lunes, 19 de octubre de 2015

MICRORRELATO: Edipo

Hay quien, debido a su valentía, inteligencia o hazañas, sirve a muchos de inspiración hasta el punto de engendrar una legión de fieles seguidores o admiradores. Estos, tratando de dar continuidad a sus hechos, lograrán alzar esos valores hasta la inmortalidad.

Y luego está mi padre. Tal es su mezquindad y ausencia de escrúpulos; tales su orgullo, cobardía y capacidad para realizar el mal, que también es un ejemplo perfecto, sí, pero de lo que no se debe hacer.

Huyo de sus sombras para encontrar mi propio camino, y con cada paso soy más consciente de que no se aplicara a mí aquello de que los hijos cometerán los mismos errores que sus padres, aunque por las noches una voz disgrega mis sueños y me susurra que no cometeré sus errores, sino que me convertiré en él. Hasta que un día me despierto tranquilo y sé que las sombras de mi padre ya no existen, porque han sido absorbidas por las mías, porque mi luz es lozana e intensa y necesariamente proyecta una sombra más alargada, que la cubre. Jamás fue mi destino tropezar en los mismos baches que mi padre, sino más bien convertirme en su versión mejorada. Y ese día él deja de existir y mis ojos contemplan a Yocasta.

Algo cede dentro de mi mente, demasiado esforzada durante demasiado tiempo. Acuden a mí recuerdos vagos de haber visto a Yocasta en alguna ocasión junto a mi padre, o en más que tan solo alguna ocasión, pero qué importan unas débiles tajadas de memoria cuando el pastel es tan suculento. En aras del deseo que siento por ella, esa mujer ha de ser mía. Una vez que esto suceda, todos mis problemas habrán acabado.

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