sábado, 28 de noviembre de 2009

RELATO: Legado

“Si contemplas mucho tiempo el interior de un abismo,
el abismo también contemplará tu interior”
F.W.Nietzsche.



Me llamo Carlos Fernández Valle y voy a morir. Lo sé. Puede que me quede una hora o un día, pero contemplo mi situación más como alivio que como penalidad, ya que de esta forma podré escapar del horror que se ha convertido en mi compañero infatigable desde hace poco.

Ustedes me han pedido que les cuente lo ocurrido siete días atrás y que me ha conducido a mi situación actual, pero para alcanzar a entender como he llegado a convertirme en la caricatura de ser humano que soy en estos momentos, tendré que comenzar a narrar mi historia desde un poco antes del lamentable acontecimiento por el cual me preguntan. En concreto desde una mañana, hará un mes, en la que mi primo Juan Fernández Villalobos vino a mí.

Juan era un buen hombre. Algo reservado y muy introvertido, pero una vez se llegaba a conocerlo bien resultaba ser una caja de sorpresas. Muy culto e inteligente, poseía un sentido del humor negro de esos que gustan tanto a la gente de hoy. Nos criamos juntos ya que perdió a su madre muy pronto y él y su padre (no tenía hermanos) vinieron a vivir con mi familia y conmigo.
De niños éramos inseparables, aunque con el tiempo nos fuimos alejando un poco. Cuando llegó la hora de venir a Madrid para estudiar en la universidad, él escogió la historia y yo la medicina, por lo que desde entonces nos distanciamos bastante, si bien continuábamos viéndonos con asiduidad. Fue hace un año aproximadamente cuando recibió un golpe del que nunca se recuperaría al morir su padre, al que estaba muy unido. A partir de ese momento se volvió aún más solitario y nuestros caminos se separaron definitivamente.

Hace un mes, el quince de septiembre, –recuerdo la fecha porque ese día tenía un examen muy importante para mí–, Juan apareció en mi casa por la mañana temprano. Yo estaba aturdido por el examen y me disponía a ir a hacerlo cuando llegó. Llevaba desde antes del verano sin verlo y en este corto periodo de tiempo había cambiado profundamente. Estaba mucho más delgado y tenía el pelo enrevesado y largo, y una barba mal cuidada. Llevaba la ropa sucia y desaliñada, por lo me costó un poco reconocerlo, ya que además presentaba unas ojeras muy pronunciadas bajo unos ojos vidriosos y su frente brillaba por el sudor, aunque no hacía mucho calor. También llevaba un paquete cerrado y precintado con cinta aislante en la mano, que me tendió en cuanto le abrí la puerta. Yo lo cogí instintivamente, y antes de que pudiera decir nada fue él quien comenzó a hablar:
- Tienes que hacerme un favor, Carlos.
- ¿Qué te pasa, primo?, parece que llevaras toda la semana sin dormir. Pasa y hablamos...
- Tienes que hacerme un favor –me interrumpió–. Es importante.
- Bueno hombre, ya sabes que haré lo que sea por ti.
- Tienes que destruir el paquete en cuanto me vaya, –dijo sin apartar la mirada de lo que me acababa de entregar– quémalo o haz lo que quieras con él, pero no lo abras. Prométemelo.
- Pero...
- Prométemelo Carlos, por favor.
- Está bien, te lo prometo –accedí–.
- Muchas gracias primo. Ahora tengo que irme –dijo mientras empezaba a andar hacia la escalera–.Tenemos que tomar un café juntos un día de estos. No abras el paquete. ¡Adiós!.
Y sin dar tiempo a nada más se fue. Entonces yo recordé de pronto mi examen. Dejé el paquete en un armario, cogí los apuntes y me fui rápidamente. Al bajar me monté en el autobús, y mientras recapacitaba sobre el extraño encuentro vi de nuevo a mi primo a un par de manzanas tan solo de mi casa. Estaba hablando con un hombre calvo, alto y espigado, muy bien vestido y de porte elegante, lo cual producía un fuerte contraste con el desarrapado Juan. Yo iba en el autobús y le saludé, pero creo que él no me vio. Entonces volví a mis asuntos y continué estudiando.

