viernes, 9 de mayo de 2008

RELATO: El Túnel

No mencionaré el lugar ni la fecha exactos de lo sucedido, tan solo que fue en el campo, bastante alejado de cualquier ciudad o pueblo, y en invierno, por lo que estaba todo nevado.
Había llegado en coche con el alba y estaba cazando sin más compañía que la de mi perra. No llevábamos más de media hora cuando se detuvo frente a un arbusto y quedó paralizada, de muestra, con la pata levantada a medio paso y la cabeza, espalda y rabo en línea recta apuntando a la presa que había localizado. Yo me había quitado el chaleco para recolocármelo de una forma más cómoda, y lo dejé sobre una roca para que no me molestara al disparar, mientras le quitaba el seguro a la escopeta y me acercaba a la perra sigilosamente, listo para que en cualquier momento un animal saliera saltando de su escondite. Nunca sabré que pieza era, ya que la nieve cedió bajo mi paso y comencé a caer. La escopeta se me disparó, y por el retroceso se me escapó de las manos, haciéndome perder más si cabe el equilibrio e imposibilitándome agarrarme a ningún sitio. Antes de perder el conocimiento, me dio tiempo a escuchar un ladrido de mi perra, excitada por mi caída repentina, con toda probabilidad asomándose al hueco por el que había desaparecido, con las orejas muy levantadas, y la escopeta tirada al lado suyo, junto al chaleco que contenía todo lo que en un principio necesitaba para salir de allí.

Desperté. Me sorprendió encontrarme sobre firme. Me puse en pié. No se veía nada. Empecé a moverme y a palparme. Ni nieve ni sangre, y todos los huesos sorprendentemente en su sitio. Me quedé quieto intentando averiguar donde estaba, ver u oír algo.

Nada.
El no ser, o la carencia absoluta de todo ser. Grité y escuché. No sabía por donde había llegado, pero seguro que estaba lejos de donde partí, ya que no se oía a mi perra ladrar respondiendo a mi llamada. Paulatinamente me calmé y fui haciéndome consciente de lo que había a mi alrededor, o más correctamente, de lo que no había.

Oscuridad.
Falta de luz y claridad para percibir cosas. Falta sin restricción. Únicamente se podía percibir el color negro. Envolviéndolo todo hasta hacerlo desaparecer. Envolviéndome a mí. El ambiente que me rodeaba era opresivo por la quietud que lo controlaba. Nada está tan tranquilo. No se veía nada, ni siquiera se me iba acostumbrando la vista aprovechando cualquier minúsculo foco de luz. Tampoco se oía. Ni siquiera una voz lejana, o el susurro del viento, ni el eco del susurro de una voz traído por el viento. No olía a nada. Ni al vicio de la habitación cerrada, ni a la pureza del campo abierto, ni a ninguno de los infinitos olores intermedios entre lo uno y lo otro. Alargué la mano hacia la derecha y toqué una pared. Fría sin llegar a helar, lisa sin ser completamente plana, y aunque no podía verla, estoy seguro de que era de color gris. Extendí la otra mano y no toqué nada. Puse los brazos en cruz, con la máxima amplitud, metro ochenta más o menos, y rocé la otra pared con las yemas de los dedos. Exactamente igual a su pariente de la derecha. Toqué el suelo: sin pendiente y con la misma falta de características que las paredes, que se fundían con él en formas redondeadas, sin formar el más mínimo resquicio de un ángulo. Intenté palpar el techo, pero no llegué, ni siquiera saltando. Empecé a caminar, despacio y asegurando cada paso, sin apartar la mano derecha de su pared, y con la izquierda al frente para no chocar con nada.

