miércoles, 22 de septiembre de 2010

RESEÑA: La Torre de la Golondrina, de Andrzej Sapkowski

Recupera Andrzej Sapkowski con La Torre de la Golondrina el más alto nivel narrativo que ya tuvo con Tiempo de odio y al que no llegó a dar continuidad del todo con Bautismo de fuego. Esto es así porque vuelve a entretejer una historia en la que prima la abundancia de puntos de vista, y aunque está claro que los del grupo de Geralt y el de Ciri están muy por encima del resto en extensión va saltando incesablemente de un personaje a otro del amplio reparto que protagoniza la novela. Además, el grupo de aventureros no parece moverse de forma tan errática como antes, y la narración en torno a Ciri gana en interés y emoción.


Además, en este caso construye a partir de muchas piezas en diferentes momentos, quebrando la linealidad continuamente para contarnos los hechos de forma atractiva, tirando de recuerdos y reconstrucciones en función de muchos personajes para formar el rompecabezas de lo ocurrido, dejando que el lector se pierda y reencuentre una y otra vez, gustándose en los detalles.

Vuelve a cobrar importancia la política, los grupos secretos (especialmente la logia de hechiceras), las intrigas palaciegas, en los reinos norteños y en el imperio de Nilfgaard, que en primera instancia nos recuerda al imperio romano, pero que a lo largo de todas las novelas ha tenido toques más sofisticados de otros sistemas totalitaristas más modernos. Es imposible olvidar que el autor es de Polonia, país invadido y diezmado por el nazismo para después ser azotado por el comunismo con saña. Todo esto se nota en un momento u otro de la saga, con la invasión de los países del norte o la ocupación de los del sur invadidos años ha. Veladamente nadie se queda sin recibir sus correspondientes palos una novela tras otra.

También nos deleitamos con los personajes de siempre, con Yennefer buscando redención, ¿aparentemente? muerta, con el grupo de Geralt, con otras apariciones más cortas pero muy intensas como la de Rience, Dijkstra, el emperador Emhyr o Vilgefortz, y redescubriendo personajes como Stefan Skellen “Antillo”, y sobre todo el némesis de Ciri, Bonhart, el sádico, el matabrujos, un enemigo implacable y brutal y especialmente bien caracterizado.

También hay que destacar, de entre los nuevos, a Vysogota el Corvo, mucho más que un ermitaño, que se convertirá en inesperado salvador de Ciri, física y espiritualmente, así como en su nuevo tutor, de diferente forma a como lo fueron Geralt y Yennefer, y en verdad más humano que estos.

Tor Zireael, la Torre de la Golondrina, es objetivo último de esta entrega de la saga, además de símbolo del caos y la destrucción, pero también del renacimiento y la esperanza. De forma inefable está ligada a Ciri, hasta el punto de que Zireael, el vocablo de la antigua lengua que significa golondrina es el origen de Cirilla, nombre de nuestra protagonista. Parece pues clara la ligadura entre ambas, aunque no sabremos hasta el final si se cierra el lazo del destino, final con el que se mantiene la sana costumbre de llevarnos a un clímax original y memorable. También continuamos desenrollando la complicada madeja de hilos que envuelve a Ciri y su legendaria predestinación, volviéndose más complicado incluso de lo esperado, dándonos cuenta de que forma parte de un plan maestro centenario.

Todo esto conforma una novela estupenda, de agradecida complejidad, que no dificultad para leer, seguir o entender, de la que dejo a continuación unas citas:

“Ciertamente hace falta grande orgullo y grande ceguera para llamar justicia a un cadáver que cuelga en un cadalso”

“Nunca he podido entender por qué vosotros, humanos, extraéis la mayor parte de las maldiciones e insultos de la esfera erótica. Pero si el sexo es hermoso, y se relaciona con la alegría, la belleza, el placer. Cómo se puede usar en forma de sinónimo vulgar el nombre de la herramienta sexual…”

“No hay forma de destruir por completo ni a los humanos ni a las cucarachas. Siempre queda por lo menos una parejita.”

“Sois apenas un puñado, el tiempo de vida media que tenéis es ridículamente corto, así que vuestra perduración depende de la velocidad de multiplicaros, por eso el deseo de lujuria no os abandona nunca, el sexo os gobierna por completo, es un impulso incluso más fuerte que el instinto de supervivencia. Morir, ¿por qué no?, siempre y cuando uno pueda antes follar. Ésa, en pocas palabras, es vuestra filosofía.”

“En cada país se pueden encontrar personas que son ciegos fanáticos de la idea de un orden social. Se entregan a esa idea, dispuestos a todo por ella. También al crimen, puesto que según ellos el fin justifica los medios y transforma el sentido de los términos. Ellos no matan, ellos salvaguardan el orden. Ellos no torturan, no chantajean, ellos protegen la razón de estado y luchan por el orden. La vida del individuo, si el individuo altera el orden dado, no vale para estas gentes ni un céntimo, ni un encogimiento de hombros. Ellos nunca llegan a ser conscientes de que la sociedad a la que sirven se compone precisamente de individuos. Estas personas disponen de lo que se denomina una vista hacia el futuro… y una vista así es la mejor forma de no ver a otras personas.”

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