No vi a Juan ni pensé en el paquete hasta alrededor de una semana después. Yo había hecho mi examen y vuelto a las clases. Fue a la salida de una de ellas cuando me encontré con que mi primo estaba esperándome, pero no estaba sólo. Mantenía una conversación con un hombre. En aquel momento no me percaté, pero debido a la importancia que han dado los acontecimientos a todo lo referente a estos pequeños encuentros, los he revivido muchas veces mentalmente, por lo que puedo afirmar que el individuo con el que hablaba era el mismo que vi desde el autobús días antes. Mantenían una discusión sobre algo que Juan le debía a aquel hombre calvo, pero mantenían la compostura y más que otra cosa parecían viejos amigos aclarando viejos asuntos. El extraño, me fijé, tenía un claro acento vasco. En cualquier caso no pude averiguar mucho más sobre él, ya que al acercarme hizo un gesto de despedida con la cabeza y se marchó tranquilamente. Cuando le pregunté a mi primo sobre este hombre me dijo que sólo lo conocía por unos negocios que iba a hacer con él, y que finalmente no fructificaron. No le pregunté nada más ya que parecía incómodo con el tema.
Pasé toda aquella tarde con Juan, que se había afeitado y cortado el pelo y volvía a parecer una persona. Sin embargo tenía una mirada de cansancio, casi extenuación, que le hacía parecer mucho mayor de lo que era a pesar de que teníamos la misma edad, veintidós. Estuvimos charlando sobre temas intrascendentes a excepción de un momento en el que se puso realmente tenso y me preguntó si me había deshecho del paquete. En aquel momento volví a recordarlo, y como me daba vergüenza decirle que me había olvidado por completo de ello, le dije que lo había quemado. Él pareció aliviado y sonrió con franqueza cuando le confirmé la destrucción. Le pregunté por el contenido del mismo y me dijo que eran unos objetos personales de su padre que tenían mucho valor sentimental para él, pero que lo entristecían en gran medida, por le que le era muy difícil deshacerse de ellos él mismo. Por mi parte, me di por satisfecho con su respuesta.
Esa misma noche, cuando volví a mi piso, abrí el armario y cogí el paquete. Saqué un mechero dispuesto a encenderlo y me alejé de cualquier cosa que pudiera prender con facilidad ante un chisporroteo al quemarlo. Tuve que haberlo incinerado allí mismo sin dejar rastro, pero aún no le daba la importancia que tenía realmente y la curiosidad pudo con el respeto hacia la promesa a mi primo. Así que cogí un cuchillo y corté las apretadas tiras de cinta aislante que lo envolvían, y con una impaciencia impropia de mí, retiré el papel para descubrir definitivamente el contenido que tan nervioso parecía poner a mi primo. Rápidamente la habitación se llenó por completo de un olor a rancio que era inquietante e incluso desagradable. Volví lentamente la mirada, ya que había apartado la cabeza al abrirlo por el olor, pero me iba acostumbrando rápidamente a él. Entonces lo vi.
El libro estaba artísticamente encuadernado en piel negra y tenía unos dibujos en bajorrelieve que representaban a un animal, quizá un dragón, si bien la cubierta no tenía nada escrito en ella. Al abrirlo el olor a viejo se incrementó, aunque las páginas parecían mantenerse en buen estado. Estaba manuscrito y en su interior tampoco tenía título. Estaba compuesto por una gran cantidad de poemas e ilustraciones. Algunos estaban escritos en castellano antiguo y otros en latín, por lo que resultaba francamente difícil comprenderlos. Los pocos de los que pude descifrar algo parecían hablar de la relación del hombre con Dios, pero sobretodo con el demonio, lo cual me hacía sentir intranquilo, porque los textos eran realmente antiguos. En muchos habían anotaciones de distintas manos en los márgenes, algunas en castellano antiguo y otras en el actual, pero carecían de sentido para mí, ya que la mayoría eran palabras sueltas o nombres extravagantes que nunca había oído y que me atemorizaba pronunciar en voz alta. Pero realmente lo más aterrador eran las ilustraciones, que representaban en su mayoría escenas dantescas de muertes horribles, seres demoníacos de los que uno tenía que apartar la mirada, orgías brutales de monstruos con seres humanos, torturas inverosímiles... Sin embargo, el viejo manuscrito embelesaba en su horror y cualquier intento por cerrarlo era rápidamente subyugado por el deseo de continuar ojeándolo. La última página tan solo tenía un nombre, el del autor, escrito en una tinta roja que en un principio me pareció sangre fresca, aunque rápidamente abandone esa idea absurda. El nombre era Martín Fernum.
Cuando me quise dar cuenta ya había amanecido. Acababa de pasar toda la noche absorbido en el libro y en ese instante me encontré cansadísimo, así que me acosté y dormí profundamente hasta primera hora de la tarde.

