viernes, 12 de noviembre de 2010

RELATO: El rey del bosque

Como me conocéis, podéis fácilmente deducir que no me estoy inventando nada, aunque ésta es, de largo, la historia mas extraña de todas cuantas os he relatado, pero ojo, también es la más sombría. Os cuento lo que pasó tal y como yo lo recuerdo, ni más, ni menos, y después decidid vosotros mismos si creéis lo increíble, o por el contrario que estoy loco u os estoy tomando el pelo.

Pero antes de empezar el relato, dejad que os ponga en antecedentes. En aquella época de mi vida estaba ya unos años en la montaña llevando una existencia sencilla. Vivía en una pequeña cabaña cerca de una pequeña aldea haciendo cosas pequeñas: cazar, pescar, ayudar a los lugareños. Cuidaba de mi hogar y aprendía lo mejor que podía a ganarme el pan en unos tiempos más duros que los actuales. Un viejo trampero de la zona me enseñaba el arte de cazar a cambio de llenarle la casa de leña partida a golpe de mis músculos, mucho más jóvenes y fuertes que los suyos, y es que en aquellos tiempos no necesitaba del bastón para caminar, como ahora. Mis brazos eran tan fuertes que con un solo hachazo partía un tocón por la mitad, y con la ayuda del viejo trampero me convertí en el rey del bosque.

Aprendí a escuchar los cantos de los pájaros, a encontrar sus nidos y a robar sus huevos, a buscar las setas, frutos y raíces que podían comerse, a distinguir las huellas de un corzo de las de una cabra montesa, a seguir los rastros más frescos, a acercarme a mi presa con el viento de cara para que el olor no delatara mi posición, a deslizarme sin hacer ruido, a esconderme de tal manera que no me viera nadie ni aún buscándome, también a ser letal, a matar de un solo golpe, a ser hábil con el cuchillo al desollar un lobo de tal manera que no estropeara la piel para luego venderla lo mejor posible o cambiarla por más víveres. Aprendí a no enfrentarme a un oso o a una manada de lobos, y si no podía evitarlo, a qué tenía que hacer para tener más opciones de sobrevivir. De esta manera si el bosque hablaba yo lo escuchaba. Si tenía algo que mostrar yo lo veía. Mi olfato y las yemas de mis dedos curtidos también leían lo que el resto de mis sentidos no podían. Pronto me convertí en un cazador tan bueno como el mejor, solo que más joven, más fuerte y más rápido. También era más temerario de lo que debía, pero esto supuso una ventaja en aquella ocasión, pues si hubiera sido lo cauto que las circunstancias requerían al menos dos personas habrían muerto aquel día y quién sabe cuantas después. Afortunadamente hasta aquel día desconocía el miedo, pues era el rey del bosque.

A pesar de mi juventud no me relacionaba demasiado con la gente, excepto con el trampero. No es que fuera un ermitaño, pero supongo que el viejo me contagió algo de su gusto por la vida solitaria. Eso y el vivir solo lejos de la aldea. Por supuesto, también cazaba solo y en una de esas partidas de caza por el bosque ocurrieron los hechos en cuestión.

Ya estaba volviendo a mi cabaña después de una salida que no se había dado mal. Varias liebres y un zorro por cuya piel me ganaría un buen dinero colgaban de mi cadera, oscilando y golpeándome rítmicamente con cada paso que daba. El aroma de la sangre coagulada de las piezas cobradas se mezclaba con el del romero con que los había rellenado al destriparlas, para que atufaran lo mínimo posible, pero se perdía en nada dentro del maremágnum de olores y sensaciones del bosque al atardecer. Quedaría poco más de una hora para la puesta de sol y me encontraba en ese mágico instante en que las criaturas nocturnas se desperezan y el resto busca cobijo en sus madrigueras. Abrí mis sentidos para disfrutar mientras continuaba recorriendo la distancia que me quedaba. Llegaría poco después del ocaso.