Vacío.
Falto de contenido físico o psíquico. La desorientación empezaba a ser generalizada. Además de la falta de percepciones sensoriales –lo único que notaba es la sequedad de la boca-, había perdido la noción del tiempo que llevaba caminando y ni siquiera estaba seguro de ir en línea recta. Bien podría haber tomado una ligera curva hacia uno u otro lado, y estar dando vueltas de varios kilómetros, continuamente en un circuito cerrado, o quizá existiera una pendiente imperceptible en el piso, y estaba subiendo o bajando sin darme cuenta, pues todo resultaba idéntico. Pero no, tan solo tenía que razonar. Me senté en el suelo, dejando a mi izquierda el camino recorrido, cogí un cartucho del cinturón y lo dejé en el suelo... se movió. Al principio casi nada, pero pronto me demostró que, en efecto, existía un ligero desnivel al comenzar a rodar, de tal forma que había ido subiendo sin darme cuenta. Me levanté, continué caminando, y repetí el proceso cada varios minutos. Siempre ascendiendo. Al menos sabía que no estaba dando vueltas, ya que en ese caso descendería y ascendería alternadamente, por lo que en algún momento tendría que llegar a algún lugar. No existen túneles tan largos. Esta conclusión de noción de un fin, y de acercarme cada vez más a él al ir subiendo, me hizo olvidarme parcialmente del cansancio que arrastraba desde hacía rato, aunque los pies estaban empezando a dolerme, y lo que más me apetecía era parar un rato y masajeármelos con las manos.

Infinito.
Que no tiene ni puede tener fin ni término. Que no tiene fin ni término era lo que estaba experimentando en aquel momento, si es que dentro de un marco de atemporalidad se puede emplear la palabra momento. Que no puede tener fin ni término era lo que estaba empezando a sospechar, o más bien a afirmar para mi. Y para mi desesperación. Me senté a descansar un poco y comencé a razonar lógicamente, para darme ánimos a mi mismo.
La zona geográfica en la que me encontraba era una meseta, sin montes demasiado altos hasta al menos cincuenta o más kilómetros de distancia. ¿Cuanto podría haber bajado en mi larga caída?. ¿Diez metros?, ¿veinte quizá?. Exageremos hasta los cincuenta. Si había estado subiendo durante que menos que diez horas (aunque bien podrían haber sido días) a un ritmo mínimo de tres o cuatro kilómetros por hora, habría caminado unos treinta o cuarenta kilómetros con una pendiente de, digamos el cinco por mil. Bajo esta suposición, habría ascendido unos ciento cincuenta o doscientos metros. Por lo tanto, manteniendo la premisa de haber caído como mucho cincuenta metros, ¡debería estar ya más de cien metros por encima del suelo!.
Incliné la cabeza hasta las rodillas e intenté llorar, pero únicamente salieron de mis ojos dos gotitas minúsculas que ni siquiera merecían llamarse lágrimas. Si al menos pudiera ver algo. U oírlo, olfatearlo, palpar algo que no fuera el tedio de la pared y el suelo carentes de cualquier propiedad.
Perdí toda esperanza y me dejé caer inerte como un harapo tirado al borde de un camino por el que no pasara nadie nunca.

Histerismo.
Estado pasajero de excitación nerviosa producido a consecuencia de una situación anómala. No sé hasta que punto pasajero, pero desde luego había en mi excitación nerviosa. Había oído algo. No sabría decir el qué, porque era un sonido tan débil que tuve que contener la respiración y cerrar los ojos (lo cual era absurdo, ya que no veía nada), y así alcanzar el nivel de concentración necesario para poder distinguir el sonido como ajeno a mi y a mi mecanismo. Lo volví a escuchar, aunque tuve que estar unos minutos más agazapado expectante, sin siquiera pensar, hasta que volviera a producirse, y así convencerme de su existencia real, y de que no era un espejismo auditivo debido a mi estado físico. Parecía provenir del túnel, más adelante, en la dirección hacia la que había estado caminando todo el tiempo.
Me levanté, con fuerzas renovadas por la buena nueva. Me costó mucho, ya que el breve descanso me había hecho más mal que bien, y al incorporarme, las rodillas y tobillos me crujieron, quejándose dolorosamente y haciéndome tambalearme y apoyarme en la pared para conservar el equilibrio. No pude evitar sonreír, ya que el sonido de las articulaciones había parecido el de una secuoya al ser talada y caer desde el cielo, partiéndose la madera estruendosamente. Tal era la amplificación del sonido en estas condiciones de ausencia del mismo. Aunque ahora ya no había una ausencia completa, porque había oído, o más bien escuchado algo.
Aceleré el paso hacia mi esperanzador y ruidoso destino, y noté como mi corazón bombardeaba sangre hasta las sienes, histérico al tiempo que se me escapaba una risita, que sonó más bien como un gemido desagradable en el túnel. Avancé zarandeándome a paso vivo, apoyándome con las dos manos en la pared de mi derecha.