Los días subsiguientes continué intentando leer el libro sin mucho éxito. Además, cuando estaba en clase, no podía apartar mi mente de los poemas satánicos y las cuidadas ilustraciones que me horripilaban y atraían por igual.
Pasó aproximadamente una semana (hace quince días) y me acordé de mi primo Juan. No iba a decirle que había faltado a mi promesa, pero tenía muchas preguntas inconcluyentes acerca del origen del antiquísimo manuscrito que no se me iban de la cabeza. Fui a su casa sin tener todavía las ideas muy claras sobre qué preguntarle sin ponerme en evidencia. Llamé repetidas veces y nadie contestó. Yo tenía la llave de repuesto de su casa que él me había dado tiempo atrás, así que me aventuré a emplearla y pasé. Tras revisar en la entrada y en la sala de estar fui a su dormitorio, y jamás olvidaré el espectáculo impío que allí presencié. El suelo del pasillo que a éste llevaba estaba caóticamente repleto de hojas quemadas, unas chamuscadas, otras convertidas en cenizas, todas ilegibles. Continué avanzando mientras el ritmo de los latidos de mi corazón se disparaba como un torbellino, y entonces vi a mi primo. Estaba tendido en su cama boca arriba, con las manos sobre el pecho y los dedos entrelazados y parecía dormido, pero no era así. Me acerqué rápidamente a él y lo examiné deseando tener que hacerle los primeros auxilios. No fue necesario, ya que estaba muerto. Lo que más me llamó la atención y al mismo tiempo más me desconcertó fue el hecho de que tenía una mueca de sonrisa de tranquilidad y satisfacción, que me hizo llorar amargamente recordando lo mejor de Juan.
Llamé a una ambulancia a pesar de que era completamente inútil. Mientras esperaba inspeccioné ligeramente la habitación, más por abstraerme un poco de la situación que porque realmente deseara hacerlo, mirando los papeles incinerados difuminados por el dormitorio. No había ninguno en el que se pudiera leer nada excepto el más cercano a la cama, como si fuera lo último que había leído o escrito, y que casi podría considerar una nota de despedida ahora que conozco su significado, ya que ponía: “Por fin destruido, puedo descansar en paz”.

El informe del forense desveló que Juan había muerto cuatro días antes, sin signos de violencia externa ni envenenamiento. La razón de la muerte parecía haber sido la inanición acompañada de una fuerte deshidratación: había muerto por no comer ni beber nada y su rostro reflejaba la felicidad. Lo enterramos tres días más tarde en el pueblo en que habíamos crecido, junto a su padre y su madre, cerrándose así el círculo destructivo que había sesgado impaciente esa rama de nuestro árbol familiar. De la ceremonia no recuerdo casi nada. Yo estaba muy cansado por todo lo acontecido y actuaba como un autómata, dejando a mi padre casi toda la responsabilidad con respecto a las exequias. Sin embargo, recuerdo que entre las numerosas personas que asistieron estaba el vasco calvo que había visto dos veces ya con mi primo. Lo vi durante un segundo, y antes de que se me ocurriera buscarlo desapareció fugaz, si bien estoy absolutamente seguro de que estaba allí.

A mi vuelta a Madrid, pasé un par de días intentando eludir el angustioso tema del libro, pero las dudas que tenía respecto a él me fustigaban sin piedad. ¿Dónde lo había conseguido mi primo?. ¿Quién era Martín Fernum, el autor?. ¿Qué relación había tenido el manuscrito con su decadencia y muerte?. ¿Era aquello a lo que se refería con sus últimas palabras?. ¿Podía un libro causar un efecto tan nocivo a una persona tan cuerda e inteligente como lo había sido Juan?.
No hallaba ninguna respuesta satisfactoria, así que decidí pedir ayuda a alguien que pudiera contarme algo más acerca de los misterios que guardaba el viejo volumen de poesía macabra. Recordé a un profesor retirado, Héctor Pérez Luengo, que había visto en un par de conferencias sobre religiones antiguas acompañando a mi primo, que era un erudito en todo lo referente a cultura y leyendas de la vieja España, y además tenía el curioso hobby de la demonología. Era un individuo de los que no se olvidan con facilidad: alto, el cabello y la barba largos y canos, con nariz aguileña y mirada incisiva. Parecía sacado de las antiguas películas de terror de los años treinta.