Me encontraba en una zona repleta de hayas viejas, de treinta metros e incluso más, con algún que otro abeto salpicando aquí y allá, que regaba de piñas el suelo. Entonces me di cuenta de algo, o mejor dicho, no me di cuenta de nada. No había ninguna ardilla saltando de una rama a otra, ni ningún pájaro emprendiendo el vuelo al detectarme, ni siquiera un piar lejano. Se había hecho el silencio y al único al que se oía era a mí mismo. Continué caminando con mayor cautela y con cierta inquietud por lo extraño de la situación, pero al principio no encontré nada que pudiera explicar esa calma chicha. Avancé un centenar de metros de esta guisa y sólo en ese momento algo me pareció oír. Un gruñido lejano desconocido para mí, que conocía todos los sonidos del bosque.

Una desazón vaga empezó a molestarme, diciéndome sin palabras que fuera en la dirección contraria, pero no dejé que algo que no sabía lo que era me intimidara, y más aún en mi terreno, y el arrojo se impuso al instinto. Continué avanzando, eso sí, extremando la precaución, hacia los gruñidos, y pude escucharlos mejor. Procedían con seguridad de la misma criatura, y se repetían rítmicamente a intervalos de tres o cuatro segundos. Mientras me acercaba dejé en el suelo las liebres y el zorro para que su olor no me descubriera y agarré con determinación mi hacha con las dos manos. Me deslicé suave como un zorro. Más suave, porque yo había atrapado al zorro y no quería que nada me atrapara a mí. El viento me favorecía y los gruñidos eran ya casi inmediatos. Seguía teniendo la necesidad interior de salir de aquel lugar, pero dí los últimos pasos y por fin presencié lo que me había llevado hasta allí.

Bajando una leve pendiente que llevaba a un río, tumbada al pie de una gran haya, descansaba una enorme bestia como yo jamás había visto. Parecía un lobo, pero era grande como un oso, quizá más alta, sin embargo había algo en la forma de su cuerpo que la hacía única. Tenía un tronco enorme, hombros anchos y barriga descomunal y desproporcionada, bajo la que casi parecían retorcerse sus tripas. Las patas eran como las de un lobo, pero mucho más largas y musculadas, con fuertes tendones notoriamente marcados bajo las hebras enredadas de pelaje sucio. Lo más llamativo sin embargo era la cabeza, cuatro veces más grande que la del perro más grande que haya visto en mi vida, con la mandíbula desmesurada y extrañamente medio desencajada y con la lengua fuera, lengua del tamaño de mi antebrazo. La bestia estaba dormida y respiraba entre pausas, emitiendo involuntarios y sonoros ronquidos, los mismos que yo antes había confundido con gruñidos.

Me quedé paralizado, mirando al ser dormir, parapetado desde arriba sin mover un músculo durante varios minutos haciendo acopio de valor hasta que al final me decidí a aproximarme y emprendí la bajada. Cada paso de los veinte que me separaban de la criatura se me hizo eterno, y aproveché sus ronquidos para esconder el ya de por sí casi inaudible apoyo de mis pies en el suelo. Decidí acercarme por la cabeza para asestar el golpe nada más llegar de la manera más letal posible, y estando ya casi a golpe de hacha descubrí algo que me erizó los pelos de todo el cuerpo e hizo que sintiera de pronto secarse el sudor en mi cara, casi escapándoseme el alma por la boca. Asomando ligeramente de la garganta del monstruo, medio tapado por una larga hilera de colmillos torcidos de un palmo de longitud y sólo perceptible desde la corta distancia a la que ya me encontraba, había un pequeño piececito, zapato incluido, y éste se movió dentro de las fauces de una forma nimia, pero indudable. Ante tal espanto ordené a mis manos que salieran de su estupor y aferraron con tal fuerza el hacha que los nudillos clarearon como la nieve. Levanté despacio los brazos y en ese instante la bestia dejó de roncar y vi cómo su hocico husmeaba en el aire. Durante un instante sólo se escuchó el murmullo del río. De repente abrió los ojos. Con desesperación asesté el que sabía tenía que ser mi único golpe mientras mi oponente empezaba a incorporarse fugaz. El acero afilado golpeó y hendió el cráneo, abriéndose paso por un palmo de hueso y sesos, y la bestia se desplomó mientras gritaba brutal, y digo gritar a propósito en lugar de rugir o aullar, pues aún con todo el salvajismo de las circunstancias pude escuchar con claridad la palabra «NO».

