jueves, 25 de abril de 2013

RELATO: Sillón rojo, espejo ennegrecido

Para A. T., porque  le va a gustar.


    Es difícil en ocasiones diferenciar un sueño de la realidad. Me siento despierto, consciente, pero no pondría la mano en el fuego por ello. Aunque claro, no la pondría por nada, por nadie. Abro los ojos, pues no sabía que los tuviera cerrados. Al contrario de lo que creía, no estoy acostado, sino sentado. En un sillón de terciopelo rojo intenso. Está raído, y espuma amarilla sale desde sus costuras, cayendo como si fueran los humores de un cuerpo rezumando por las heridas.
    La habitación tiene unos cientos de libros apilados en el suelo, sin títulos que los definan escritos en los lomos. Las humedades los están destruyendo. Me gustaría decir que poco a poco, pero noto a simple vista cómo se comba el papel. No hay nada más en la habitación, ningún mobiliario que salve los tomos de la putrefacción. Solo paredes desconchadas. Una mano de pintura blanca que ha estado desmoronándose durante años, desvistiendo las paredes con pereza para mostrar más su desnudez gris cemento con cada costra que caía al suelo.
    Vuelvo la cabeza hacia delante, pues no sabía que la tuviera de lado, y descubro un espejo vestidor de cuerpo entero, con el marco de madera labrada, con motivos victorianos. Solo faltan un par de focos de luz difusa para ser el escenario de una película de David Lynch, pero no de las que aunque falten piezas, te haces una idea del dibujo del puzzle, sino de las hipnóticas que no entiende nadie, ignorancia que pocos se atreven a admitir. El espejo, que aunque no está roto, empieza a tener manchas negras, me devuelve la imagen del sillón de terciopelo rojo en el que estoy. Me pongo rígido y un nuevo borbotón de espuma emana de alguna de sus grietas.
    Contengo la respiración, y escucho en los tímpanos las pulsaciones de mi corazón. Pero otra resonancia llega a mis oídos, acompasándose en perfecta sincronía con los latidos. Es un ritmillo electrónico, suave y familiar, aunque no logro reconocerlo, pues lo escucho como a través de unos auriculares sueltos, a varios metros de distancia. Podría ser un tema de Massive Attack, pero no de los agradables que invitan a acompañarlos con satisfactorios asentimientos de cabeza, sino de los que están compuestos desde la úlcera de estómago, cuya cadencia, no obstante, narcotiza.
    Un tercer sonido se suma al concierto, aunque no estoy seguro de si es el que incluía los anteriores. Un goteo regular. No logro ubicarlo con prontitud. Vuelvo a observar toda la habitación y no proviene de ella, sino de mí. Me detengo en mis manos, colgadas indolentes de los brazos del sillón. Mis brazos por completo están cubiertos de sangre, que escapa de mi cuerpo dejándose caer desde los dedos, aunque no parezco tener herida alguna. No la encuentro. Tampoco experimento dolor, aunque siento que las fuerzas se me escapan. No tengo que comprender mi situación para estar seguro de que quiero sobrevivir. No sin esfuerzo, me levanto y doy un paso.
    Y ya no estoy en la habitación del sillón rojo, sino en una playa vacía. No, no es una playa, es mi playa, mi única amante fiel, de la que conozco cada roca, la que siempre he considerado como mi hogar, quizá mi único hogar. Está desierta. Y yo desnudo, no importa. Abuso como otras veces de dejar que la arena se me escurra entre los dedos de los pies, y me aproximo al mar. Es un día tranquilo, de los que más me placen. Diminutas olas rompen contra la orilla cada pocos segundos, con su peculiar sonido que juega a ser ruido blanco. La espuma se forma en fracciones de instante y desaparece igual de rápido. Pero le presto más atención, y no representa las habituales explosiones de pequeño caos fractal, indescifrables, de aleatoriedad cuasidivina. Veo dibujado en blanco el álbum familiar. Durante un segundo, pero de descarnada realidad, pues la espuma los pinta como son, como solo un hermano, o un padre, o un hijo, es capaz de distinguirlos, separando la paja de la verdad.
    También se forman lugares importantes y conocidos y formas que no sé o no me apetece desentrañar, así como otras personas que ni siquiera en mi playa abandonan mis recuerdos, ni mis sensaciones. La mujer que quise amar. La mujer que amé. La mujer que me amó. La mujer que pude amar. Los amigos que estuvieron conmigo, que me abandonaron sin más, los que me traicionaron y otros cuya confianza traicioné, los que aguantaron, los que me aguantaron, con los que reí y lloré, y con los que tan solo reí. Con los que aun tengo esa conversación pendiente. Rostros que se forman entre la espuma guiada por el artista desconocido, que aparecen y desaparecen a veinticinco fotogramas por segundo. Algunos se repiten. Trato de alcanzar uno. Mis dedos se mojan de espuma gaseosa. Mis dedos se mojan de espuma sólida.
    El espejo victoriano titila levemente cuando lo empujo con las yemas de mis dedos, que no atraviesan el agua del mar como esperaba y deseaba. Mis huellas dactilares manchan de bermellón obsceno la superficie plateada. Y vuelvo a oír el goteo de las penúltimas gotas de sangre sin heridas. Debilitador, incesante, creciente, atronador en el silencio.
    Me recuesto como un reloj de Dalí sobre el sillón y éste, circunspecto en su decadencia, pierde más espuma. Lo observo con detenimiento en el espejo. Aún resiste, a punto de desmoronarse, quizá tan solo porque algún reflejo tiene que devolver el espejo ennegrecido, frente al que hace tanto yo mismo me desvanecí.

    Cierro los ojos e intento dormir. Ojalá entonces… es difícil en ocasiones diferenciar un sueño de la realidad.

4 comentarios:

Salvador Suto dijo...

Ufff desde las tripas, desde luego! Me ha encantado. Quizá sea porque también noto cuando mi cerebro me pide respuestas que David Lynch nunca me da, porque se exactamente a que tipo de canción de Massive Attack te refieres, o porque conozco bien parte de los contextos físicos y personales a los que haces referencia... pero el caso es que me es muy fácil visualizar lo que escribes, lo que hace que sea a su vez muy fácil disfrutar de cada palabra, de cada frase, de cada imagen... Felicidades!

Pedro López Manzano dijo...

Muchas gracias, Suto.
Sí, amigo, es que son esos contextos mamando de los cuales hemos crecido, nos hemos educado, y que tenemos a flor de piel.

Un abrazo.

Ella dijo...

Es genial. Un abrazo

Pedro López Manzano dijo...

Mil gracias Ella.
Otro abrazo.

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