Fui a su casa, encontrando la dirección en el listín telefónico, y me recibió sin agrado pensando que era un alumno de historia que iba a preguntarle alguna fastidiosa cuestión. Era tal y como yo lo recordaba, sólo que al verlo de cerca me di cuenta de lo viejo que era, lo cual añadido a su rostro inquietante le daba un aspecto solemne que, aún saliendo en bata y zapatillas, reconozco me cohibió un poco. Ojeé el lugar y en verdad había acudido al hombre indicado. Todo muy ordenado y pulcro, me llamó la atención una estantería repleta de libros antiguos (quizá más que el que llevaba en mi mochila) perfectamente organizados, que parecían sacados de la misma biblioteca de Alejandría. Comenzó a hablar él, de mala gana:
- ¿Quién es usted y qué quiere? –dijo con una voz cavernosa mientras me escudriñaba de arriba abajo–, no me resulta familiar de ninguna de mis conferencias.
- No se trata de eso, señor Pérez. Me llamo Carlos Fernández Valle y no soy alumno de historia –contesté despacio–. Le conozco por referencias que me dio mi primo Juan Fernández, que si lo era. Vengo por si pudiera ayudarme a conocer algo acerca del origen y la naturaleza de un libro de mi posesión.
- Si, conozco a Juan, pero para esa labor puede que yo no sea el más indicado –afirmó mientras yo sacaba el manuscrito y se lo entregaba–. Aunque bueno, le echaré un vistazo.
Cogió el objeto que le tendía y comenzó a mirarlo despectivamente. Sin embargo, a medida que lo observaba, iba creciendo la avidez bibliográfica en sus gestos. Pasamos al salón y se sentó en un sillón, invitándome a que yo hiciera lo mismo con un leve movimiento de su mano.
- Es muy antiguo, ¿de donde lo ha sacado?. Tanto el castellano como el latín parecen del siglo XIV o del XV –prosiguió lentamente, pero sin darme tiempo a responder–, aunque incorpora algunos términos muy posteriores, del XVII o del XVIII quizá, y el tipo de papel corresponde a esta última época. Es muy curioso. Además, no he oído hablar nunca del autor, Martín Fernum –continuó mirando la firma de la última página y cerrándolo cuidadosamente–. No obstante si pudiera dejármelo un par de días, Carlos, estoy seguro de poder estudiarlo y averiguar algo más.
- No quisiera causarle molestias, señor Luengo.
- No se preocupe –dijo con una imprevista e inquietante simpatía–, no soy más que un pobre anciano desocupado. No supone ninguna molestia para mí.
- Está bien. Pasado mañana vendré a recogerlo. Muchas gracias por todo.
Y nos despedimos, dirigiéndome él una sonrisa forzada, imagino que lo más natural de lo que era capaz.

Los dos días siguientes no transcurrieron ociosos para mí. Los pasé entre archivos y bibliotecas investigando sobre Martín Fernum. Al principio no encontré ni una miserable mención a este hombre, que parecía no haber existido jamás. Sin embargo, cuando ya estaba perdiendo toda esperanza se produjo el hallazgo. Vivió, como había sospechado el profesor retirado, a finales del siglo XVII. Su fecha de nacimiento no la encontré en ningún archivo, aunque parece que llegó a gozar de cierto prestigio como poeta, si bien no se conserva ninguna obra suya. Incluso permaneció una breve temporada en el año 1698 en Madrid bajo la protección del vejatorio Carlos II en plena decadencia de la corona española, pero algún violento acontecimiento no clarificado le arrancó bruscamente el beneplácito real, y decidió retirarse en 1699 a San Bartolomé, una aldea castellana hoy desaparecida en la que murió en 1710 cuando los lugareños lo acusaron de brujería y lo enterraron vivo.
Tuvo cuatro hijos varones, de los cuales pude seguirle la pista a uno, Rodrigo, que cambió su apellido por el de Fernández y marchó a Lyon para rehacer su vida. Allí tuvo gran éxito como comerciante y murió en 1766, tras una vida sorprendentemente longeva. Se cree que un nieto de éste llamado Antoine Fernández, al parecer enfrentado con la empresa familiar, volvió a Madrid y se estableció por su cuenta y riesgo en 1842. Y he aquí lo sorprendente. Tanto que cuando lo encontré se me salieron los ojos de las órbitas y tuve que releerlo varias veces para comprobar que no era un error tipográfico, ya que se consideraba altamente probable que un hijo de Antoine fuera el eminente científico Martín Fernández Duque (1850-1913), nombre que no me diría nada de no tratarse de mi propio bisabuelo paterno y el de mi difunto primo Juan.
Este descubrimiento no hizo sino incrementar aún más las dudas que me asaltaban sobre todo lo acaecido.