Se derrumbó sobre el suelo, y una vez ahí nada se movió, cerrando de inmediato la mandíbula con un crujido áspero, quizá fruto de alguna sacudida nerviosa por el golpe. Al ver esto vino a mi mente aturdida el pequeño pie e intenté abrir la boca al cadáver, pero ni aún con mi más grande esfuerzo lo logré. Dándome por vencido tuve otra ocurrencia y saqué mi cuchillo de desollar. Palpando la panza del monstruo empecé a rajar sin miramientos, superando la dura resistencia del recio pellejo. La cantidad de sangre que de allí brotaba era infame, de un rojo oscuro perverso, cortando con una mano y buscando con la otra, y ya me encontraba sobre un charco hediondo cuando por fin encontré un brazo. Se me escurrió, pero lo volví a aferrar y tiré de él hacia fuera. Arrastré a una persona entera. Pero se trataba de una anciana a la cual no podía pertenecer el pequeño pie que había visto desde fuera.

Dejé a la pobre a un lado y metí los dos brazos en esa confusión de vísceras y sangre y tras unos segundos mucho más lentos en el reloj de mi cabeza encontré otro cuerpo. Tiré de él y respondió con vaguedad, pero respondió. Logré sacarlo de ahí y esta vez sí, era una niña que se puso a toser compulsivamente. Miré a la anciana y me di cuenta de que no había comprobado si seguía con vida. Me acerqué a ella y milagrosamente le latía el corazón. La sacudí varias veces y tomó una gran bocanada de aire, abriendo mucho los ojos mientras volvía al reino de los vivos. Socorrí a ambas como pude durante los siguientes minutos, llevándoles agua del río junto al que nos encontrábamos para que bebieran y se lavaran allí mismo, junto al cuerpo del ser recién muerto.

Mientras se restablecían me quedé mirándolo, con la sangre humeando mientras perdía su calor a medida que entraba el fresco de la noche. Me acerqué a recuperar mi arma y mi mirada se cruzó con los ojos aún abiertos, tan cercanos a la herida mortal, y aún hoy me pregunto si la imaginación me jugó una mala pasada o el monstruo no estaba muerto del todo, pues me dio la impresión de que seguía mis movimientos con una mirada de odio. Tal fue la alteración que me causó, que dejé mi preciosa hacha clavada donde estaba.

La anciana pareció leerme el pensamiento o sencillamente compartir mi inquietud, pues abriendo la boca por primera vez desde que la reanimara y sugirió deshacernos del cuerpo hundiéndolo en el río. Rápidamente ideamos un plan y lo ejecutamos. Por miedo a que el cadáver flotara, llené sus entrañas de las rocas más grandes y pesadas que pude encontrar introduciéndolas donde antes habían estado ellas, y después la vieja cosió con una habilidad asombrosa la enorme raja que le había hecho en la barriga, utilizando una navaja como aguja perforando la gruesa piel y un cordel que yo llevaba para hacer trampas a modo de hilo. La fuerza y maestría con que aquellas viejas manos realizaban su labor era asombrosa. Mientras tanto yo seguía mirando de soslayo aquellos ojos, pues continuaba con la sensación de que me vigilaban.

Tan pronto acabó de coser y se aseguró de su trabajo, arrastré por las patas al monstruo hacia el río, y reuniendo las energías que me quedaban lo llevé hasta el borde, con ayuda de mis dos compañeras. Allí quedó colgando, en una extraña pose, con la cabeza meciéndose sobre la corriente como si esa enormidad se asomara casualmente para saciar su sed. Con el último esfuerzo logramos que cayera al agua. Afortunadamente el río era profundo y la carga, ya de por sí pesada, con las rocas se hundió con un tremendo chapoteo.

