lunes, 15 de febrero de 2016

RESEÑA: La fuerza de su mirada, de Tim Powers

Érase una vez, hace unos cuantos años, una colección de literatura sin desperdicio alguno llamada Gran Fantasy, hoy de culto, que marcó a toda una generación de lectores por su calidad, variedad y por iniciarnos en algunos de los escritores que nos acompañarían durante el resto de nuestros días, unos buenos, otros muy buenos: Michael Moorcock, Gene Wolfe, Fritz Leiber, William Goldman, Robert Holdstock, el maestro Terry Pratchett. Y sí, también uno de los grandes acaparadores de ideas originales como fue y es Tim Powers, incluyendo sus más celebradas obras: Las puertas de Anubis, En costas extrañas y la que completaría su triunvirato mágico: La fuerza de su mirada (1989).


En la fuerza de su mirada encontramos en primer lugar una historia de aventuras: de inmediato antes de su boda “normal” nuestro protagonista Michael Crawford se topará por casualidad con una fuerza de la naturaleza muy poco natural, quedando enlazado a la misma de forma  "anormal", sólida e inevitable. Además, Powers nos presentará de manera singular a estos celosos poderes ancestrales, musas, lamias, vampiros, íncubos o como se las quiera llamar, desde una perspectiva literalmente inspiradora, es decir, a medida que van ejerciendo su acción depredadora sobre la víctima encontrada, como contrapartida les otorgarán una inmensa inventiva, estimulando su creatividad y llevándola al límite.

Por último, Powers escribirá dentro del subgénero que siempre mejor se le ha dado, hasta el punto de ser quizá el gran maestro del mismo, esto es, la fantasía histórica: escoger una serie de personajes y acontecimientos bien conocidos y retorcerlos a su gusto para crear una historia totalmente nueva, y que sin embargo no contradiga a la que aparece en los libros de historia. En este caso escoge a los magníficos literatos románticos ingleses, con unas vidas ya de por sí tremendamente interesantes, y las pone patas arriba. Y así llegamos a los mejores personajes de la novela, y es que además de con el citado Crawford o con Josephine, su antagonísta y hermana de su prometida, nos encontraremos con brillantes representaciones de los que fueron los más carismáticos (y mejores) poetas de su época: Lord Byron, Percy Shelley, John Keats y algún célebre añadido como Mary Shelley y John Polidori, no tan talentosos como los anteriores pero también de gran importancia literaria

Mención aparte merecen unos escenarios con gran encanto recreados con gran lujo para la ocasión, como Londres, el entorno alpino de la Villa Diodati (donde se fraguó Frankenstein), Roma o Venecia.

De esta manera, un Powers en plena forma no descuida a sus protagonistas “normales” en una narración impecable, pero por encima de todo llega a los límites de la pregunta extrema sobre la inspiración de un grupo de amigos y creadores legendarios: ¿de dónde diablos sacaron sus ideas geniales?, y en el proceso nos hace disfrutar de estos creadores poniéndonos en medio de esta sobrenatural relación de complicidad, amor, odio y violencia que rodeó a Shelley y a Byron.

Una novela estupenda (y reconocida con múltiples premios) para leer y releer y disfrutar con cada nueva revisión, y acabar no solo aplaudiendo a su escritor fantástico, sino con ganas de lanzarnos a la lectura de los poemas de unos románticos con la sensación de que ya los conocemos personalmente. Además, Powers continuaría décadas después con este complejo pero atractivo universo con Tiempo de sembrar piedras, novela corta protagonizada por Edward Trewlany (aquí un secundario) que servirá de enlace con Ocúltame entre las tumbas (próximamente por aquí), en la que cambiamos románticos por prerrafaelitas y que cierra el “ciclo de los poetas malditos”.

Por último, unos subrayados:
“Admito que la naturaleza obró con cierta crueldad al hacernos conscientes de nosotros mismos y de cuanto nos rodea. La muerte acabará separándonos a todos de nuestros recuerdos y de todo cuanto hemos buscado tan infructuosamente, y todos lo sabemos y el conocimiento nos resulta insoportable. Pero no olvides que es así como funciona el mundo. No hace falta que culpes de ello a los sacerdotes y a la religión. Diablos, por lo menos hay momentos en que la religión puede hacernos creer durante algún tiempo que nuestras almas son entidades magníficas, inmortales y susceptibles de perfeccionamiento.”

“Roma, donde los mayores logros de la humanidad eran tan comunes como los vendedores callejeros de cebollas.”

“Podría amar a cualquier criatura que pareciera desearlo.”

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