mantenía al margen de cuantas catástrofes se sucedían a su alrededor. Era al parecer la meta de la cabalgada. Fue disminuyendo la velocidad para observar el paisaje. No había magma reptando por las colinas ni terremotos, pero no era terreno virgen. Edificaciones semiderruidas le daban la bienvenida, con los cristales rotos y las paredes llenas de agujeros de bala y disparos de mortero. Enormes cráteres levantaban el asfalto y cadáveres, o partes de los mismos, se descubrían con un solo vistazo. La huella de sus hermanos era evidente.
Ya al paso, aterrizó con la extraña sensación de volver a tener sólido bajo los cascos del animal. Lo hizo junto a un nido de ametralladoras. Todos en su interior habían perecido, aunque un soldado con varios impactos de bala por todo el cuerpo seguía aferrando su arma sobre un trípode, apalancado sobre ella y manteniendo así la verticalidad. Un espectro esperando ver aparecer las filas fantasmales de sus enemigos para abrir fuego sobre ellas. Un poco más adelante, tras una pared derrumbada podía distinguirse el cuerpo de alguien esquelético aún en peor estado. No era militar, éstos a veces tenían que llevarse a la boca. A veces. Los civiles no. Parecía una muchacha.
Las figuras blanquecinas que hasta el momento habían estado revoloteando en torno suyo dejaron de hacerlo y volaron hasta el cielo. Allí había muchas más, centenares, quizá miles, que se aglutinaban volando en círculos concéntricos. Más arriba, las nubes giraban alrededor vertiginosas, en una espiral caótica de mayor tamaño, pero en el mismo sentido. Justo en medio un descomunal rayo de brillante luz bajaba totalmente vertical hasta tocar la tierra, no muy lejos de donde estaba. No se trataba de luz solar, era el punto de reunión donde los cuatro hermanos debían reunirse una vez cumplida su misión, para volver a Él.
Ahora con calma se aproximó al lugar. Se trataba de una catedral, o lo que quedaba de ella. La torre ya no existía y la nave había sido severamente bombardeada. Las paredes estaban destruidas en su mayoría, dejando paso al interior de la construcción desde la calle. En un extraño acto de civismo entró bajo el arco principal, prácticamente lo único que se mantenía en pie de esa fachada. Los pasos del caballo sonaron con estrépito sobre el suelo de piedra. Tres figuras aguardaban en su interior. Eran jinetes. El del caballo colorado, de gran altura y corpulencia, dejaba descansar un espadón sobre su hombro. El del caballo grisáceo casi amarillento se envolvía en un amplio manto blanco, ocultando su cabeza bajo una capucha, e inclinándola en un ángulo extraño. Una espada envainada asomaba de su muslo. El último montaba un imponente semental negro y llevaba una balanza en la mano, con la que jugueteaba.
El recién llegado echó pié a tierra. Sus hermanos le imitaron de inmediato.
— Guerra, Muerte, Hambre —dijo mirando a cada uno al pronunciar su nombre.
— Peste —respondieron los tres al mismo tiempo.
Guerra clavó el espadón en el suelo, penetrando la piedra como si fuera arena. Hambre guardó la balanza entre los pliegues de sus ropajes y Muerte juntó las palmas de sus enguantadas manos antes de volver a hablar por todos.
— Los mares, la tierra y los cielos se desmoronan. Se ha abierto el sexto sello. Con la ruptura del séptimo el momento de regresar habrá llegado.