Dolor.
Sensación molesta y aflictiva de una parte del cuerpo por causa interior o exterior. Aunque molesta y aflictiva se queda corto, no es de una parte del cuerpo sino más bien de todo el mismo, y es tanto por causa interior, por empezar a tener la certeza de la locura propia (no me cabe ni la menor duda de que es una de las peores sensaciones que puede tener el ser humano), como exterior, ya que, a pesar de pararme varias veces para volver a escuchar el sonido, éste no se repetía.
Al fin caí al suelo, al límite del desmayo, y dominado por la congoja, con el cuerpo machacado y el ánimo reventado. No podía estar pasándome aquello. Estaba completamente seguro de haber escuchado ese sonido, y había corrido, y lo había vuelto a escuchar, y había corrido de nuevo, y entonces el silencio. La desesperante calma absoluta que reinaba en el túnel. Pero había existido, y el ruido siempre es producido por algo, al menos algo diferente del maldito túnel de piedra. Y ese algo ya no estaba allí. Ni siquiera me importaba la naturaleza de la fuente del ruido, sólo quería encontrarla. Me obsesionaba encontrarla para demostrarme que no había perdido la cabeza. No tendría que haber sido así. Debería haberme importado la fuente del ruido. Debería haberme importado mucho, porque, tras derrumbarme, gritar, y decidir que ya nada me iba a levantar de allí, volvió a producirse, y esta vez a unos centímetros de mi.

Conmoción.
Movimiento o perturbación violenta del ánimo o del cuerpo. O de ambos. Del cuerpo, por medio del sentido auditivo. Del ánimo como consecuencia directa del anterior. Si, se volvió a producir “el sonido”. Esta vez fue a escasos centímetros, a la altura de mi cabeza, justo por donde había venido, detrás de mi. Si bien antes había sido tan débil que por la falta de detalle no podía asociarlo a nada conocido, ahora tampoco podía asociarlo a nada que yo hubiera conocido, pero por diferentes motivos. Lo percibí con claridad ilimitada, desgraciadamente para mi. Todos hemos pisado una cucaracha alguna vez, y en verdad es un sonido desagradable, un crujido característico, de ese par de élitros negros y duros que les recubren las alas, y casi se puede sentir los órganos del ortóptero reventando bajo la planta del pie. Ahora junta varios cientos de cucarachas, y ponlas debajo de un pie gigante, de una prensa hidráulica, que los aplaste muy lentamente, durante ocho o diez segundos, con todas sus décimas cada uno. Pon ese crepitar a unos centímetros de tu nuca, cuando menos te lo esperas, en un túnel que no sabes hacia donde se dirige, en el que no ves nada, y podrás hacerte una idea de como me sentí.
Lo único bueno es que, como no había comido ni bebido nada en horas (o días), no vomité por la violentísima arcada que me produjo semejante cacofonía. Durante la misma estaba paralizado de terror, y al acabar, volví la cabeza en un movimiento rápido hacia la fuente de aquello, con los ojos muy abiertos. Afortunadamente, y doy gracias todos los días desde entonces hasta hoy por ello, la oscuridad seguía siendo absoluta y no vi nada más que el color negro de siempre. Al extinguirse el sonido, la oscuridad hacía que pareciese que nunca se había producido, que se estaba en el mismo abismo de vacío que hasta entonces, pero no se podía obviar esa “existencia”, como cuando uno despierta de una pesadilla, y acaba con los monstruos que le hayan asustado en la misma.
Me levanté para echar a correr y entonces ocurrió lo peor.

