lunes, 17 de octubre de 2011

RELATO: Con el cuchillo en la mano


Hace pocas lunas un viajero sediento al que invité a una copa me habló de la existencia de un oasis al que se puede llegar no sin esfuerzo, y que se halla tan solo a unas cuatro o cinco aventuras de aquí. No es la primera vez que oigo hablar de este lugar. Se rumorea que es pequeño, está aislado y aunque algunos consideran su existencia una mera leyenda, conozco a dos o tres cuyas voces no me engañaban cuando me hablaban del mismo. No se trata, desde luego, del mismo oasis en el que te conocí en otra vida, es con total seguridad más humilde, y puede que los poetas nunca escriban grandes cantares para su mayor gloria, pero a diferencia de aquel, éste posee una cualidad que lo convierte en genuino, y ésta es que sigue existiendo.
Si digo que fue en otra vida cuando te conocí es porque, sin lugar a dudas, se trataba de otra vida. En aquella época estábamos acostumbrados a las caricias. La del bienestar: la brisa que soplaban las estrellas sobre nuestras caras y nos hacía cerrar los ojos de puro gozo para ensalzar nuestro sentido del tacto, sintiendo cómo ese húmedo lienzo de seda se deslizaba sobre nuestras mejillas, nuestros labios, nuestros párpados. La caricia de la abundancia: la del agua fluyendo por nuestras gargantas, aunque no hubiera sed que saciar. La caricia de la libertad, o al menos de tener la sensación de la misma: la arena mojada haciéndonos cosquillas en las plantas de los pies e introduciéndose poco a poco entre los dedos. Después avanzábamos desde la orilla hasta que nos cubriera y jugábamos a salpicarnos, y la caricia se extendía a todo el cuerpo.
No sé tú, supongo que en gran medida también, pero desde luego yo era un tonto, aunque claro, tampoco sería justo que se me acusara de tal; fue hace mucho y no sabía nada. Ahora sigo siendo un tonto, aunque al menos puedo decir en mi favor que algunas cosas sí que sé. No todas, ni siquiera muchas, me conformo con algunas. Tengo que conformarme.
Aun con todo, fueron buenos tiempos, como lo son todos en los que se vive en la ignorancia. Tras ellos, cada uno siguió su camino, quizá el camino que otros enseñaban, pero en definitiva caminos diferentes.
Y después, aquellas nuestras vidas terminaron.
El vergel se convirtió en desierto.
El oasis se secó. Los demás oasis se secaron. Y la caricia de la brisa sedosa se transformó en un hálito ardiente que quemaba la cara, y obligaba a cerrar los ojos, esta vez no por placer, sino para que no saltaran de ellos las lágrimas que les quedaban. Y donde antes se podía bucear desnudo, no se pudo caminar descalzo sin temor a que la arena quemada por el sol formara ampollas en la piel encallecida.
Con ello se puso fin a nuestras vidas. Y después vinieron las guerras.
La guerra es una cosa muy curiosa. La declaran las mentes más inteligentes, que a su vez también nos organizan y nos dicen lo que tenemos que hacer a los pobres combatientes de a pié. Brillantes mentes pensantes y torpes brazos ejecutores. Quisiera yo saber dónde acaban los razonamientos y empiezan los impulsos, pero esa es otra historia. Luego nosotros llegamos a un terreno que supuestamente se corresponde con el mapa que nos enseñaron, pero que en realidad no se parece ni por asomo, y nos tiran en medio como si fuéramos un puñado de figuritas de plomo. Si caemos de cabeza, la lucha se acaba antes de empezar. Si aterrizamos en la vanguardia, tenemos todas las de ser bajas a primeras de cambio, desfogados como carne de cañón. Si vamos a parar a la retaguardia podemos tener la suerte de tener unos minutos antes de entrar en combate para pensar en cómo vamos a abordar la contienda y ahí tenemos alguna posibilidad mayor de salir mejor parados. Hasta ahí está todo claro. Ahora añadimos que el bando contrario pone sus propias figuritas sobre el tablero con una pericia similar. Sí, una locura.
Tú y yo hemos sobrevivido a tantas batallas de tantas guerras diferentes que ya no recordamos si hemos luchado en alguna juntos, o uno contra otro. Entiende que uno no decide estas cosas. Por muy idealista que seas, por muy ordenados que tengas tus pensamientos, siempre es el azar quien más peso tiene a la hora de decidir si combates en una guerra. Alguna vez creí cruzar mis ojos con los tuyos en medio de una ofensiva, pero piénsalo, en el caos la realidad se mezcla con los recuerdos, con los miedos y con los anhelos, y deja de poder considerarse realidad. El tiempo es el único que sobrevive a toda lucha, y mucho ha pasado desde que aquella, nuestra vida original, acabó.