Peste los observó, se preparaban para el final, para el final del final, para volver a su lugar, a la nada. No estaba seguro de la reacción de sus hermanos ante lo que estaba a punto de pedirles, pero no deseaba que la reunión familiar se torciera.
— No hay por qué hacerlo —y todos se quedaron de súbito paralizados mirándolo—. Nuestra misión ya ha acabado, hemos ganado la libertad. Ahora podemos hacer lo que queremos, ahora, al fin de todos los caminos construidos por Él, nosotros podemos crear nuevos caminos.
— ¡Cállate! —respondió tajante Muerte, para desilusión de Peste—. Nuestra misión acabará regresando. Es nuestro destino. Debemos dejar este sitio.
— No necesariamente —suplicó—. Yo me quedo, quedaos conmigo, tenéis la elección.
— No, no es así —y entonces comprendió que él estaba equivocado y sus hermanos tenían razón, y ya no estuvo seguro acerca de si acababa de discutir con ellos o con Otro. De alguna manera, cuando se abrió el primer sello y él surgió, quedó impregnado de una naturaleza superior a la de sus hermanos, por eso estaba destinado a conquistarlo todo, por eso llevaba la corona de la que Guerra, Hambre y Muerte carecían, y sobre todo por eso él podía elegir y ellos no—. Nosotros no nos quedaremos y tú tampoco—, concluyó Muerte, y en eso, pensó Peste, esperaba que sí se equivocara.
Antes de que ninguno se acercara, el arquero ya había cogido una flecha de la aljaba y estaba apuntando a Hambre, quién a su vez extraía la balanza de donde la había escondido. Mientras disparaba a Peste le dio tiempo a pensar que ya no eran sus hermanos contra los que estaba luchando. El proyectil se clavó en el pecho de Hambre, empujándolo con el impulso varios metros hasta clavarlo contra una pared, con los brazos abiertos en cruz por la violencia del impacto. Antes de convertirse en una espiral de cenizas negras flotando danzantes por el escenario le dio tiempo a mirar su propio pecho ennegreciéndose a pasos agigantados y a levantar la mirada hacia Peste.
Pero Peste no podía estar pendiente de esto. Guerra ya había arrancado su espadón de la roca y se abalanzaba hacia él ocupando toda su atención. Apenas pudo desviar el golpe con su arco, que quedó deshecho, pero le dio el tiempo suficiente como para no ser él el partido por la mitad. Tiró los trozos de madera al suelo y afrontó con las manos descubiertas el siguiente envite, un barrido que logró esquivar y al no acertarle a él, segó de cuajo el arco de la entrada principal de la catedral, que se derrumbó acorralando a Peste. Guerra asestó entonces su golpe definitivo. Agarrando su espadón con ambos puños, de arriba hacia abajo, previendo la maniobra de evasión de su contrincante. Pero Peste no lo evadió. Afianzando ambos pies se cubrió con las manos desnudas, y sujetó el filo del espadón con ellas, que empezaron a sangrar abundantemente y a temblar, pero aguantaron.
El primer instante pareció que Guerra iba a abrir a Peste en canal. El segundo instante un escalofrío recorrió el arma desde el filo hasta la empuñadura, y Guerra apretó su mandíbula cuadrada y guiñó los ojos. En el tercer y último instante las manos de Peste se deslizaron hacia abajo y le arrebataron el espadón a Guerra como a un pelele. Fue el último instante del combate, porque en el siguiente la cabeza decapitada de Guerra rebotaba contra la piedra pintándola de rojo espeso.
Peste se miró las manos chorreantes de sangre y aferró con mayor intensidad la empuñadura buscando completar el fratricidio obligado.
— Con el primer sello la Peste cabalgó en un corcel blanco, victorioso sobre todos.
Muerte se mostró en el altar mayor, parado tranquilamente sobre el mármol esculpido, recitando con voz ultraterrena, mientras sostenía su propia espada envainada con una mano. Peste se encaminó hacia su hermano. Cenizas negras empezaban a cubrirlo todo.
— Con el segundo sello la Guerra surgió en un caballo rojo, sembrando el odio y la discordia entre los hombres. Cuando se rompió el tercer sello, montó el Hambre sobre un caballo negro, robando las energías de quienes poblaban el planeta.
Peste emprendió la carrera enarbolando el espadón. Muerte desenfundó por fin dejando caer la vaina sobre el mármol, ennegrecido por la ceniza. Los metales se encontraron, pero el filo aparentemente frágil de la espada de Muerte desvió sin dificultad el mandoble de su enemigo.
— El cuarto sello abrió el paso a la Muerte, que sobre una montura amarilla era seguido por el Hades.
Y Muerte arrojó su manto al viento, levantando un remolino ceniciento. Así se mostró. Peste no es que esperara un esqueleto con guadaña portando una hoz afilada y entonando palabras mayúsculamente, pero se sorprendió al hallarse sorprendido, y es que lo que bajo la capucha se había escondido era su exacta imagen. Excepto por el para nada desdeñable detalle de que no tenía ojos, y en las rendijas que se mostraban entre sus párpados lo único que había era vacío. Ni siquiera eso, no había nada.
— Con el quinto sello se escuchó el clamor de los mártires.