Entonces –hace una semana– volví a por el libro deseando que Héctor Pérez Luengo me pudiera decir algo que ayudara a esclarecer el misterio.
Lo encontré en su casa, pero el semblante del profesor había experimentado un cambio sensible. Seguía siendo inquietante, pero en lugar de producirse esto por su solemne vejez, ahora parecía más bien por la senilidad que correspondía a su edad, por esa mirada febril y perdida que presentan algunos enfermos mentales.
Tras los correspondientes saludos, pasamos al salón en el que me había recibido en mi anterior visita. Cuando le pregunté cortésmente por el libro, salió de la modorra en que parecía inmerso y me dedicó una mirada incisiva, que rápidamente ocultó comenzando a hablar:
- El libro... el libro –casi susurró frotándose la frente con la mano–, la verdad es que no merece tantas molestias como nos hemos tomado en él. Francamente Carlos, no posee mucho valor.
- Vaya –dije decepcionado–. ¿No ha podido averiguar nada sobre él?.
- No –sentenció escueto.
- De cualquier forma, le agradezco los esfuerzos. Ahora, si pudiera devolvérmelo...
- ¿Devolvérselo? –se revolvió sobresaltado en su asiento–. Sí, claro. Aunque no estaría fuera de lugar dentro de mi colección. Vale menos, pero le ofrezco cincuenta mil pesetas por él. La considero una oferta generosa.
- No, gracias –contesté sorprendido–. Si pudiera dármelo ahora.
- Muy bien.
Entonces se levantó y entró en una habitación comunicante con el salón. Yo me volví hacia él y lo escudriñé cuidadosamente. Era su despacho. Se acercó a un escritorio y vi que cogía el libro, que estaba sobre éste abierto por una sección que reconocí al ver un grabado. Parecía que a pesar de su poca importancia el profesor había estado leyéndolo hacía poco.
Lo cerró y volvió al salón. Alargó el brazo para entregármelo, pero rápidamente lo encogió aferrando fuertemente la mano sobre el manuscrito. Estaba sudando y parecía asustado y empequeñecido.
- ¿Sabe una cosa?, le ofrezco un millón por el manuscrito.
- Un millón... tengo que pensarlo –respondí susurrando, atolondrado por la oferta tan suculenta como inesperada, mientras él me observaba nervioso con las pupilas demasiado dilatadas–. Tengo que pensarlo. Ahora, si no le importa señor Luengo–concluí con la voz más segura que pude, señalando con la mirada al objeto que había pasado en cuestión de minutos de no valer gran cosa a convertirse en un pequeño tesoro.
- Claro –cedió por fin tras una breve pausa que pareció realmente fatigosa para el profesor.
Me tendió el manuscrito, lo cogí, y me di la vuelta para irme. No volví la cabeza, pero estaba seguro de que sus ojos estaban clavados en mi nuca. Creo que pronuncié un seco adiós para el cual no escuché ninguna respuesta.
La cambiante actitud del profesor Luengo me produjo un desasosiego por el cual me guardé para mí los descubrimientos sobre Martín Fernum, que no sé si conocía el anciano.
Salía yo de su casa pensando en la tensa entrevista y en el millón que costaba al menos el libro que llevaba en la mano cuando reconocí al vasco calvo que tuviera negocios con mi primo, sentado al volante de un BMW blanco al final de la calle. Me paré en seco y nuestras miradas se encontraron. Entonces me percaté de que aún no había guardado el manuscrito en la mochila e instintivamente me puse a hacerlo. Cuando volví a mirar, el BMW estaba saliendo pausadamente del aparcamiento y en unos segundos giró en un cruce y desapareció. No podía ser coincidencia. El calvo misterioso me estaba vigilando, e internamente estaba seguro de que aquello que lo relacionaba con mi primo era precisamente el libro. Supe que la situación se me estaba escapando de las manos, o más bien que ni siquiera la había tenido en ellas en ningún momento.

Al atardecer, ya en mi casa, proseguí estudiando el manuscrito con diccionario de latín en mano, a pesar de que muy pocas de las palabras que buscaba aparecían en éste, y la mayoría de las que lo hacían no podían tener relación con las ilustraciones impías, al referirse sobre todo a nombres de plantas o animales, incrementando de esta forma la confusión. Sin embargo, estos nombres se correspondían con algunas de las anotaciones de los márgenes, como si algún antiguo lector hubiera realizado anteriormente la tarea que yo estaba emprendiendo.
Me fijé más detenidamente en estas notas y la letra me volvió a resultar vagamente familiar. Entonces tuve un presentimiento y corrí impaciente a un cajón olvidado de un armario en que solía guardar mi vieja correspondencia. Entre las cartas localicé sin problemas la que buscaba y me dispuse a realizar la comprobación. En efecto, no me equivocaba. La característica caligrafía casi gótica era idéntica. Las anotaciones de los márgenes del libro eran las de mi tío. Quizá realmente mi malogrado primo no me engañó cuando afirmó que el paquete que me entregara para su destrucción contenía “unos objetos personales que pertenecieron a su padre”. Quizá a mi tío se lo dio mi abuelo, y a éste mi bisabuelo. Quizá siempre había sido así desde que Martín Fernum lo escribiera allá por el XVII. Quizá todas estas suposiciones no tuvieran ni pies ni cabeza, quizá.
Estaba absorto teorizando al respecto y pasando las hojas del manuscrito, ojeándolas sin fijarme en su contenido, cuando llegué a la ilustración que estaba estudiando el profesor en su escritorio, y rápidamente me vi absorbido por ella. El escenario era un bosque de árboles retorcidos sin ninguna hoja en sus ramas. A la izquierda aparecía una figura humana desnuda, muy encorvada y demacrada. Con su mano derecha se tapaba una gran abertura en su pecho por la que emanaba sangre y con la izquierda tendía lo que parecía ser su propio corazón, en gesto de ofrecimiento a una grieta abierta en el suelo delante de él. Esta grieta escupía llamas, y de su mismo centro surgía una garra escamosa y negra de dimensiones gigantescas, dispuesta a recoger la impía ofrenda. En la siguiente página descubrí otra ilustración que parecía guardar relación con la anterior. También era en un bosque, pero esta vez los árboles se elevaban con una verticalidad perfecta y tenían sus ramas repletas de hojas negras. En lugar de la figura patética de antes se erguía un musculoso hombre con los brazos abiertos en gesto triunfal, que no habría podido relacionar con el anterior de no ser por la enorme cicatriz que tenía en su pecho. Ya no aparecía la grieta, pero en lugar de ella se desplegaba la sombra del hombre, que respetaba muy poco la anatomía de su dueño. Los brazos eran grotescos y desmedidos, extremadamente largos, mientras que las piernas estaban atrofiadas. Sin embargo, lo horrible era la cabeza, que hundida en el tronco presentaba unos cuernos curvos que parecían formar macabras bocas carcajeándose en el suelo.
Casi sin darme cuenta me encontré leyendo en susurros el texto contiguo a las ilustraciones, a pesar de que no tenía ni idea del significado de las palabras que escapaban de mis labios, pues se trataba de un latín deformado y extraño. Al acabar el poema me embargó una terriblemente súbita sensación de desamparo, como si unos ojos malvados observándome divertidos miraran en mi interior, y yo me encontrara en medio de ninguna parte sin ningún lugar al que dirigirme, sin la posibilidad de poder ocultarme de esa mirada aciaga.
Cerré bruscamente el libro y me acurruqué en el sillón quedándome en posición fetal por el miedo, cerrando los ojos y apretando la mandíbula. No recuerdo el tiempo que pasé en este lamentable estado, pero para mí transcurrieron horas hasta que el cansancio me venció y caí dormido, sumergiéndome en horribles pesadillas que afortunadamente no logro recordar.