Tras unos minutos para recuperarnos del esfuerzo emprendimos el viaje hacia la casa de la anciana, quien comentó que se encontraba cerca de allí. Entonces, una vez vuelto al mundo de la normalidad, y sin tanta sangre manchando sus cuerpos, reconocí quiénes eran. La anciana vivía sola en una pequeña cabaña fuera de la aldea. La niña era su nieta, que vivía con sus padres en la aldea. Según me contaron la pequeña le había llevado una cesta con comida que había preparado su madre para su abuelita cuando escuchó una voz en el bosque que le preguntaba por su destino. La niña, confiada, respondió, aunque no pudo ver a su interlocutor por más que lo buscó. Sin darle demasiada importancia continuó con su camino, pero al llegar a casa de la abuela la misma voz del bosque intentó hacerse pasar por la viejecita para que entrara, pero entonces la chiquilla se asustó y echó a correr. En un santiamén la puerta se abrió y la bestia se abalanzó sobre ella, tragándosela entera sin masticar, con el bosque como único testigo. Lo siguiente que recordaba era la escena bajo la haya, con mi intervención. La historia de su abuela era mucho más sencilla. Llamaron a la puerta, y al abrirla… ¡Zas! Relatándome esto estaban cuando llegamos a nuestro destino, la casa de la anciana cuya puerta en efecto se encontraba abierta de par en par. En el suelo junto a la misma aún estaban la cesta con comida, así como una pequeña capa rematada por una caperuza roja, que la pequeña se apresuró en recoger con delicadeza, como si le fuera un objeto muy preciado.

Pasamos la noche intranquilos, pero al menos descansamos. A la mañana siguiente, tras asegurarme de que no le faltaba nada a la abuela, llevé a la nieta con sus padres, que estaban, como es lógico, muy preocupados.
Las siguientes semanas y meses fueron de vuelta a la normalidad, a la realidad, a veces más cruda que la pesadilla de la que habíamos salido.

La abuela estuvo renqueante de salud hasta que llegó el invierno, en el cual murió de pulmonía. Yo siempre lo achaqué al trauma físico que había vivido.

Yo fui el que mejor salió parado. Estuve investigando lo ocurrido. Leyendo libros y preguntando a los más viejos, pero ninguna de las leyendas explicaba a un lobo brutal, gigante y deforme, pero que hablara como un hombre. Ni hombres lobo ni lobos hombre. Ni la mítica criatura tragaldabas ni los wargs o huargos de los lejanos países del norte, ni los lobisones u otros tipos de licántropos. Ninguna historia encontré que me satisficiera. Lo único que hice fue aprender a tener miedo, que no es poco, aunque jamás volví a cruzarme con otro «rey del bosque».

En cuanto a la niña… Pobre chiquilla. Creció sana y bonita, pero no bien. Por sus padres supe que dormía poco por las noches y se despertaba gritando enredada entre las sábanas, atrapada en ellas y desesperada. Aparentemente era normal, pero al menos para mí bastaba mirarla un par de segundos a la cara para encontrar en ella el asomo de la locura.

No la culpo, pobre. Ni quiero pensar lo que tuvo que pasar siendo una niña si incluso yo, hombre hecho y derecho, tengo que mantener la respiración al recordar los ojos de la bestia hundiéndose en el río, pero observándome, aún después de muertos.

3 comentarios:

Pedro López Manzano dijo...

Tal y como prometí, al salir de la portada de NGC3660, donde me lo publicaron, os dejo mi relato "El rey del bosque" aquí.

Espero que os guste.

Susana Eevee dijo...

Estupenda versión del cuento clásico.
Me ha encantado. Mantiene muy bien el ritmo y la tensión. Y esa imagen del piececito asomando de las fauces realmente sobrecoge :)

Pedro López Manzano dijo...

Muchas gracias Susana.

Un gustazo leer estas palabras viniendo de ti.

:D

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