Muerte contraatacó fulminante. Las espadas volvieron a encontrarse, pero ahora Peste había perdido la iniciativa. El espadón de Peste se movía más despacio, por su gran tamaño. Debía haberlo esperado, Muerte tenía características de los otros tres. Si el primer jinete usaba su fuerza para debilitar al cuarto, éste hacía lo propio, y en cada intercambio de golpes eran ambos los que se estremecían. Ese poder no decidiría la suerte en el combate. Es más, probablemente nada lo hubiera dilucidado, de no ser por el hecho de que, al fin y al cabo, uno de los dos contendientes era una criatura diseñada explícitamente para matar.
Peste lanzó una estocada de amago, esquivada tal y como esperaba por Muerte, y entonces dio su golpe definitivo, solo que Muerte también previó esto y dejó que Peste se abalanzara con todo el empuje del ataque sobre la punta de su espada. Le entró por el pecho. Le salió por detrás. Peste cayó de rodillas sobre el mármol del altar mayor, con tres palmos de acero saliéndole por la espalda.
— Con el sexto sello los cataclismos asolaron la tierra, y eso ya lo hemos vivido —continuó Muerte mientras miraba a los ojos vidriosos de su hermano, que aún permanecía tambaleándose de rodillas.
Peste notaba el reguero de sangre escapándose de su cuerpo, como también la vida lo estaba haciendo, y empezó a saborear la derrota.
— Y con el séptimo sello las trompetas empezarán a sonar, anunciando el fin de todos los tiempos.
En ese momento las distantes explosiones de los volcanes y los ecos de los terremotos que se podían oír a lo lejos cesaron de súbito, y se hizo el silencio. Pero no duró mucho. Un crujido procedente de los abismos del cielo quebró la calma que tan poco había durado. El séptimo sello se había abierto.
Entonces las etéreas figuras blancas que habían seguido a los cuatro jinetes se hicieron tangibles, se mostraron como los ángeles del cielo que eran, y empezaron a dar vueltas cada vez más rápido, y al formar un remolino un silbido vino con ellas, hasta cierto punto parecido al soplar de una trompeta de dimensiones imposibles, y el silbido creció hasta hacerse ensordecedor. Y el cielo empezó a caerse. Piedras de granizo del tamaño de cabezas caían con estrépito. Y mientras esto pasaba, Peste contemplaba su derrota. Pero Peste empezó a pensar.
Derrota. Había sido derrotado. Pero a él no podían derrotarlo.
Se llevó una mano a la empuñadura de la espada, la misma espada que tenía que haberlo matado, y que le atravesaba el pecho.
Él no podía ser derrotado. Él había surgido del primer sello. Él era Peste. Él era el conquistador. Él era el Anticristo. Él obtenía la victoria sobre todo y todos. Él era la Victoria.
Se llevó la otra mano y agarró con fuerza. Empezó a arrancarse la espada del corazón.
Él llevaba la corona dorada. No la habían llevado Guerra ni Hambre. Ni siquiera la llevaba el cuarto jinete.
Tiró con las dos manos. Su corazón quedó libre. No murió. Acabó de sacarla con un respingo. Muerte giró la cabeza y le vio, quedando petrificado. Peste dejó de sentir dolor y se puso en pié. Muerte buscó con la mano el espadón del suelo saliendo de su estupor. Lo encontró, lo alzó para luchar, pero fue Peste quien asestó el golpe. Los filos chocaron, pero la hoja del espadón se partió en dos, la victoria no podía ser suya. La espada dirigida por Peste siguió su trayectoria. Entró por el hombro, siguió una diagonal perfecta y salió por la cadera contraria de Muerte, que cayó al suelo en dos partes. Peste dejó caer la espada y miró hacia arriba, el soplido seguía rugiendo incansable.
— Es demasiado tarde. El séptimo sello se ha roto. Las trompetas ya han empezado a tocar —La voz procedía de la cabeza decapitada de Guerra hablando en Su nombre.
— Las trompetas se pueden acallar. Tú me diste el poder —respondió Peste. Y miró hacia arriba, hacia el remolino de ángeles. Y siguió mirándolos. Y de repente se callaron. Y dejó de granizar. Y los ángeles desaparecieron, como jirones de niebla ante un viento fuerte. Ya no sonarían más trompetas, todo el proceso se había parado. La victoria era suya.
— Y ahora, ¿qué? ¿Vas a mandar sobre sus vidas como el emperador vencedor? ¿Vas a hacer que te adoren? ¿Vas a regir sus destinos diciéndoles lo que tienen que hacer y lo que no?
Peste giró su rostro de labrado antiguo hacia la cabeza que le hablaba desde el suelo y entonces, por primera y última vez en su existencia, sonrió.
— No, todo eso ha fallado con anterioridad. Esta vez no será así. Ahora harán lo que ellos quieran. Sin Ti. Sin mí.

4 comentarios:

Damián Neri dijo...

El cuento me parece grandioso y lo he disfrutado mucho. Aunque algunas cosas puedan parecer exageradas, pero después de todo se trata del Apocalipsis.

¡Saludos!

Pedro López Manzano dijo...

Muchas gracias Damián, por tu generoso comentario.
Y bienvenido a Cree lo que quieras.

Shilar dijo...

Me ha gustado mucho. Es muy interesante el planteamiento de los 4 jinetes, y está muy bien llevado.

Pedro López Manzano dijo...

Muchas gracias Shilar.
Me alegro de que lo hayas leído, y más de que te haya gustado.

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