Me desperté envuelto en un sudor frío cuando los primeros rayos de luz del día, entrando por la ventana, me dieron en la cara. Me levanté de un salto al recordar la noche anterior, y me quedé plantado mirando fijamente el libro durante unos minutos mientras salía de la vigilia del sueño. Entonces me fijé en que algo antinatural estaba ocurriendo, ya que cuando el sol, que poco a poco iba inundando toda la habitación, llegó hasta el manuscrito, éste comenzó a brillar tenuemente. Pero no reflejando la luz pura del alba, sino con un color propio, un color escalofriante que nunca hasta entonces había visto, un color que es una aberración inimaginable, pues no se parece a ninguno de los conocidos. El brillo era muy débil, pero lo suficiente como para convencerme de que no quería verlo nunca más.
Respiré profundamente y arranqué con violencia con la fijación de destruir el libro, pero en cuanto lo cogí algo me detuvo. No había allí nadie que me lo impidiera, pero sentí todos los músculos de mi cuerpo paralizados y no pude más que dejarlo en el sitio en el que estaba. En ese momento el libro resplandeció por una décima de segundo con ese color indecible, como con un grito de triunfo, y se apagó. Qué me venció, no lo sé. Sin embargo, en mi fuero interno estoy seguro de que la voluntad que pudo aplastantemente conmigo, fue la misma que obligó a mi primo a entregármelo para que lo destruyera y la que nos condenó a ambos. Fue “su” voluntad. La del libro.
La única decisión que pude tomar en aquel momento fue la de salir tambaleándome de mi casa, sin un sitio al que ir y sin uno al que regresar.

Absorto huí sin rumbo durante un tiempo impreciso. Probablemente horas vagando por las calles de un soleado Madrid hasta que al fin pude volver a ser dueño de mí mismo y dominar el miedo. Entonces tomé la firme decisión de volver y vencerle, aunque me costara perder la cordura. Durante el regreso fui preparándome psicológicamente para la encarnizada lucha que me esperaba en mi casa. Tenía que cumplir la promesa que hice a mi primo, y que la estúpida curiosidad me hizo trivializar injustificadamente.
Al fin llegué a mi casa y entré en la cocina sin dedicar siquiera una mirada a la mesa donde se encontraba. Encendí el fuego del horno y giré el mando hasta el tope, convirtiendo la débil línea de fuego azulado en una poderosa arma ígnea. Volví resueltamente a la mesa y en ese momento vi que estaba vacía. Paseé la mirada por toda la habitación y no encontré nada. Apagué el fuego y continué atónito con una búsqueda que resultó infructuosa. No me explicaba lo ocurrido cuando, caminando hacia fuera, caí en lo que en otras circunstancias hubiera resultado obvio. La cerradura de la puerta de entrada estaba reventada. Y a juzgar por la huella de zapato en la madera parecía que la habían forzado por el clásico y efectivo sistema del patadón.
Bajé corriendo las escaleras intentando perseguir a alguien que seguramente se había largado hacía horas, pero esto no lo razoné hasta llegar a la puerta del edificio. Sin embargo, al llegar a la calle, volví a encontrarme con el BMW blanco, esta vez unos veinte metros más abajo en mi propia acera. Me acerqué furioso por el robo para tener unas palabras con el vasco calvo, pero justo en el momento en el cual comprobaba que efectivamente era él quien estaba al volante, el coche arrancó y salió rápidamente, pero sin llamar la atención.
Así que era el calvo el que me lo había robado. Muy sencillo, siguiéndome hasta mi casa y esperando que yo me fuera para entonces arrebatarme mi tesoro. Sin embargo, un detalle fundamental dilapidaba este razonamiento. Si el calvo vasco del BMW ya lo tenía, ¿por qué seguía vigilándome?. Esta cuestión conducía directamente a la que me sacó de dudas: ¿quién más estaba interesado en el manuscrito?.
Salí rápidamente hacia la casa del profesor.