En las guerras, las victorias fueron fugaces y las derrotas dejaron cicatrices. Puedo encontrar media docena recorriendo mi piel con las yemas de los dedos. Llego a un surco, y mientras lo palpo, cierro los ojos y recuerdo la herida que aquí dejó su firma. No, las derrotas no han sido tan fugaces.
Sé que a ti te pasa lo mismo. Lo leo en tu mirada, habitualmente esquiva, cuando no me rehúye demasiado rápida. Lo veo también en la manera en que todos los días le das vuelta a la roca de afilar en el torno hasta hacerla girar a toda velocidad y después acercas tu cuchillo hasta hacer saltar chispas el metal, con los nudillos blancos de aferrar tan fuerte la empuñadura. Por eso sé que algunas de tus heridas te duelen, y llevan mucho haciéndolo sin darte descanso. No me gustaría ser yo quien probara lo afilado que está ese cuchillo tan presto para defenderte ante la sombra de una nueva escaramuza. En realidad lo comprendo a la perfección: sigo llevando día y noche mis propias armas conmigo, aunque no sé bien si por el recuerdo de mis cicatrices, por defenderme llegado el caso o por simple deformación profesional. De hecho, hasta hace pocos meses pensaba que iba a seguir frotándolas contra la piedra de amolar todos los días de mi vida, que nunca iba a ser capaz de quitarme ese hábito.
Sin embargo, mírame ahora. No hace tanto que nos volvimos a encontrar en este territorio que no parece sino un inmenso cruce de caminos. Un espacio en el que todos estamos de paso, que incluso a veces tenemos la urgencia ciega de abandonar, sin un destino definido, aun a sabiendas de que todo a nuestro alrededor es desierto, pero el nudo en el estómago nos empuja a echar a andar, y sabemos a la perfección que un día así lo haremos.
Aquí estamos, viviendo unas vidas que no son las que teníamos cuando nos conocimos. Y recuerdo tu mirada refrescante en aquel oasis extinto, el brillo de tus palabras entonces, que me hiciera mirar al cielo y carcajearme. Pero no eres quien eras entonces, y yo tampoco. Por eso lo recuerdo con ternura, porque te recuerdo a ti y me recuerdo a mí, como dos personas ajenas al ahora que tienen mi cariño. Pero entonces vuelvo al hoy, y me sorprendo al levantar los ojos al cielo y sonreír por quién eres ahora, no por quien fuiste. Porque confío en ti. Porque encuentro la bondad en tu corazón y la cordura en tu cabeza. Porque ahora ambos sabemos que los cuentos de hadas están enterrados bajo una sartén de arena ardiente. Porque hemos luchado y hemos perdido. Porque me reconozco en ti cuando te veo con el cuchillo en la mano. Porque veo que le vas a dar un sentido a ésta, tu nueva vida. Por tantas cosas más.
Hace poco un viajero me habló de la existencia de un oasis al que se puede llegar no sin esfuerzo, y que se halla tan solo a unas cuatro o cinco aventuras de aquí. Aún no he salido en su búsqueda porque estoy esperando que dejes de afilar ese cuchillo, no que lo olvides, pero sí que lo guardes en su empuñadura, en tu cinto al alcance de tu mano, porque eres en quien te has convertido en esta vida, y ése es su lugar.
Y si cuando guardes ese cuchillo quieres buscar ese oasis conmigo, te prometo que no viviré un cuento de hadas contigo, porque ya no existen, pero sí me inventaré uno para susurrártelo cada vez que pueda, o cada vez que lo desees. Y si tu decisión es otra, pues seguiré durmiendo durante los días y riéndome de mi sombra cuando se ponga el sol, que eso es algo que se me da bien.

4 comentarios:

Gustavo dijo...

Apenas puedo expresar lo que me emociona esto.


Enhorabuena amigo.

Pedro López Manzano dijo...

Gracias amigo. Es una de las mejores cosas que me puedes decir como aficionado a esto de aporrear el teclado.

Salvador Suto dijo...

Me ha encantado! tanto que me lo dejo guardado para repasarlo + veces, gracias!

Pedro López Manzano dijo...

¡Me estáis sonrojando truhanes!

Esto... Muchas gracias a ti también Suto.

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