Escolopendra.
Nombre común de varias especies de miriápodos de hasta veinte centímetros de longitud, cuerpo brillante y numerosas patas dispuestas por parejas. Viven bajo las piedras y suelen producir dolorosas picaduras mediante dos uñas venenosas que poseen en la cabeza.
Me levanté. Pero al empezar a correr, las piernas me fallaron, y tuve que apoyar mi brazo derecho sobre la pared para no caerme hacia atrás, y extender el izquierdo, en movimiento reflejo.
Lo toqué. Durante el segundo más dilatado de mi vida.
Siempre he pensado que una de las pocas cosas en las que casi todo ser humano está de acuerdo con sus congéneres es en la animadversión (por no llamarlo odio), que siente hacia los bichos en general, o hacia alguno de ellos en particular: arañas, cucarachas, saltamontes, ciempiés, escarabajos, gusanos, escorpiones...
Cuando extendí la mano, los toqué a todos a la vez. Recorrieron mis dedos y mi palma, expeliendo secreciones e inyectando venenos bajo mi piel. Sentí muchas picaduras antes de poder apartarla. Pero lo que peor me hizo sentir fue la sensación de que todos ellos se movían al unísono, como si formaran parte de un mismo ser, de un ser formado por miles de bichos de todos los tipos y tamaños.

Prisa.
Prontitud o rapidez con que sucede o se ejecuta una cosa. En este caso, mi huida. En verdad os digo que, a pesar del dolor de las picaduras de mi mano y del cansancio acumulado, corrí más rápido de lo que podría haberlo hecho un atleta de cien metros, chocándome contra las paredes, tropezando y cayéndome y levantándome otra vez. Corrí como si me persiguiera el diablo. De hecho estoy seguro de que si el diablo existe, yo lo he oído y lo he tocado. Y, aunque no lo sentía físicamente, estaba seguro de que venía tras mi. Para variar, no se lo que tardé, pero corrí y corrí por el túnel, y de repente me di cuenta de que todo había cambiado. Sentí un frío intenso, ya no estaba pisando roca sino nieve, la oscuridad no era tan opaca, sino que parecía más la de la noche, ni el silencio tan absoluto, ya que el viento aulló maravillosamente. Me paré y acostumbré un poco los ojos.
¡Estaba en el campo!. De hecho, estaba a tan sólo unos metros de donde había desaparecido, pero era noche cerrada. En cuanto me orienté fui al coche, que estaba muy cerca. Mi perra estaba acostada junto al mismo, y cuando aparecí comenzó a dar brincos alrededor mío, pidiendo una caricia, que gustosamente le otorgué. Entré y bebí agua de una botella que guardaba en el asiento de atrás. Entonces me di cuenta de que no sentía el brazo, estaba hinchándose y supurando por la zona de las picaduras. Me hice un torniquete con una manga arrancada de mi propia camisa tan rápido como pude, y eso salvó mi vida. La mano no corrió tan buena suerte. Me la amputaron a la altura del hombro en el hospital, a tan sólo un cuarto de hora del lugar en el que me encontraba, al cual pude llegar conduciendo a malas penas. Por supuesto, los médicos que me atendieron, se quedaron boquiabiertos al ver que tenía treinta y cuatro picaduras de veinte tipos de “bichos” diferentes, diez de ellos no incluidos en nuestra fauna, y otros seis imposibles de identificar.

Incógnita.
Causa o razón oculta de algo. Es aquello que precisamente intento evitar. Francamente, creo que estoy mejor sin tener una explicación de lo que me pasó, porque no se si podría soportarla. Qué me ocurrió durante los dos días y medio que duró mi extraña pérdida, qué era lo que oí y palpé, si era único o perteneciente a una especie, qué tipo de seres podríamos encontrar a kilómetros de distancia, justo debajo de nosotros, en túneles demasiado perfectos como para ser construidos por algo no inteligente, y cuantas cosas hay aún que escapan al ser humano y a su entendimiento, son las cuestiones que intento evitar a toda costa. Sobre todo muchas noches, en las que me despierto entre gemidos en la oscuridad de mi dormitorio, con un sudor frío por todo el cuerpo, sacudiéndome bichos inexistentes de una mano izquierda, también inexistente.



(c) Cree lo que quieras

1 comentario:

Pjotr L. Manzano dijo...

He aquí otro cuento, bastante más antiguo que el anterior. Fue el segundo que escribí y todavía se nota que está un poco verde, pero tiene ciertas particularidades que hacen que aún hoy siga gustándome.
Podríamos enmarcarlo claramente dentro del "terror lovecraftiano", pero por supuesto generalizando, sin incluir los mitos de este autor. Nunca he incluido un cuento en la mitología de otro autor.

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