Tras seis estaciones de metro y un cuarto de hora en el autobús me encontré ante su esta vez nada dulce hogar. La puerta estaba abierta y pasé sin llamar. Inmediatamente percibí un olor rancio y nauseabundo, parecido al de los hospitales, pero mucho más intenso. Me puse un pañuelo en la cara para evitarlo en la medida de lo posible y comencé a andar. La entrada no presentaba aparentemente nada fuera de lo normal y el salón en que me recibió tampoco, excepto por el hecho de que la amplia biblioteca se había reducido profundamente, quedando varias estanterías vacías. El despacho se encontraba de forma similar. Me disponía a inspeccionar el dormitorio cuando oí un leve pero angustioso gemido. Me acerqué a donde creía haberlo escuchado y encontré unas escaleras hacia abajo que hasta entonces no había visto.
Comencé a bajarlas seriamente preocupado de que mi respiración acelerada o los latidos frenéticos de mi corazón me delataran por hacer demasiado ruido en medio de un silencio cerrado y tedioso. Cuando bajé hasta el final de la escalera, vi que ésta desembocaba en una estancia con un pasillo, todo ello inmerso en una agobiante oscuridad tan solo rota irregularmente por un débil resplandor proveniente del final del corredor. Esperé un minuto hasta que mis ojos se acostumbraron y pude ver donde estaba. La habitación era muy pequeña y sin amueblar y el pasillo no era más que un estrechamiento de ésta en su extremo. Todo el suelo estaba repleto de los libros desaparecidos de las estanterías de arriba. Algunos de ellos estaban abiertos con páginas señaladas o directamente arrancadas. Tenían ilustraciones igual de macabras a las del mío, pero ninguno de ellos era el que yo buscaba. El hedor se hacía cada vez más insoportable.
Me apreté el pañuelo contra la boca y comencé a caminar pausadamente hacia el resplandor. El pecho me dolía y el corazón quería salírseme. Poco a poco fui vislumbrando lo que había más allá. Más libros en el suelo con un resplandor rojizo, y hierbas medio quemadas en cuencos de aceite. Justo antes de entrar logré escuchar el sonido de algo al arrastrarse. No tenía con que defenderme, pero cerré el puño de la mano libre y di los últimos pasos firmemente.
La estremecedora escena hizo que se me cayera el pañuelo de la mano, y yo mismo casi trastabillé.
El suelo del sótano se encontraba decorado con formas geométricas pintadas en rojo sangre que brillaban con malicia a la luz de un par de antorchas, las únicas fuentes de luz simétricamente colocadas en lo alto de un escritorio convertido en improvisado púlpito al fondo de la habitación. Su resplandor también hacia emitir destellos a los ojos del profesor, que yacía en el mismo centro de un triángulo de un par de metros de lado dibujado en el suelo. Estaba descamisado y boca arriba, y en su pecho tenía un profundo surco de un palmo de largo y tres centímetros de profundidad por el que cada vez quedaba menos sangre que emanar, a juzgar por el inmenso charco sobre el que estaba. Pensé que estaba muerto, pero de repente movió un brazo. Me acerqué y puse mi cabeza a medio metro de la suya por si aún podía verme, mientras que con las manos le taponaba inútilmente la herida. Comenzó a susurrar muy despacio, entre respiraciones entrecortadas:
- ¿Carlos?, ... perdóneme Carlos. Pensé que su grimorio –hizo una pausa para tomar aire–, me podría devolver la juventud. Soy muy viejo –paró de nuevo y pareció aún más viejo por la palidez de la muerte–. No me quedaba mucho, y no siento curiosidad por saber que hay tras el túnel. Pero –inspiró otra vez– es su grimorio, es su herencia, sólo usted puede...

Y no volvió a respirar nunca más.
Me levanté aturdido y con los brazos manchados con la sangre del profesor e inmediatamente clavé la mirada iracunda sobre mi herencia, depositada cuidadosamente sobre el púlpito, abierta por una parte que me era de sobra conocida. Me lancé sobre ella y la aferré furioso. Forcejeando titánicamente contra la nada la empujé hacia una antorcha cuya llama se encendió lustrosa.
Con el primer crepitar de las hojas del manuscrito las fuerzas me abandonaron de golpe. Las manos se me abrieron y cayó al suelo. De improviso el sótano se ilumino con un remolino de colores surgidos del grimorio. Eran los mismos que me habían hecho huir de mi casa, igual de antinaturales, pero supe que mucho peores ya que el libro estaba encolerizado.
El primer golpe fue quizá el más doloroso. El remolino teñido en el averno se hizo más intenso y se condensó en un punto para lanzarse con furia contra mis costillas. Sentí como si me arrancara de cuajo músculos y tendones sin perforarme siquiera la piel. Grité de dolor. Grité, grité y me mordió de nuevo. Me destrozó la rodilla y caí al suelo de espaldas al grimorio. No pude seguir gritando porque el tercero me alcanzó en la mandíbula y me la partió en mil fragmentos. Continuó cebándose a su gusto conmigo en el suelo y luego desapareció espaciadamente.

No estoy seguro, pero creo que mientras estaba inmóvil en el suelo, antes de desmayarme un hombre que bien podría ser el vasco calvo del BMW entró en la estancia, se paró frente a mí, sonrió, me rodeó, cogió algo y volvió a marcharse por donde había venido.


El resto de la historia ya lo conocen. Me desperté en el hospital. Alguien debió oír mis gritos y llamó a la policía. No puedo hablar porque prácticamente no tengo mandíbula y estoy repleto de moretones negruzcos por todo mi cuerpo. Nadie me cuenta lo que pasó con el libro. Pasan los días y en contra de los diagnósticos que me hicieron, estoy cada vez peor. Además no duermo casi, ya que cada vez que lo hago vuelven a mí los colores espectrales. El dolor me puede y me sedan. Como me estoy muriendo, ante el asombro de los médicos que no pueden explicar la naturaleza de mis heridas cada vez más grandes e infectadas, ustedes deciden tomarme declaración ya sobre lo acontecido en la casa del profesor antes de que sea demasiado tarde, aunque a mi no me lo cuentan de esta forma tan áspera.
No puedo hablar, pero coopero. He pedido instrumentos de escritura y que hoy no me seden para que el poco raciocinio que aún conservo no se vea anulado. Escribo lo presente. He intentado aproximarme lo más posible a los hechos que han acabado conmigo y que me harán morir dentro de muy poco, y no sé qué parte de sobrenatural hay en todo esto. Hace tanto tiempo que no duermo que no puedo recordarlo, pero los colores comienzan a aparecer estando despierto, y creo que sólo yo los veo. Únicamente les ruego que si encontraron algo del libro y mis intentos por quemarlo fueron insuficientes, no lo lean y lo destruyan sin contemplaciones, y comprendan que todo lo que les he narrado es para intentar convencerles del peligro que engendra.

Al menos sé que me queda poco para escapar al fin del infierno coloreado que me tortura sin tregua.
Al menos sé que me queda poco para poder por fin descansar en paz.

2 comentarios:

X.M.Blacmountain dijo...

Buenas.
He leido este relato tuyo y me gustaría comentarte un par de cosas.
-Algunas veces creo que faltan comas como: "Nos criamos juntos, ya que perdió a su madre muy pronto, y él y su padre..."
-En la parte: Con el tiempo nos fuimos distanciando un poco... nos distanciamos bastante" repites la misma idea pero con palabras diferentes, quizás fuera mejor que unieras ambas frases en una única oración.
-Y en "Fue hace un año aproximadamente cuando recivió un golpe del que nunca se recuperaría al morir su padre..." creo que necesita una separación, o se hace un tanto incomprensible "...Que nunca se recuperaría: la muerte de su padre (Por ejemplo)
-En muchas partes parece mal estructurado, como si lo hubieras hido escribiendo de seguido y no lo hubieras repasado bien.
En cuanto a la trama me extraña que hayas recivido a tu primo con tanta tranquilidad despues de tanto tiempo, y menos aún si lo ves con esas pintas.
Pero en global me gusta, me recuerda a la novela fantastico-real hispanoamericana del siglo XX. Muy estilo Isabela Llende.

Pedro López Manzano dijo...

No puedo hacer otra cosa que darte la razón.
Este relato lo escribí hace muchísimos años (mi época de bachiller, diría yo). De hecho fue el primero, y sin duda ahora le hubiera dado un acabado muy superior. Sin embargo hay dos motivos por los cuales no lo he corregido. El primero es una chorrada: hoy día no me interesa especialmente un relato de género tan largo. Supongo que mis gustos han ido evolucionando. Esta razón es una minucia en comparación con la segunda: quiero recordarme a mí mismo cómo escribía antes y cómo lo hago ahora.

Muchas gracias por comentar y por pasarte por aquí. Hazlo cada vez que quieras.

Saludos.

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